Desde niño admiro a los funambulistas. No lo puedo evitar. Aunque jamás entendí qué lleva a un ser humano a caminar sobre un cable a muchos metros de altura, reconozco que para hacerlo hay que tenerlos cuadrados. Mucho más cuando incluso desprecian la red, dando al espectáculo una sobredosis de peligro que raya en más absoluta de las inconsciencias. Un fallo en la posición del cuerpo, un mal apoyo o cualquier imprevisto en el material utilizado, equivale a desgracia irreparable. Evidentemente, el que ama la sensación de riesgo, convierte a la misma en adictiva. Necesitan adrenalina, ponerse en chino las cosas y superar cada uno de los retos que ellos mismos se autoimponen. De alguna manera, son superhombres.

El que más me llama la atención en los últimos tiempos, se apellida Bartomeu. Un prodigio de la naturaleza que está convirtiendo a la presidencia del Barça en uno de los mayores espectáculos del mundo. No se  puede llevar a ese club (además con el mucho peso que tiene) por un alambre más fino y con más papeletas a pegarse un sopapo.

Desde el sainete del refichaje de Neymar al escándalo de las redes sociales, pasando por el cese del entrenador en enero, Bartomeu tiene al Barcelona como un elefante tambaleándose sobre un hilo de nilón. Y aún no se le ha caído.

La actual directiva, que encabeza este hombre, no se conforma con fracasar en varios fichajes (el aludido Neymar, Rodrigo, Xavi Hernández…) sino que además televisa las jugadas para que no quede duda, imagino, de que , al menos, lo intentan. Sumen a esto un especial interés de lavar públicamente todos los trapos sucios, e incluso tenderlos a la vista de prácticamente todo el mundo, además de algunas historias de detectives que se merecen ser protagonizadas por Mortadelo y Filemón, y no me digan ustedes que lo de Bartomeu no tiene mérito.

Incluso, hasta puede afirmar que no basta con ganar. Hay que tocar el balón impregnándole de una dosis de ADN por pase, y para eso…¿quién mejor que Setién?. 

La subida de adrenalina no pasa por un entrenador que se adapte a la plantilla, sino por alguien que sea capaz de convertir a Semedo en Alves, Rakitic en Xavi y a De Jong en Iniesta. Aunque luego el equipo acabe colgado de los hombros de Vidal. La realidad es el mejor contrapeso.

Pero no nos engañemos. Aunque sacar todo esto adelante parezca una tarea propia de ese francés que caminó haciendo equilibrio entre las torres del World Trade Center, Bartomeu tiene red y cinturón de seguridad. Messi y  Ter Stegen son sus dos ángeles de la guarda. Hasta que se cansen. Todo se andará (y esto también)

Si este Barcelona gana la Liga o la Champions (no digamos ya ambas) será la empírica demostración de que, a pesar de las burradas desde los despachos, el fútbol sigue siendo de los jugadores. Fin de la cita. O puede que no. Con Bartomeu nunca se sabe.

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