Saben aquel que diu que era un obrero que a la hora del descanso tomaba su bocadillo, envuelto en papel de aluminio, lo abría, separaba las rebanadas de pan para inspeccionar su contenido y exclamaba: “¡Bah, otra vez chopped!”. Entonces tiraba el bocadillo directamente a la basura sin darle un mísero bocado. Y así todos los días ante la atónita mirada de sus compañeros. Un día, sin si quiera abrir el bocadillo, exclama: “¡Bah, otra vez chopped!”. Y lo tira directamente a la basura. Uno de sus compañeros, extrañado, le pregunta por qué tira el bocadillo a la basura sin haberlo abierto. Cabía la posibilidad de que no fuera chopped. A lo que el primero responde: “Imposible que no sea chopped porque los bocadillos me los preparo yo”.

Este mini chiste que les acabo de contar, aunque con menos gracia que el original, era uno de mis preferidos del gran Eugenio. El humor de Eugenio era un tanto peculiar. La gracia de sus chistes, en sintonía con otro grande como Chiquito de la Calzada, residía más en la forma que tenía el propio Eugenio al contarlos que en la trama del propio chiste; trama que de costumbre rayaba el surrealismo, cuando no el más absoluto de los absurdos.  Si he rescatado este chiste del baúl de mis recuerdos y me he acordado del humorista ha sido en gran medida gracias al sainete al que hemos asistido estos últimos días entorno a Valverde, el Txingurri, no el Pajarito, que también ha tenido su parte alícuota de protagonismo por una falta y un premio; lo que nos lleva a la conclusión de que en este mundo no estás a salvo de un juicio sumarísimo ni siendo héroe, ni siendo villano. Solo ha faltado que Bartomeu se presentara en rueda de prensa con barba de cinco días, embutido en una camisa negra con la pechera abierta, sentado en un taburete, con un pitillo en los labios, un cubata de naranja en la mano derecha y haber empezado su alocución con el ya mítico: “Saben aquel que diu…”, para así preparar las risas del respetable.

Ver cómo han despachado por la puerta de atrás a Ernesto, tras quizá el mejor partido disputado por el Fútbol Club Barcelona en lo que va de temporada, pese a la derrota, por quedar eliminado del torneo de la galleta, alegando que al equipo le falta futbol, resulta cuanto menos hilarante. El chiste se cuenta solo a no ser que seas culé y comulgues con el dogma de fe por el cual, futbolísticamente hablando, la única religión verdadera es el tiki-taka y su profeta es Johan. En el caso de Valverde no ha tenido la menor importancia llamarse Ernesto para ser defenestrado; menos aún que haber ganado dos ligas y una Copa del Rey, tener al equipo como campeón de invierno en la Liga, clasificado holgadamente para la siguiente fase de Champions, con la copa del Rey aún por disputar y habiendo perdido solo siete partidos en las dos últimas temporadas y media. Aún no estamos en carnaval, pero a Valverde se la ha puesto careto de Radomir Antic. Veremos si Bartomeu no acaba con careto de Mendoza.

Lo bueno de este chiste es que los mismos que piden que el primer equipo recupere la esencia del futbol posicional y de toque son los que han traído a esta plantilla a Malcom, Paulinho, Arturo Vidal o Griezmann, por ejemplo. Son grandes futbolistas, qué duda cabe, pero tienen un ADN con un genoma poco apropiado para formar parte de la raza elegida. Querer volver a la génesis del toque con jugadores de brega o delanteros que se encuentran más cómodos atacando espacios que combinando con el centro del campo es como querer montar una lechería con vacas avileñas. Mejor sacar de estas unos suculentos chuletones de ternera del valle Amblés que intentar exprimirles una ubre de la que no brota apenas leche.

Esta junta directiva que predica por retornar a lo sagrado es la misma que suspira por recuperar a Neymar, que si algo tiene como futbolista es que es más vertical que la Torre Eiffel que le ve jugar actualmente y que, aunque sea mulato, no comulga demasiado bien con el principio de Samuel Etto’o: “Corro como un negro, para vivir como un blanco”. Porque, merced a su capacidad futbolística y a la capacidad negociadora de su padre, ya vive como un blanco… O como un montón de blancos si hacemos la conversión riqueza versus individuo. Esta Junta también es la misma que, paradójicamente, cuando inició su mandato desmanteló toda la estructura de formación que tan buenos resultados les había dado en el pasado, eliminando de la Masía a ilustres y contrastados formadores, y que ahora pide que su entrenador haga un guiño la cantera, que es lo mismo que intentar convencer a tu pareja para que adopte una dieta vegana porque a ti lo que te gustan son las espinacas, aunque tu despensa solo la hayas abastecido de perniles y embutidos.

