Hay momentos en los que uno pierde de vista el marcador de un partido. Se trata de una distracción inconsciente. Es como si el cerebro, saturado de emociones, prescindiera de los detalles y se quedara con lo esencial: hemos ganado o hemos perdido. Ese déficit cognitivo no es exclusivo de los aficionados, sino que también afecta, y con peores consecuencias, a los jugadores. En estos casos, basta una desatención mínima para provocar el desastre en forma de gol contrario. Sólo al ver el balón dentro de la portería, los que se sentían ganadores descubren que el marcador estaba por apuntalar y la victoria también. Dicen que dormirse dos segundos al volante puede ser fatal; en el fútbol el sueño también se paga con varias vueltas de campana.

Vaya en descargo de los jugadores del Real Madrid que su equipo tenía ganado el partido o lo parecía de tal manera que era imposible imaginar el empate. Había remontado el tanto de Smolov (6’) con buen fútbol y no se esperaba otra cosa que otro gol para redondear la faena. Nadie tenía otra percepción, ni siquiera los jugadores del Celta sobre el campo, evidentemente agotados. Sólo había una excepción al desánimo general. O tres para ser exactos. Oscar García tenía esperanzas de modificar algo con los cambios. Y los relevos elegidos también contaban con un plan. O con un deseo. Y ya conocemos la reacción nuclear que provoca la voluntad en combinación con el talento.

Denis Suárez y Santi Mina no necesitan presentación. De manera que tampoco debe sorprendernos que se conectaran con un pase magistral del primero y una definición mortífera del segundo. Si no lo vimos venir es porque ya no estábamos mirando, seguros de que el partido estaba archivado en el cajón de las victorias del líder. No aprendemos. El fútbol no es un juego; es un dios que nos acecha con una cerbatana.

Rubén Blanco debió celebrar como nadie el empate. Hasta entonces, la derrota era casi de su entera responsabilidad. La frase de Di Stéfano se cernía sobre su cabeza: “No le pido que ataje las que vayan dentro, pero por lo menos no meta las que vayan fuera”. Y eso había hecho Rubén al derribar a Hazard cuando el balón ya se había perdido por la línea de fondo. El penalti lo transformó Sergio Ramos con su habitual habilidad y lo celebró con su conocida sobreactuación.

El Real Madrid culminaba así una escalada que arrancó con el gol de Kroos y en la que evolucionó su juego y lo depuró de centros al área que no encontraban rematador (porque no lo hay). Hasta entonces, el reaparecido Hazard había ayudado mucho a la fluidez de los movimientos de ataque en íntima colaboración con Benzema. Bale, entretanto, daba la impresión de jugar atormentado y su tormento debió terminar en tarjeta roja por patear a Rafinha.

El Celta, entretanto, demostró la finura que se le supone. Tiene calidad de equipo importante: lo demostró en los goles y en su forma de sacar el balón, lanzado por Rafinha y Aspas. Su problema es el de todos los que pierden más que ganan. Que en última instancia se sienten víctimas de una fuerza poderosa.

Tal vez el gol de Santi Mina le quite un peso de encima al Celta. Y quizá también afecte también al Madrid, aunque lo veo poco probable. El regreso de Hazard es una ilusión más fuerte que el desengaño final.

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