Llamamos azar a nuestra ignorancia de la compleja maquinaria de la causalidad”
Jorge Luis Borges

En el año 2007, el ensayista e investigador libanés Nassim Nicholas Taleb publicó un interesantísimo libro que trataba el concepto de cisne negro. Esta expresión, cuyo origen reside en el poeta latino Juvenal –rara avis in terris nigroque simillima cygno-, puede traducirse algo así como “un ave rara en la tierra, y parecida a un cisne negro”. No obstante, la interpretación de Taleb es más jugosa que una simple metáfora.

La idea principal alrededor de la que gira todo su ensayo se resume fácilmente: los seres humanos subestimamos el papel del azar en los sucesos que ocurren y sobrestimamos nuestra capacidad de control. A lo largo de los capítulos, va enumerando una serie de acontecimientos como ejemplos de cisnes negros: Internet, la I Guerra Mundial, el 11 de septiembre, el funcionamiento de las bolsas financieras y de la banca… La categorización de un suceso como cisne negro la explicó de manera más precisa el propio autor en una entrevista en el New York Times.

“Lo que aquí llamamos Cisne Negro es un evento con los tres atributos siguientes. En primer lugar, se trata de un caso atípico, ya que se encuentra fuera del ámbito de las expectativas regulares, porque no hay nada en el pasado que puede apuntar de manera convincente a su posibilidad. En segundo lugar, conlleva un impacto extremo. En tercer lugar, a pesar de su condición de rareza, la naturaleza humana nos hace inventar explicaciones de su presencia después de los hechos, por lo que es explicable y predecible”

Es decir, un acontecimiento se considera un cisne negro cuando el evento es una sorpresa para el espectador, tiene un gran impacto en la realidad y, una vez ocurrido, se racionaliza falsamente en retrospectiva, como si pudiera haber sido esperado con la información incompleta de la que se disponía –“cómo no lo vi venir”, fustigación habitual con la que, inútilmente, tratamos de consolarnos a posteriori-.

Si uno repasa la trayectoria del Real Madrid a lo largo del siglo XX, su consolidación como mejor equipo de la historia constituye uno de los mejores ejemplos de la teoría del cisne negro aplicada al ámbito deportivo. ¿Quién podría predecir que un conjunto de segunda fila a principios de la década de los 50 iba a terminar convirtiéndose en la mayor bestia competitiva del continente? Al analizar los hechos superficialmente, suele consensuarse que la coincidencia temporal entre la creación de la Copa de Europa como principal torneo otorgador de méritos y la mejor plantilla de la historia madridista explica –de manera retrospectiva- el fenómeno. Pero si uno se aproxima más en profundidad a los detalles que rodearon el origen de la Liga de Campeones, el componente azaroso se multiplica.

La génesis de la Copa de Europa, como tantas otras efemérides, proviene de Francia. El diario L’Équipe, que llevaba tiempo planteando desde sus páginas la cuestión de cómo discernir al mejor equipo europeo, aprovechó un enfrentamiento entre el Wolverhampton y el Honved de Budapest para solicitar una competición que enfrentara a los campeones de todos los países del viejo continente a eliminatorias a doble partido. El artículo del periodista Gabriel Hanot tuvo muy buena acogida y enseguida comenzaron los preparativos, a medias entre el diario y un puñado de directivos de distintas federaciones futboleras, a los que más tarde se sumaría la UEFA. A la primera edición se accedería por invitación, con prioridad para los campeones nacionales y para clubes de reconocido prestigio. Y, en aquellos años, si había un club con prestigio en España, era el Fútbol Club Barcelona. Así lo cuenta Carlos Pardo, corresponsal de L’Équipe en Barcelona, en una entrevista en la Vanguardia:

“L’Équipe” me pidió –era su corresponsal en Barcelona– que invitase al FC Barcelona a participar en la primera Copa de Europa, en 1955, una iniciativa del diario porque en invierno vendían pocos ejemplares, a diferencias del verano con el Tour. La participación era por invitación y en España los requisitos objetivos y de prestigio sólo los cumplían Barcelona, Madrid, Valencia y Bilbao… Antes de ir a hablar con el club, Samitier me avisó: te dirán que no… “No fotis!” Me soprendió. Fui citado en el club, en el pasaje Méndez Vigo, por el secretario Domènech –el presidente era Martí Carreto*– que era quien llevaba los asuntos del club. La cita era a las siete, pero no me recibió hasta las nueve y media. Cuando le expuse que venía en nombre de “L’Équipe”, me preguntó: “¿Le qué?”. Leyó las condiciones y me respondió: “Esto es una utopía, no se hará nunca”. Y me habló de que lo que había que revivir era el campeonato de Catalunya por equipos, como antes de la guerra. “Lo siento mucho, Pardo. Gracias”. En aquella época el presidente intervenía poco en estos asuntos. Llegué a casa “emprenyat” y mi mujer me sugirió: ¿Por qué no llamas a tú amigo del Madrid, Saporta? Pensé que tenía razón y no perdía nada. Conferencia. Te llamo por la Copa de Europa. “¿Usted tiene el asunto? ¿Que al Barça no le ha interesado? ¿Y nos invita a nosotros?” Estaba entusiasmado. Me pidió que a la mañana siguiente volase a Madrid. En Barajas estaba el coche de Bernabéu que me esperaba en las oficinas junto a Saporta y el gerente Calderón. Y al día siguiente, todos a París, donde se fundó en un hotel la Copa de Europa. La primera final fue con el Stade de Reims. Siempre me lo agradecieron…”

El factor de impredecibilidad es mayor de lo esperado: el nacimiento de la leyenda del Madrid en Europa no solo dependió del alineamiento coyuntural de un once de magníficos jugadores en el momento apropiado… ¡Sino también, e incluso por encima, de la ocurrencia de la esposa de un periodista! Por otro lado, el resto de requisitos de Taleb también se cumple, sin ápice de duda. Nadie es capaz de objetar el impacto deportivo que supuso el establecimiento del Real Madrid como entidad dominante en el mundo del fútbol. Y, respecto a los análisis retrospectivos, cuántas noches de angustia de los antis han tratado de ocupar –“fueron los árbitros”, “el fichaje de Di Stefano”, “la propaganda del régimen”-, formando una multitud de porqués amontonados, intentando en vano aliviar la desazón que conlleva lo impredecible, y, por ende, inevitable. No deja de resultar poético que el argumento del recurrente jardín floral de Zidane tenga su semilla en un comentario de mujer. Con una paradoja final, a despecho de Juvenal y Taleb. El cisne negro más majestuoso de la historia del fútbol fue un cisne blanco.

*Existe un error en sus declaraciones: el presidente del Barcelona de aquel entonces no era Martí Carreto sino Miró-Sans.

1 Comentario

  1. Espectacular el artículo¡¡¡¡¡¡¡¡ no se puede aunar mejor una mezcla perfecta de datos, opinión, curiosidades y como guinda una moraleja.
    Felicidades rotundas D. Pablo Rivas.

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