La maldición de San Siro sigue vigente. Allí perdió el Valencia su segunda y última final de Champions hace casi 20 años. Sin duda la que tuvieron más cerca. Allí volvía hoy el Valencia por que el Atleti Azzurri de Bérgamo no cumple las exigencias de la máxima competición continental. A estas alturas, San Siro se ha convertido en la segunda casa para los de Gasperini y así lo demostraron en un partido vibrante de los italianos, contundentes en el área rival y temblorosos en la propia. Con las ideas suficientemente claras como para llevarse un botín suculento. El 4-1 es un sueño húmedo para los lombardos.

Pronto comprendió Jaume que esta tampoco iba a ser una noche sencilla para los valencianistas. Ayudó la caraja defensiva de unos centrales (Mangala-Diakhaby) demasiado blandos para estas alturas de la competición. El pase filtrado para Pasalic llegó en condiciones inmejorables para que el croata abriera el marcador. La gloria se la negó Jaume con una estirada salvadora. Un aviso de lo que estaba por llegar.

Y lo que estaba por llegar era el caos organizado del Atalanta, un acordeón ofensivo donde las permutas de sus hombres más avanzados dibujan un ballet azul y negro, donde cada uno sabe interpretar su papel. La chispa la suele incendiar Papu Gómez, el hombre más querido de Bérgamo, no obstante le han nombrado ciudadano honorífico de la ciudad. El argentino entró en el área como el que acude al supermercado y puso un balón profundo en el segundo palo donde Hateboer se adelantó a Gayá para, ahora sí, abrir el marcador.

Tardaron en reaccionar los chés. A la media hora apareció Ferrán Torres, tras una falta rápida botada por los de Celades. El palo repelió la mejor ocasión valencianista de esta primera mitad. Pero la traca sería breve, escueta, escasa de pólvora. Y eso que Guedes se animó a driblar por la izquierda, a ser más vertical, a buscar las cosquillas a la endeble zaga bergamesca. Cinco minutos después el luso tuvo el gol en sus botas pero su disparo fue demasiado esquinado para encontrar portería y demasiado violento para encontrar algún compañero en el segundo palo.

En esos minutos la Atalanta respiraba con los taconeos del Papu Gómez. Le gusta la cumbia al argentino y conducir el balón como si estuviera bailando un tango, espalda erguida, mirada al frente, siempre cayendo al costado izquierdo para inventar desde ahí. En una de esas tuvo la sentencia el capitán bergamesco tras un error tremendo de Kondogbia en el centro del campo. Pero el petardazo sería esloveno. Solo necesitó Josip Ilicic poner el trasero para ganar un espacio que no existía. Lo siguiente fue un latigazo a la escuadra de Jaume que abría la brecha en la eliminatoria. El sopapo retumbó en San Siro.

El Papu gobernó los primeros compases de la segunda mitad. Mientras el Valencia perdonaba sus pocas aproximaciones a las inmediaciones de Gollini. El 10 de La Dea (La diosa, en honor a la Diosa Atalanta de la mitología griega) no solo es un excelente jugador, también un competidor feroz. Así lo demostró en el 3-0 cuando porfió con Kondogbia por un balón. Lo ganó y se lo cedió a Freuler que ante la mirada pasmada de la defensa ché la colocó en el ángulo, en un golpeo tan estético como eficaz.

Para entonces el Valencia ardía con once ninots sobre el campo. No quemaban sus acercamientos a la portería de Gollini. Perdonando el gol incomprensiblemente un matador como Maxi Gómez. Todo lo contrario que los italianos que encendían el partido a cada cabalgada. Hatebour ponía el 4-0 en el marcador a la hora de partido, segundo en la cuenta particular del neerlandés.

Cuando más improbable parecía llegó la reacción del Valencia, facilitada por la salida al campo de Cheryshev. El ruso llevaba segundos en el terreno de juego cuando le cayó el balón en la frontal y soltó un zurdazo imposible para el cancerbero italiano. El 4-1 animó al Valencia y en los siguientes 15 minutos pudieron recortar aún más distancias. Las musas demostraron entonces estar del lado nerazzurri, negando una y otra vez un premio mayor para los chés. La inspiración habrá que buscarla en Mestalla pero el incendio de San Siro deja muy tocados a los chés.

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