Van pasando las horas y el polvo saudí no termina de asentarse, ni en el fútbol ni el Dakar, que aún se disputa por estas tierras. La polvareda desatada en el Camp Nou no será objeto de mi texto, pues esto no es más que parte del deporte profesional, pero quiero prestar atención a la elección de la sede, en un ejercicio de ordenar ideas y tratar de llegar a algunas conclusiones.

Digamos que la elección de sedes controvertidas, por así decirlo, no es nada novedoso, pero eso tampoco lo justifica. Quizá uno de los combates más famosos de la historia del boxeo, The Rumble in the Jungle, se celebró en Zaire en medio de una dictadura militar, y la alternativa a Zaire era nada menos que la Libia de Gaddafi. 45 años después queda la épica de la pelea, y solo visitando antiguos documentales sabremos que Foreman se sintió un preso en arresto domiciliario en su residencia cuando la pelea se tuvo que retrasar y nadie tuvo permiso para regresar a su casa.

España se retiró de la Eurocopa de 1960 cuando el sorteo le enfrentaba a la Unión Soviética. Pese a esa retirada política, España fue sede de la fase final de 1964, disputada por cuatro selecciones entre Barcelona y Madrid. No hace falta recordar la situación política de España en 1964, como tampoco hace falta repasar la tragedia en la que vivía Argentina durante la disputa del Mundial 78. Sin embargo, parte de la población sí vio ese Mundial como una vía de escape de la realidad de cada día, y es en este punto donde tengo que distinguir entre gobierno y ciudadanos, la Junta Militar y los argentinos de a pie. Tampoco soy tan ingenuo como para creer que FIFA pretendía hacerles un regalo a los aficionados de la albiceleste en esos tiempos tan duros. FIFA se mueve por sus propios intereses y la corrupción de sus miembros está bien documentada.

Havelange, Blatter o Infantino usan siempre la misma coartada: se trata de llevar el fútbol a todos los rincones del planeta, como si quisieran evangelizar las tierras recién descubiertas. Así se justifica que Catar, pese a su falta de tradición, infraestructura y hasta de tamaño para acoger un torneo tan grande, sea elegida como sede de un Mundial de fútbol, aunque haya que cambiar el calendario y sugerir a las parejas homosexuales que no se muestren afectuosas en público. La libertad de los aficionados limita con las cuentas corrientes de FIFA como una barrera insalvable. Ya entenderán ustedes que el futuro del deporte en cuestión –en este caso el fútbol– necesita de los inversores. La misma situación la reprodujo la IAAF, ahora renombrada World Athletics, disputando sus Mundiales de atletismo en verano (¡) en Doha, capital de Catar, donde apenas había gente en las gradas y había que correr la maratón a unas horas en las en que una gran ciudad apenas se mueve el tráfico.

Me gusta pensar que el deporte puede hacer algo por mejorar el mundo, que cuando naciones rivales se encuentran en un campo de fútbol o un estadio olímpico se dan cuenta de que en el fondo no se diferencian demasiado cuando se mira a la persona y no a su bandera. FIFA dijo que durante el Mundial de Rusia en verano de 2018 no hubo incidentes racistas ni homófobos, como si fuera algo digno de celebración y no lo que cabe esperar con normalidad, del mismo modo que Rubiales celebró que en los partidos de la Supercopa se pudiera ver a mujeres mezcladas con hombres y turistas vistiendo como querían. El problema es que esas actitudes acaban cuando termina el torneo, como cuando un niño se porta bien durante una visita. Acabada la visita, los aficionados rusos se han comportado como siempre y es de esperar y lamentar que la situación de las mujeres en Arabia no habrá cambiado ni una coma.

No sabemos resolverlo los aficionados, en cualquier caso. En el fondo queremos ver los deportes que nos gustan, es parte de nuestro ocio. Un periodista de The Guardian fue a visitar las obras del Mundial de Catar y fue testigo de las paupérrimas condiciones laborales de los trabajadores extranjeros en los estadios y así lo escribió. Pero él mismo dijo también, que al final de todo esto, veremos el Mundial con la ilusión de siempre. Queremos nuestra “fiesta” y alguien tiene que pagarla.

Busquemos otras sedes, pues. Pongamos la mirada en Estados Unidos, el país de la libertad y la democracia, y obviemos por tanto que existe la pena de muerte, y que Texas en particular hace uso continuo de su ley. En un grupo de WhatsApp me comentaban que los ciudadanos americanos pudieron hacer uso de su derecho democrático y establecer una ley, por bárbara que nos pueda parecer, mientras que las mujeres saudíes no tienen ni voz ni mucho menos voto, pues legalmente son tratadas como ciudadanos menores. Y es cierto. Con lo cual tengo otra duda: ¿dónde ponemos la línea entre lo aceptable y lo intolerable? ¿Cuál es el punto de no retorno, en el que se quiebran cualquier tipo de negociaciones para establecer una sede? Hoy por hoy, no los hay.

Pongamos más problemas sobre la mesa. Existe una teoría que dice que un país menos desarrollado se puede beneficiar de un evento global: construir nuevos estadios, piscinas, pabellones, estadios de atletismo o pistas de tenis crean puestos de trabajo primero y deportistas después, además de tener un legado que pueda permitir organizar futuros eventos y atraer más aficionados. Bien, como economista que soy, acepto esta parte. Pero, también como economista, tengo que mirar los riesgos que esta inversión supone, la falta de adaptación a los presupuestos, la generación de una deuda que puede crecer sin control y acabe pagándose con las partidas servicios esenciales. Brasil y Río de Janeiro, desde ese punto de vista, jamás debieron ser sede de manera consecutiva de un Mundial de fútbol y de unos Juegos. Ahí esta Maracaná para demostrarlo. O las construcciones semi derruidas de los juegos de Atenas de 2004, no los de 1896. El Partenón se conserva mejor. 

Si finalmente miramos al cambio climático y la cantidad de viajes que estos eventos suponen, el mundo del deporte en general debería prestar atención a un comportamiento irresponsable, no hay más que ver año tras año las dificultades de las diferentes Copas del Mundo de deportes de invierno, que pasa de estaciones sin nieve a estaciones cerradas por exceso sin solución de continuidad.

Confieso no tener las cosas del todo claras. Muy pocos países podrían pasar por todos los criterios de derechos humanos, económicos y ambientales pero creo que hay unas líneas rojas que jamás se deberían cruzar. No se pueden tolerar legislaciones que discriminen por género, religión, raza o tendencia sexual. Tampoco se puede tolerar el abuso de los derechos humanos, y aquí nos metemos en un charco complejo como el de Estados Unidos. Poner esa línea roja, el punto de no retorno, será complicado. Pero hoy por hoy, no existe ni línea ni intenciones ponerla, y eso debe cambiar. Si el deporte no puede cambiar el mundo, lo menos que debe hacer es no ser partícipe de las desigualdades.

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