La imagen era descorazonadora. Dantesca. Helaba la sangre, hacía que te recorriese un escalofrío desde la cintura hasta el cráneo. Tantas vidas malgastadas, tantos hombres y mujeres jóvenes que ven su salud maltrecha. Quizá para siempre, quizá para no recuperarse jamás. El futuro, ayer luminoso, tornaba ahora sombrío. Dubitativo. Quién sabe. Disfrutemos, sí, disfrutemos del hoy. Hagamos lo que más nos gusta, gocemos. Mañana… mañana alguien proveerá…

Lo vi. Con mis propios ojos. No hace tanto, no vayan a pensarse. Una semana, dos, quizá el mes. Qué importa. No era la primera ocasión, no, ni será la última. Diría que estoy acostumbrado, si es que alguien pudiese acostumbrarse a esto. Pero no, no es posible. Siempre te pellizca el alma, siempre te deja el cuerpo arrasado, espíritu alicaído. Sin ganas de levantarte, de escribir. Pero es mi obligación. Denunciarlo. Que todos sepan. Se lo debo a ellos y a ellas, héroes anónimos.

Va por vosotros.

No se preocupen por mí. Yo estoy bien. Pareciera que vengo de un país en guerra, ¿verdad? Un conflicto larvado durante décadas que estalla ahora en toda su virulencia. O, como poco, que he estado viendo pelis sobre la Primera Guerra Mundial. Tantas lágrimas, tanto sufrimiento. Y no. Ya les digo, no me he movido de mi casa. Y, aparentemente, gozo de buena salud. Pero ellos no. Ellos.

Ellos.

El otro día contemplaba con mis propios ojos los estragos del dolor. Fue, como ya se habrán podido imaginar, en la salida de una marcheta cicloturista. Sí, sí, ni a marcha llegaba. Imaginen, unos cuarenta tipos. La mayoría sonrosados barrigudos rebosantes de felicidad (y rebozados por dentro, me supongo). Pero había una docena que no. No. Ahí estaba el drama. Delgaditos, repasando elementos invisibles en sus máquinas carísimas. Y dolientes, oh sí.

Yo soy de natural curioso, así que me acerqué a un par de aquellos (lo sabría después) ecce homo y pude escuchar su conversación. Testimonio brutal, estremecedor. De rasgarse el maillot y preguntarse, entre lágrimas, por qué a mí, qué he hecho yo para merecer esto, oh demiurgo preñado de injusticia. Me duele aquí, decía uno al otro, y se señalaba la rodilla. Aquí, aquí y aquí, y ahora hacía un barrido por anverso y reverso. Cada vez que ruedo a más de treinta por hora siento pinchazos, seguía, y eso no es lo peor. No. El compañero miraba, compasivo. En silencio. No se interrumpe a quien ve tan cerca la parca. Me hice un estudio biométrico y resulta que llevaba el sillín tres milímetros más alto de lo que debía. Su interlocutor ahogó un grito, llevó ambas manos a la boca. Como lo oyes… he estado desperdiciando watios durante años. Ambos se abrazaron. Yo, incómodo por lo íntimo del instante, decidí mover un poco mi bici.

