La tarde en Madrid era de esas que te recuerdan que el invierno no termina cuando se barren las migas que han dejado los polvorones debajo de la mesa. Cielo gris, gotas de lluvia, de esos días que gustan a Allen para ponerse a inventar: “En mis películas lo importante sucede casi siempre cuando llueve”. Inventos pocos con las flores que hay en el jardín, porque en el Bernabéu últimamente crecen más brotes verdes puntuales que ingenio a raudales. Zidane tuvo que sacar los parches para tapar los huecos de Ramos, y sobre todo, de Valverde, el jugador que de una tarjeta roja hace poesía. Con el Pajarito, Galeano tendría buena materia prima.

El Madrid empezó a tener continuidad con la pelota cuando Modric decidió asumir protagonismo. Mientras aparecen sustitutos sin haber abierto todavía el casting, el croata sigue teniendo muy fresco el cerebro, aunque las piernas no respondan con la misma velocidad. Junto a Casemiro, que tanto hace y tan poco se valora, y Kroos, el jugador en el que hay que fijarse hoy en día para saber si se ha jugado bien o mal, el Madrid emprendió el viaje hacia el dominio con más convicción. Los de Zidane querían el balón en el suelo, mientras que el Sevilla, con más músculo que artificio, amenazaba a balón parado. En una de esas marcaba el que no suele hacerlo nunca, De Jong, aunque la jugada fue anulada. Y vi a Julen Lopetegui, un buen entrenador con el que se tuvo demasiada prisa, más combativo en las quejas por esa acción que cuando, no hace tanto, en Chamartín le comentaron que saliese por la puerta de atrás sin hacer ruido. Las injusticias, a veces, nos dejan sin habla.

Benzema ya asomaba la cabeza por la banda cuando en la grada se arrugaban con rapidez los envoltorios de papel de aluminio que cubren los bocadillos. No puede prescindirse de la llama de Karim en estos momentos, porque puede valer para levantar una Supercopa manchada de vergüenza, pero no para ganar una Liga. Afortunadamente para el Madrid, Casemiro tiene siete vidas, y ya no solo barre, sino que también cose. Un taconazo de Jovic en el área pequeña sirvió de asistencia para que el brasileño levantase el balón por encima del portero con una sutileza impropia de su talante.

El Sevilla apareció con fogonazos. Faltaron ideas, el Mudo no lo puede todo y Banega necesita cómplices. Sin embargo, el Madrid tiene ese afán inexplicable de darle de comer con su actitud a los muertos vivientes. Varane fue blando y De Jong, que salió del ostracismo por la puerta grande, subía el empate y bajaba la temperatura del Bernabéu. Todavía estaba caliente el tanto de De Jong, cuando Casemiro volvía a imponer su ley y marcaba el primer doblete de su carrera para que su nombre fuese coreado hasta por los que la acusan de no ser perfecto.

Es fácil criticar a un jugador de sus características cuando falla un pase de cinco metros, pero muy difícil reconocer que, ahora mismo, es el alma de este Real Madrid. La carta sin la que no podemos apostar fuerte, porque nos arruinaríamos. No ocurrió nada más importante que lo que decidió el brasileño. No hubo final de película, y quizá sea mejor así. Reservemos eso para los genios. O para Casemiro.

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