En La trinchera infinita, la cinta dirigida  magistralmente a tres manos por Jon Garaño, José Mari Goenaga y Aitor Arregi (una triangulación que hubiera firmado Setién para su propio equipo), se hace una revisión de la posguerra española desde un particular punto de vista: el de los ‘topos’ del franquismo. Una serie de personas que se refugiaron en escondites familiares durante la dictadura tras haber perdido su bando la contienda. Así pasan 30 años en el matrimonio formado por Antonio de la Torre y Belén Cuesta. No ha pasado tanto tiempo desde que el juego de posición se metió en su particular escondite en Can Barça, pero la llegada de Quique Setién y su libreto al Camp Nou ha vuelto a poner de manifiesto la existencia de las Dos Españas en materia futbolística.

Los pegapases han vuelto a salir de la cueva mientras los resultadistas, alarmados por la que se viene encima, alertan a los suyos de que los estetas están de vuelta. Sí, esos insensatos que solo piensan en la belleza del juego por encima del resultado. Toca replegarse y estar unidos. Ya habrá tiempo de contragolpear. Lo de menos en estos casos suele ser escuchar al técnico porque nos sentimos mucho más cómodos atendiendo solo a nuestros prejuicios. «Esto es lo que ha hecho el Barça durante muchos partidos, antes de que yo  llegara (…) No hay tantas cosas  que cambiar. Seguramente el rigor, la disciplina mental para mantener la concentración 90 minutos, para quizá no perder partidos que ya tienes ganados». Las palabras de Quique Setién tras su primer examen frente al Granada añaden cordura a la situación y aplacan la revolución que pregonaban algunos.

En cualquier caso esta particular guerra civil tiene dos frentes abiertos. Uno en Barcelona y otro en Madrid. La crítica ha alcanzado tintes de mofa desde la capital, donde se ha pasado de puntillas por el análisis del juego culé y se han estirado hasta lo cómico las estadísticas. A estas alturas todos sabemos los pases que dieron los azulgranas, cuántos fueron hacia adelante y el porcentaje de posesión con el que se consiguió un justito 1-0. Y encima contra diez. Ni rastro, en cambio, del nuevo ecosistema que favorece a Busquets o de la cadena de pases que ya no obliga a Messi a tener que buscar la jugada por su cuenta. El foco se pone en la anécdota, en lo superficial, sin profundizar en los porqués.

La réplica más habitual desde Madrid es que «todos los sistemas son respetables» ya que se entiende que el juego de posición se ha querido promocionar como un estilo más elevado, con cierta superioridad moral, de lo que está bien frente a lo que está mal. De lo atractivo frente a lo insustancial. Lo único cierto de este sistema de juego es que necesita ser entrenado mucho más tiempo, por sus mecanismos y estructuras y que cuesta desarrollarlo más que otros. Y a todo ello se suma que Setién no ha ayudado a desterrar esa supuesta superioridad de su idea de juego con algunas declaraciones previas a la llegada al banquillo del Camp Nou. Sus enfrentamientos con Bordalás (Getafe), Pellegrino (Leganés) e incluso Simeone (Atlético de Madrid) le han reforzado tanto a ojos del cruyffista como le han sentenciado para el resto.

Esas cuitas van a florecer ahora. Las facturas han tomado el puente aéreo.

Diferentes son los matices en el frente catalán. También allí hay contienda, no crean. Ni siquiera en Barcelona Quique Setién cuenta con el consenso que pregona la junta directiva. Y es que la parroquia culé lleva años larvada por una guerra intestinal que merma el club. Los -ismos campan a sus anchas por el Camp Nou para representar todas las tendencias, desde el cruyffismo al neonuñismo de Bartomeu, pasando por el laportismo o el rossellismo más acérrimo. La guerra de guerrillas entre las diferentes familias del barcelonismo no tiene otro objetivo que hacerse con el control del club y la pelota se ha convertido a veces en un medio, a veces en una excusa para alcanzar ese fin.

Apenas han necesitado un solo encuentro en las tribunas más críticas para volver a hablar del parabrisas (así catalogaron en Sevilla el juego de Setién), que vuelva el balonmano al Camp Nou, incurriendo en pasivo, claro. Más aun ahora que la profundidad y la mordiente estarán cuatro meses en reposo. Lo que se estima que esté de baja Suárez. Hasta el once titular utilizado por Setién en su estreno liguero ha servido para atizarle. El mismo que hubiera sacado Valverde, aseguran. Por no hablar de que al final todo lo acaba resolviendo Messi, como ante el Granada. Un argumento reiterativo que se escuchaba tras cada victoria azulgrana en la era Valverde, responsable sin embargo de cualquier derrota, y que ahora amenaza también a Setién. Aunque el cántabro lo tiene claro: «Uno se tranquiliza mucho teniendo a Messi. Porque al final es él el que lleva desatascando estos partidos durante más una década. Y esto es así. Y es una ventaja para cualquier equipo». El bochornoso partido de Copa contra el Ibiza, en el que se coqueteó con la eliminación peligrosamente, no alivia esa sensación.

Claro que frente a estos también ha florecido un incipiente setienismo que tiene en el técnico cántabro al nuevo profeta, al hombre que va a desterrar del Camp Nou a los herejes de la potencia física, a los amantes del contragolpe y los defensores del 4-4-2. Son aquellos que han visto brotes verdes en los pocos matices que Quique ha introducido. La ilusión ha renacido a partir de la defensa de tres o la apuesta sin miramientos por La Masía, aunque luego llegue el Ibiza y en 10 minutos te pinte la cara. Flaco favor le hacen a Setién los que ponderan hasta sus calentamientos o alaban el protagonismo del rondo, como si este fuera propiedad exclusiva del Barça. En su afán por ensalzar al nuevo técnico terminan también caricaturizándolo, una consecuencia más del extremismo mediático que rodea a los grandes de nuestro fútbol. Setién no puede ser más cruyffista que Cruyff.

Y entre dimes y diretes se extiende una sospecha hacia el juego de posición. Una paradoja más de este país donde se ridiculiza uno de los sistemas de juego que más éxito ha otorgado a nuestro fútbol. Poco importa ya que en ese estilo nos reconociéramos todos bajo el amparo de la Selección Española, o que Zidane y su Real Madrid hayan dominado Europa a partir de un centro del campo donde el protagonismo con el balón ha sido determinante. Incluso que en Barcelona se haya vivido la mejor época del club al abrigo de ese fútbol.  La llegada de Setién ha devuelto a nuestras vidas calificativos de tiempos pretéritos: plano, intrascendente, vacuo, aburrido, perdedor. El abanico es amplio, casi tanto como sistemas de juego hay para alcanzar la victoria. Sin olvidar que, balón mediante, no hay fórmula infalible. Tampoco tiempo. Como mucho ideas y convicciones. Todas válidas.

Por eso aquí apostamos por jugar a la contra, que en este caso no es lo mismo que jugar al contragolpe, porque se puede disfrutar igual de una transición rápida del Liverpool, de una presión adelantada del Eibar o de una cadena de pases que termina descolocando al rival para que Messi, Sterling o Benzema canten gol. Sea como fuere salgan de la trinchera porque fuera de ella el fútbol se saborea mejor. No hagan (también) de esto una guerra.

 

 

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