¿Es clásica?, me preguntó otro sano muchachote (eso parecía, luego vi que nada más lejos de la realidad). Yo debí poner cara de idiota (se me da muy bien eso) y él repitió la pregunta, señalando ahora a la bicicleta. ¿Clásica? Reflexioné. No, que yo sepa. Hombre, tiene sus años, ya. Décadas, más bien. Pero me sigue dando buen resultado. Ella me aguanta a mí y yo la aguanto a ella. Relación perfecta. No parecía muy convencido, mirándome de reojo con algo en la cara que podía ser una mueca o hambre de varios días. Entonces empezó a acariciar su máquina casi con lujuria, y se lanzó a venderme las virtudes de materiales, desarrollos, frenos, potenciómetros, gaitas en vinagre y callos con chorizo. Yo asentía un poco incómodo, porque no estaba entendiendo la mitad de sus palabras. Sí, sí, claro, por supuesto. Cuando me tocó decir algo (me di cuenta por la ausencia de fonemas ajenos) sonreí tímidamente y le dije que seguro que con ese “maquinón” (los aumentativos lucen mucho en este tipo de charlas) nos enseñaba hoy a todos el sillín. Era una broma, una sin importancia, sin malicia. Pero él bajó la mirada al suelo, acercó su cabeza a la mía (no mucho, porque nuestros cascos lo impidieron) y se lanzó a dictarme diagnósticos. Nada de eso, amigo, nada de eso. Ojalá, pero… La muñeca. El otro día cogí un bache, iba bastante rápido y… desde entonces no deja de dolerme, ni siquiera me puedo poner en pie sobre los pedales. Nada, hoy sufriré a cola. Seguro que eres tú el que me va dejando en cada subida. Luego miró mis piernas, mi pecho, mi abdomen. Suspiró profundamente y se fue a echar una meada, según me transmitió en voz muy bajita.

Se acercaba la hora de salir y me puse detrás de dos mozos. Treintañeros, piernas depiladas, demasiado morenas para esta época del año. Seguro que se hacen a la idea. Ambos con un artefacto enorme en el manillar, que lo mismo te mide la velocidad que sirve para mandar whatsapp o escribir un libro. Los dos charlaban, y yo podía contarles las costillas debajo del maillot. Horrible, una semana horrible. Solo he podido salir a entrenar dos días. Los otros tres… nada. Bueno, un par de horas de rodillo, el jueves dos y media. Con intervalos, claro, lo otro es de paletos, no me jodas. Pero eso, tengo las piernas… bufff. Estoy hecho polvo, sin duda. Y el otro contestaba. Calla, calla, que lo mío es peor. El martes fue mi aniversario de boda y tuve que salir a cenar con mi mujer. Te puedes imaginar. Dos platos y postre, todo calorías. Calorías de las malas, además. No he querido ni pesarme desde entonces. El miércoles solo me tomé una infusión en todo el día, y antes de irme a dormir chupé un poco de lechuga. Pero fuerte, eso sí. En fin, es la hostia, tanto entrenamiento para esto. Luego llegó un tercero. Qué tal, Luis, cómo lo llevas. Y (ojo, porque la historia te parte el corazón) el tal Luis estaba grave. Muy grave. Con catarro, colegas, sigo con catarro. ¿El mismo?, preguntó asombrado el chico de las hojas rechupeteadas, pero si llevas así dos meses. No lo curo, no lo curo, no me deja salir nada, apenas he tocado la bici desde… bufff, no quiero ni pensarlo. Yo miraba al suelo, y muy cerca de allí veía sus dos tobillos pequeñitos, sus gemelos poderosos, sus piernas bronceadas. Y el pecho, el pecho es lo peor… toso un montón y me duele muchísimo. Hoy nada, a sufrir.

Arrancamos y andaba yo preocupado por esos pobres chicos. Honestos muchachos al borde de la muerte. Pero llegó la primera cuesta y… ¡digamos todos ALELUYA!, los dolores se fueron, las molestias quedaron en el recuerdo, la absoluta falta de kilómetros pareció esfumarse. Arrancaron como galgos tras liebre. Un milagro, un milagro sin duda. Yo, hiperventilando y sudoroso como un cochino que ve acercarse el 11 de noviembre (día de San Martín) reflexionaba sobre ello. Y reflexioné un montón de rato, porque tardé bastante en llegar a la cima del puertecillo. Decidí que debía escribirlo. Que quedase constancia de tal prodigio.

Así que apiádense cuando vean a un grupo de cicloturistas (sospecho que en corredores a pie ocurrirá algo parecido) marchando a toda velocidad por las cuestas de su tierra. Ellos, en realidad, viven consumidos por dolores, falta de tiempo para entrenar y lesiones varias. No sea malvado y salude su paso desde la terraza donde se está empotrando una ración de rabas…

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