Mirar a la cantera no está mal. Es muy necesario, sobre todo en época de vacas flacas. Más si tienes la fortuna de que te salga una buena hornada, cosa que es poco frecuente por mucho que cocines. El problema en este caso reside en considerar lo coyuntural como estructural y pensar que el intelecto se puede producir como el que monta una fábrica de churros: una parte de harina, otra de agua, sal, aceite y azúcar, y… ¡a producir futbolistas! Si fuese tan sencillo en cada conservatorio se podrían cultivar genios de la música como el que cultiva champiñones o Juanma Trueba podría enseñarme a escribir artículos de opinión interesantes; pero no es así. Puedes enseñar a alguien a tocar un instrumento a la perfección y tendrás un músico de calidad, puedes enseñar a una persona a jugar a futbol y tener un futbolista soberbio; pero la excelencia, el genio, eso solo lo da la naturaleza. Creer que te van a salir en cada generación un Xavi, un Iniesta, un Busquets o un Messi, no es ser optimista, es ser un iluso. Que encima se te junten esos cuatro Jinetes del Apocalipsis (si eres merengue, claro) con un Valdés, un Piqué, un Jordi Alba y un Pujol, prácticamente de la misma generación o en generaciones adyacentes, y que aciertes con los fichajes foráneos o que tu máximo rival, aka Florentino, te los ponga en bandeja, es tan probable que suceda como que haya surgido la vida en la Tierra. Al que con ello comulgue le invito a que busque en la ecuación de Drake la probabilidad de volver a reunir una escuadra con tanto talento. La cantera siempre debe ser un recurso, no un fundamento; a no ser que seas el Athletic de Bilbao y tu filosofía esté por encima de los éxitos deportivos. Pero me temo que no es el caso, más bien una excusa. La zorra y las uvas.

No quisiera que cayeran en el error de pensar que, por atacar la idea que nos vende el barcelonismo sobre su filosofía de juego, yo abogo por no tener ninguna filosofía o un estilo de vida. Nada más lejos de la realidad. Siempre he considerado que profesar un tipo de religión o credo, ya sea teísta, panteísta o de cualquier otro tipo, te dota de unas pautas que te señalan un camino a seguir y, con frecuencia, ayudan a que tu experiencia vital y tu tránsito por la vida sea un viaje agradable y sosegado sin necesidad de ser presa del tedio, ni de los continuos sobresaltos. Ahora bien, al igual que intuyo ocurre con el barcelonismo, el problema surge cuando te conviertes en un fundamentalista de una doctrina concreta, porque ese radicalismo te impide disfrutar de las bondades que ofrecen otras alternativas. Tal vez fue Rabindranath Tagore el que de una forma más bella nos advirtió sobre ello: “No llores en la noche por no poder ver el sol, porque tus lágrimas no te dejarán ver las estrellas”. En el cielo de Barcelona, las lágrimas por Pep impiden ver la luz de otras galaxias.

Así pues, Ernesto ha sido el último chivo expiatorio de un credo del que no te puedes apartar si quieres seguir formando parte de ese pueblo, aunque la víctima siga siendo el Futbol Club Barcelona. El club y el entorno siguen atados a una filosofía sine qua non que parece imposible poder evolucionar y avanzar explorando otros caminos, pese a que el futbol, como la moda y el arte, pasan y vuelven cíclicamente, y pese a que la propuesta de juego vertical de Luís Enrique, y, en menor medida, de Valverde, les haya reportados considerables títulos en el último quinquenio. La pregunta que subyace es si seguirían jurando sobre el mismo sacramento si, en lugar de dos revolcones en las últimas semifinales de Champions, se hubieran llevado dos orejonas para casa aun cometiendo el sacrilegio de practicar el juego ramplón del Real Madrid de Zidane. Mucho me temo que el problema puede que no sea tanto de filosofía y más de envidia, porque como bien nos recuerda nuestro refranero, no es lo mismo predicar, que dar trigo.

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here