A Carmela apenas le quedan dientes a sus 81 años recién cumplidos y por eso siempre lleva un movimiento de labios que lo delata. Anda muy deprisa para su corta estatura y para lo que se podría esperar de un cuerpo como el suyo, menudo, delicado y antiguo, como de otra época, porque ella nació en 1939 en Málaga, en el barrio de Huelin, ese que llamaban el Barrio de las Fatigas, que creó Don Eduardo Huelin para acomodar allí a los trabajadores de su ingenio azucarero a finales del siglo XIX y en el que siguiendo los principios de Fourier y Saint Simon, le concedió a cada trabajador una casa con cocina, un dormitorio y un patio con un pozo donde criar gallinas y conejos, casa por la que, por supuesto, había que pagar una renta, lo que convertía a ese barrio, situado entre fábricas metalúrgicas y químicas, entre humos y deshechos, en otra fuente más de ingresos para Don Eduardo. Fue allí, en una de aquellas casas donde ella nació, en la misma en la que nacieron sus otros seis hermanos y antes su padre, que se la había comprado al Marqués de Larios, cuando ya se caía a trozos, al que se las había vendido Don Eduardo cuando se arruinó; la casa en la que había nacido su abuela, porque su padre trabajó para Don Eduardo, pagándole su renta con muchas fatigas y comprándole el pan en su panadería y las medicinas en su dispensario, pues todo era de Don Eduardo y por eso ella nunca se ha querido mover de allí, porque dice que esa es su casa, señalándola con la mano.

Carmela viste de negro y lleva en invierno un pañuelo también negro con el que cubre su cabeza de la que sale una blanca melena que le podría llegar a los hombros, pero que ella recoge en una trenza, una chaqueta negra y, a veces, un delantal color gris marengo con diminutos cuadros negros, como toda nota de color. Cuentan quienes la conocen que a principios de los años setenta, ya con la treintena cumplida, con todo lo que eso representaba para la época y más en un barrio como Huelin, su novio de toda la vida la abandonó por otra y entonces ella, rota e inconsolable, decidió vestir de luto para siempre, con su falda y su chaqueta y su pañuelo en la cabeza y así guardar duelo eterno por su corazón fallecido. Ella camina más rápido de lo que se pudiera esperar viendo su cuerpo, pero su voz, tampoco está acorde con lo que se ve, porque es clara y segura y cuando te mira desde abajo y aunque te esté diciendo otra cosa, de las muchas que cuenta, en realidad te está diciendo que vive sola porque quiere y que no necesita a nadie, que nunca lo ha necesitado y que no le tengas lástima.

Y si le preguntas, Carmela te enseña donde estaba la casa donde vivieron los padres de Antonio Molina, y su hermana, en la Calle de Altamira y te cuenta cómo eran las casas de pescadores en la Playa de San Andrés, y los cañaverales que había hasta el Río Guadalhorce; y habla de los temporales de levante y de redes puestas a secar y del hambre de la posguerra; y de calles enfangadas en invierno y polvorientas en verano, mientras todo el que pasa la va saludando con una sonrisa que ella recibe allí apoyada con las manos en la espalda en la esquina de su casa, recogiendo el escaso sol que le regala el húmedo invierno, porque en medio de esa modernidad que va devorando Huelin con fauces en forma de apartamentos turísticos cerca de la playa no hay nada que sea tan de Huelin como Carmela y nada que les recuerde tanto lo que un día fueron, de lo que se sienten muy orgullosos.

Ella, vestida de riguroso luto por su corazón fallecido, seria y respetable, menuda y delicada, levantando la cabeza y con la voz muy clara, responde a esos saludos con la misma frase, como venida de otra época, que siendo niña, le enseñó su padre y que a este, siendo también niño, le había enseñado su madre:

-Vaya usted con Dios

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