Arreón inicial. Velocidad de vértigo. Presión asfixiante. Empujones. Barullos en las áreas. Todo era válido en el planteamiento eminentemente físico que propuso Garitano sabedor de la mayor juventud de su plantilla y el pulmón extra que, con seguridad, le iba a dar el aliento de una grada, que vivía el choque con la ilusión de un niño: “Alabín alabán alabín bon-ban”, rugía San Mamés. Aguantó el Barça, no obstante, el envite contraponiendo la (ya excesiva) pausa de Busquets y los balones largos de Ter Stegen y más que un partido de fútbol, parecía avistarse una carrera de fondo.

Las ocasiones de gol se convertían por tanto en una rara avis y tan o más difíciles de ver que un buen fichaje azulgrana en los últimos cinco años. Tan solo un gol de córner bien anulado por el VAR por parte de un Williams sin apenas espacios. A su lado, Macarraul García parecía estar más preocupado en la búsqueda de faltas y broncas. Que el pamplonica se fuese sin ver la tarjeta amarilla y la viesen peloteros como Messi, De Jong, e incluso Setién, indica lo lejos que está el fútbol de la justicia deportiva. El ataque azulgrana, sin ideas ante el orden defensivo bilbaíno, se reducía a lo que ingeniase Leo Messi. Da igual cuando lean esto. El argentino, con una velocidad más (física y mental) que el resto de sus compañeros, seguía impartiendo clases particulares a domicilio al colegial Ansu Fati. El chaval, más espeso que el domingo pasado, dispuso de las mejores ocasiones pero Unai Núñez le impidió poner una muesca más en su colección de récords de precocidad: ya no será el visitante más joven en marcar en San Mamés.

Por pura lógica fisiológica, la intensidad bajó en la segunda parte. El Barça aprovechó para monopolizar el balón, siempre confiado en que alguna de las arrancadas verticales de Messi rompería el partido. Con un Athletic agazapado llegaba el momento de la verdad. De confirmar que nos definen los actos, no las palabras. El Pasiego, admirador de Johan y que llegó a jugar a las órdenes de Menotti, no se atrevió a meter ese tercer delantero, lo que hubiera sido una verdadera declaración de intenciones cruyffistas. Acaso por estar en Bilbao, la maldición de Don Honesto se cebó con el cántabro y le hizo imbuirse del espíritu de quien también fue su técnico, Vicente Miera, el rey de los cambios conservadores. Como con apenas 17 años nadie puede aguantar 90 minutos, Setién sustituyó al joven Ansu por El Hombre Gris, que siguió haciendo oposiciones para que dentro de algunas décadas la afición culé lo recuerde con un cariñoso apelativo: “135 millones para marcar contra el Ibiza”

Entendió claro y diáfano el mensaje el Athletic: tocaba zafarrancho de combate otra vez. Las nuevas arrancadas de Williams empezaron a mostrar que la (muy) vieja guardia azulgrana ya no aguanta más allá del minuto 60. Alguien dijo en la Superbowl que Shakira está más en forma que su marido y, quizá, no anda muy desencaminado: la imagen de Piqué, arrastrado en postura sacopatatil por el joven Iñaki, pareció un homenaje póstumo a Kirk Douglas, caído del caballo y enganchado a las correas. Dicen que en una caída aparatosa en medio de la calle duelen más las risas burlonas de los niños que el golpe físico en sí. Puede que fueran esas risas burlonas las que llevaron a Piqué a pedir el cambio y ahondar más en la endeblez de una plantilla que apenas tendrá quince jugadores profesionales el próximo domingo en Sevilla.

La salida de Aduriz vino acompañada del recuerdo inevitable del primer partido de la temporada, con ese gol postrero que empezó a marcar el torcido rumbo de la temporada azulgrana. Y como al fútbol le gusta repetir las historias a largo, medio y corto plazo (remember Tenerife), tras recordar Unai Simón que San Mamés es capaz de beatificar porteros indicándoles por donde va a disparar D10S a falta de tres minutos, llegó el centro de Ibai Gómez para que Aduriz repitiese la historia. Simplemente se adelantó Williams en el primer palo pero el final fue el mismo: 1-0 con con Setién de pie o con Valverde arrodillado.

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