Querido P.:

Cuando el árbitro pitó el final de la derrota del Madrid en el Ciudad de Valencia, el sector mayoritario del madridismo volvió a hacer gala de su ciclotimia habitual. Si dos jornadas atrás se encaraba el final de febrero con un cálido optimismo, tras los pinchazos inesperados ante el Levante y el Celta la angustia se volvió a apoderar del ánimo de la afición. Especialmente al echar un vistazo a las próximas fechas del calendario: con el City y el Barcelona en lontananza, el derrotismo no tardó en instalarse, inmisericorde.

El precedente más reciente no invita al optimismo, desde luego. La última vez que se juntaron varias jornadas decisivas de distintas competiciones en una misma semana, el Madrid de Solari se desmoronó como un castillo de naipes. Si se echa un vistazo más atrás, el siglo XXI ha dejado numerosos puntos de inflexión en un torneo a partir de los cuales la temporada entera se ha desmembrado. Los niños madridistas millennials no tuvimos entre nuestras pesadillas a ogros de innegable fiereza como Oliver Kahn o Roy Keane, sino a un tal Galletti, que una anodina noche de marzo destruyó por efecto dominó el sueño de un Madrid que emparentase con el de Di Stefano. Y, si se amplía más el espectro temporal, durante la inacabable travesía del desierto de los octavos de final que el equipo sufrió en Europa,  casi cada eliminación en tan precoz ronda supuso una puntilla a partir de la que la temporada no terminó de levantar cabeza. De modo que no es de extrañar que los más pesimistas –“un pesimista no es más que un optimista bien informado”– se tienten la ropa y se pongan la venda antes de la herida. 

No obstante, el Madrid, a la manera de Walt Whitman, contiene multitudes. Y así como su capacidad autodestructiva se encuentra siempre latente, dispuesta a volar sus opciones, existe otra condición diferente que también lo caracteriza. Cuanto más lo dan por muerto y no le conceden ninguna posibilidad, más es capaz de resarcirse y ofrecer su mejor versión. El PSG de Emery, la Juventus de Allegri, el Atleti de Simeone o el mismo Pep, hoy nuevamente en el papel de supuesto verdugo, han sufrido esta circunstancia. De forma que el equipo blanco, perdida la fiabilidad que lo caracterizó otras décadas, se debate en la tensión entre ambas peculiaridades de su esencia. De cuál acabe imponiéndose finalmente dependerá el destino de la semana más importante para el madridismo, una auténtica hora H. Lo que parece seguro es que no habrá medias tintas: por decirlo en argot taurino, cualquier observador mínimamente atento solo podrá pronosticar puerta grande o enfermería. 

Conviene no engañarse. El Madrid adolece de múltiples problemas puntuales. La consabida falta de gol habrá de acompañarse de la pérdida del jugador que mayor desborde ha demostrado de toda la plantilla, a pesar de los escasos minutos que ha podido disputar. Por otro lado, la pétrea seguridad defensiva a la que Zidane pretendió aferrarse como tabla de salvación se ha desvanecido inexplicablemente en el instante más inoportuno. El enigma Bale ha impedido además establecer automatismos suficientemente asentados en el esquema táctico, dada la oscilación entre el 4-4-2 y el 4-3-3 que ya se he llevado por delante la Copa del Rey. Frente a la certeza del final feliz que ofrecía el primer Madrid de Zizou, esta segunda etapa del francés brinda más versatilidad argumental, introduciendo el drama como algo más que una posibilidad. Con todos estos argumentos negativos, parece claro por qué rasgo del carácter madridista va a tender a inclinarse la balanza. Los presagios apuntan a la desolación.

Y, sin embargo… Yo voy a ver los partidos.

Saludos afectuosos.

P.  

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here