Querido P.:

Se había hecho esperar y tenía que suceder. Ciertamente, la jornada 22 supone una demora insólita. Tras la caricia de los tacos de Albiol al talón de Vinicius en Villarreal, la ampliación gratuita de dos tallas de la camiseta de Brahim en Mallorca, el magnífico bloqueo de Feddal a un centro raso de Benzema, los comedidos intercambios de pareceres entre Rakitic, Lenglet y Varane en el área del Clásico y el masaje de columna de la semana pasada de Antoñito Regal a Rodrygo, por fin la balanza de la polémica, esa que sentencia a qué lado caen las jugadas que ahora llaman grises, como a la policía del franquismo, se inclinó el otro día, por primera vez esta temporada, en favor del Madrid.

Corría el minuto 33 de la primera mitad cuando Casemiro desvió un balón interior al área blanca, y, aprovechando el resultado de su estirada, dirigió su caída hacia la pierna y el costado de Morata, provocando que el delantero rojiblanco se trastabillara. Acción dudosa, posible penalti. Las miradas de media España se depositaron en el árbitro, anhelantes, como la de aquel centurión de Cafarnaúm en Jesús de Nazaret. Una palabra tuya bastará para sanarme. El colegiado dijo “sigan” y con ello decretó el final del encuentro. Lo que vino después, los cambios de Zidane para arreglar su propio desaguisado, el excepcional despliegue de Valverde, el gol de Benzemá, la impotencia de Simeone… constituye una propina insignificante, casi una molestia que puede distraer de lo verdaderamente importante. Cómo escribir poesía después de Auschwitz, se atreverá algún adornado cronista.

El antimadridismo ve los partidos de su eterno rival esperando que pierda o que robe, y no se sabe qué le proporciona más placer. O quizá sí, no en vano habitualmente no hay mejor riqueza que tener razón. El verbo empleado, por cierto, posee su importancia. El Madrid no es beneficiado, ni siquiera ayudado. El Madrid roba. Es decir, su condición no es pasiva, como la de un ciudadano que se encuentra un billete de cincuenta euros. Así solo le llegan los goles en los que el árbitro no interviene: fruto de la casualidad y la mala suerte del adversario, exentos de cualquier mérito. Pero en las acciones polémicas toma parte activa, ejerce su poder, tan invisible e indemostrable como todos los dogmas de fe –al fin y al cabo, el antimadridismo constituye una religión no precisamente minoritaria-. Cada temporada, mientras los blancos se afanan en recorrer trabajosamente el camino hacia los títulos, otros escriben el relato impugnador de la travesía colocando las cerezas más feas en la superficie del mostrador, justo al contrario que los tenderos. Al final de año, un youtube recopilatorio con cinco o seis jugadas inundará las redes sociales y los grupos de whatsapp, compitiendo con los mensajes trumpianos sobre las pagas que reciben los inmigrantes o los artículos falsamente atribuidos a Reverte, y el posible trofeo, de haberse alcanzado, será indefectiblemente puesto en solfa. La llegada de la primavera ya no la marcan las golondrinas de Bécquer ni las alergias. O, al menos, no las alergias al polen.

Por otro lado, esta guerra fría no tiene efectos restringidos a lo simbólico. No se trata de un mero reparto de papeles en el que verse reflejado más guapo. Del mismo modo que los entrenadores de baloncesto fuerzan muchas veces la falta técnica para condicionar, por psicología inversa, el criterio de los colegiados, la señalización del Madrid como club injustamente favorecido busca también réditos más espurios y menos inocentes. Conviene recordar, y es un ejemplo a vuela pluma, que tras lo de Guruceta –epítome legendario capaz de poner de acuerdo a un franquista como Montal y a un comunista como Vázquez Montalbán-, la fastuosa generosidad de las compensaciones: cincuenta millones para la construcción de un pabellón de hielo y el nombramiento como delegado nacional de Deportes al falangista y gerente del FCB Juan Gich i Bech de Careda. No solo de pan vive el hombre. Pero tampoco solo de mitos.

De cualquier modo, la perenne refutación a los logros madridistas, efectuados o hipotéticos, posee una consecuencia positiva para la institución. Una vez asumido el carácter ilegítimo de los mismos, al club solo le queda centrarse en ganar, sin gastar un ápice de esfuerzo en justificarlos. Acaso suponga la verdadera explicación para un palmarés histórico tan colmado de éxitos: sin nada que perder en lo alegórico, solo puede buscarse el sentido en el resultado. Quizá el antimadridista cave su propia tumba al cerrarle las salidas metafóricas a su enemigo, convertido en una bestia asustada y acorralada. En tiempos de escasez de bienes –en la sociedad mediática el relato es un bien-, hay que refugiarse en lo sólido. Y, como saben los especuladores, el oro siempre es un valor seguro. La plata, también.

Saludos afectuosos.

P.

7 Comentarios

  1. El problema no es que los árbitros se equivoquen a favor en contra o a favor del Real Madrid. El problema es la respuesta posterior de los medios y del club. Después de posibles errores desfavorables al Madrid se producen mil portadas y un escándalo mediático desproporcionado ( programas, artículos, portadas, etc…) y hoy, sin embargo, nada de nada. Sin obviar llamadas de Florentino al orden( confirmada por Tebas) Si hubiese la misma respuesta y la misma naturalidad mediática e institucional cuando se es perjudicado como cuando se es beneficiado, no habría problema. Pero no es así, y lo sabes. PUNTO

    • ¿De verdad te parece que hoy «nada de nada»? Si es al revés, hombre. Cuando favorecen al Madrid se recuerda durante años por esa afición. ¿Quién ha hablado del penalti al limbo en Zorrilla la semana pasada? ¿O de la patada de Albiol a Vinicius que costó dos puntos? De haber sucedido al contrario, en Valladolid o Villarreal se recordaría hasta el 2025 con cada visita de los madridistas.

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