La afición del Atlético del Madrid se afana de manera constante en subrayar su carácter especial respecto a su adversario vecino, casi siempre aludiendo a presuntas características extradeportivas. Mucho se ha escrito sobre esto, pero quizá habría que dejar de poner el foco en las supuestas diferencias de carácter —inevitablemente intangibles y subjetivas— para hacerlo en las que afectan a aspectos más concretos de sus propuestas futbolísticas y el modo en que afrontan los partidos. Dicho de otra forma: dejar de lado la literatura para acudir al análisis literario. Porque, en ese ámbito, el abismo que separa ambos equipos es aún más enorme.

El Madrid constituiría en sí mismo un homenaje a la novela tradicional. Por muchos motivos. Uno de los principales, la importancia que este género confiere a los personajes. Frente a la dilución instrumental de los mismos que se produce en la novela contemporánea, más atenta por lo general a describir contextos —atmósferas, los llaman, que da más empaque—, el desarrollo de los encuentros de los blancos depende en mucha medida de la inspiración particular de los jugadores. El reparto de papeles presenta una amplísima variedad, como se pudo comprobar en esta Supercopa: el héroe que se sacrifica por un bien superior —Fede Valverde—, los veteranos patriarcas que se sobreponen a la adversidad física —Sergio Ramos y Luka Modric—, el gélido aspirante que decepciona por falta de coraje —Luka Jovic—, el novato voluntarioso perdido en sus dudas eternas —Vinicius Jr.—, el gregario silencioso que guarda las llaves del palacio para evitar que lo asalten los malos —Casemiro— o el redimido inesperadamente de sus pasados pecados —Thibaut Courtois—. Las acciones individuales de todos ellos, sus aciertos y errores, condicionan más que en otros conjuntos, más resguardados por un guion más detallado, y, por ende, restrictivo. El desenlace depende más que nunca de sus arrebatos, antes que de un plan de autor. Y eso entronca con otra diferencia fundamental respecto al resto de equipos: en el Madrid, el desenlace, ganar o perder, importa más que el método empleado. No hay atmósferas o estilos con los que justificar o refugiarse de un final mal resuelto.

No se trata de algo novedoso en la historia merengue. Mientras que en otros clubes el sello lo coloca el entrenador —el Barça de Cruyff, Rijkaard o Guardiola, el Atleti del Cholo…—, el Madrid siempre dio un peso decisivo a las generaciones de jugadores: así los Yé-Yé, los García, la Quinta del Buitre, los Galácticos. Algo claramente a contracorriente en la actualidad, como si se tratase de un vestigio de la novela clásica en medio de la escena contemporánea. Ya dijo Uriarte que hoy leemos muchas veces las novelas más para enjuiciar la habilidad de su autor al ejecutarlas que para participar en la ilusión de las vidas de los personajes que nos proponen.

Del mismo modo, algunos pretenden convencernos de que observan el fútbol para intentar desentrañar los artilugios con que los estrategas de turno pretenden dejar su impronta. No niego la conveniencia de saber discernir el uso de un mecanismo concreto: permite contemplar con mejor perspectiva el espectáculo. Pero sublimar las herramientas antes que los fines supone un cisma entre dos maneras de entender el deporte —y casi la vida— mucho más grande que el atrezzo sentimental que dibujan las campañas publicitarias rojiblancas. Es posible que se disfrute más con el sudor solidario de las piezas, castradas al servicio de un planteamiento superior. Quién sabe. El madridista prefiere, por norma general, la impredecibilidad fascinante: cuál de sus muchachos tendrá hoy las musas de cara, y cómo se plasmará. Lo que permite, por ejemplo, hasta recibir con media sonrisa y aire confiado el debut de Mariano, marginado inexplicablemente toda la temporada, atribuyéndole un sentido oculto argumental. Como si de una novela se tratara. No, no lo pueden entender. Ni falta que hace.

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