Réquiem, del latín, “descanso”. Tanta paz te lleves como descanso dejas, querido Don Honesto. La sabiduría popular —concretamente los corrillos de vecinas al fresco de una noche de verano en cualquier pueblo de la península— acuñó esta expresión para referirse a las personas que se marchan después de haber sido problemáticos, ya sea por entorpecer la labor de otros o por su manera de proceder. Eso es lo que siente hoy un amplio sector de la masa culé al conocerse la despedida de Ernesto Valverde: que en sus dos temporadas y media entorpeció la labor de Messi y procedió de manera completamente opuesta a lo que se esperaba de un entrenador culé.

Don Honesto se va principalmente, por una crisis de juego, que no de resultados. Acaso porque nunca entendió que en el Barça el resultadismo no es buena apuesta: Robson ganó tres títulos en su primera temporada. Y fue la última. Del inglés no se recuerda el fútbol de su equipo, más allá de las exhibiciones puntuales de Ronaldo, el Bueno. Ni siquiera eliminar de la Copa al Real Madrid salvó de la quema al bueno de Bobby. Porque Johan ya había demostrado a los que no creían en él (Núñez, por ejemplo) que se podía pervivir en la memoria de los aficionados sin algo tan futil como vencer a los blancos. A fin de cuentas, se vio con el tiempo que hasta un equipo con el Tata Martino podía marcar cuatro goles en el Bernabéu.

Sin embargo, el Profeta nos demostró que era humano. Porque si el hombre es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra, el Holandés Volador apostó en su día por unos ex pericos (Escaich y Korneiev) como atacantes azulgrana y repitió error, recomendando a alguien con pasado blanquiazul como entrenador. Más erróneo fue lo de Valverde: teniendo a Cruyff o a Rikjaard como antecesores en ese banquillo, escogió al holandés equivocado como modelo a seguir. Como Van Gaal, ganó dos ligas seguidas (doblete incluido en la primera). Como Louis, dejó sonoros ridículos en Europa, herida a la que echaron sal los blancos campeonando en una de ellas. Y como el de Amsterdam, no dejó ni un sello futbolístico digno del paladar del Camp Nou. Se cuentan con los dedos de la mano los partidos en los que el barcelonismo se ha divertido con el juego del equipo en los últimos dos años donde apenas ha visto pinceladas del juego de mediocampistas que fuera santo y seña de la institución. Al igual que los hijos de Dugarry y Sonny Anderson aún llaman a Van Gaal para creer a sus padres, Paulinho y Arturo Vidal agradecerán de por vida a Valverde poder contar a sus nietos que jugaron en el Barcelona.

Nadie le exigió el excelso juego que se vio con Guardiola pero del gatopardismo de Pep, que “cambió todo para que nada cambiase”, Valverde rehizo su propia interpretación tergiversada: “No cambiar nada para que todo cambie”. Salvo lesión o sanción, no hacía falta un Cesc Fàbregas que filtrase las alineaciones a la prensa: desde agosto de 2017 todo el mundo sabía quién iba a jugar. Aunque la mayoría de los jugadores superasen ampliamente la treintena. De echar vacas sagradas, se pasó a pastar junto a ellas. Y a eso se añadía que Don Honesto mostraba el mismo comportamiento dentro y fuera del banquillo: conservador, sin riesgos, jamás una palabra más alta que otra. Aunque fuera necesario. No era imprescindible la exuberancia emocional de Simeone o de Klopp. Pero debe haber un punto intermedio entre su semblante funerario y la energía del Cholo o de Jürgen. Si los perros se acaban pareciendo a sus amos, los equipos de fútbol —buenos y malos— se mimetizan con sus técnicos.

Sus (pocos) defensores argumentaban que con él fueron apenas dos derrotas en Europa. Una mala tarde la tiene cualquiera, diría Chiquito. Pero lo de Roma, no fue un accidente: ya se había coqueteado en esa Champions League con el ridículo tras un tristísimo 0-1 en Lisboa contra el Sporting (gol en propia puerta) y un 0-0 en el campo de Olympiakos. Lo de Liverpool ya lo habían avisado el Olympique de Lyon en octavos, el Manchester United en cuartos y el propio Liverpool en la ida. Las derrotas con el Levante y el Sevilla en la Copa de la temporada pasada ya fueron un aviso de lo que pasaría en la final. La derrota inicial en esta Liga en San Mames no fue sino la continuación del infame 0-0 de la anterior visita a Bilbao. Y esta temporada ya han avisado el Slavia, el Borussia de Dortmund y el Inter de Milán. Amén de Levante, Osasuna, Granada y Español. El último aviso, en la Supercopa, ha avivado ese corrillo de vecinas al fresco que es la actual Junta Directiva del club. Por esas piruetas del destino, que tanto le gustan al fútbol, la última destitución de un técnico del Barça en plena temporada, había sido la de Van Gaal en 2003. Un Van Gaal que había comenzado su tercera temporada con una derrota… en la Supercopa.

No hay que dedicar mayor tiempo a un adiós que algunos ya tenían en pasado pluscuamperfecto tras una engorrosa «crisis de juego» que ha durado dos años y medio. Ahora, mientras se espera —Xavi mediante— la vuelta al estilo irrenunciable, no queda sino dedicarle a Don Honesto una simbólica Misa de Réquiem. Parte de su letra, atribuida al franciscano Tomás de Celano, parece inspirada en los sentimientos que cualquier barcelonista tendrá al recordar algunos episodios de esta etapa del club. Una letra propia de la liturgia romana. Sí. Romana.

Día de ira aquel día en que los siglos fueron reducidos a cenizas, como profetizó David con la Sibila. ¡Cuánto terror habrá en el futuro, cuando venga el Juez a exigirnos cuentas, rigurosamente!

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