Cuesta explicar a veces que todo lo que tenemos a nuestro alrededor cambie de manera tan brusca en un solo pestañeo y que Rafa Nadal se mantenga imperturbable al paso del tiempo, de los torneos y de las nuevas generaciones, las mal llamadas promesas, que a estas alturas, no valen casi nada. Suena arrogante, pero echen un vistazo a los ganadores de los Grand Slams en los últimos diez años (o quince) y díganme si de aquí a otros tres o cuatros años, hay esperanza en que Zverev, Thiem, Shapovalov o Tsitsipas asalten el cielo por la fuerza.

El partido de primera ronda de Rafa fue correcto, sin grandes aspavientos, eficiente. Lo que se le presupone a una primera toma de contacto con el primer grande de la temporada. En segunda ronda, con la noche sobre Melbourne, Rafa tenía enfrente a Federico Delbonis, número 76 de la ATP. Jugar contra un argentino siempre exige frialdad nada más poner los pies en la pista, una dosis extra de energía, de carácter y de decisión. Quizá el juego de Rafa todavía está lejos de ser brillante, pero su mente está muy metida en la causa. Nadal nunca ha sido fan de echar cuentas, pero es importante recordar, que si se alza con este Open de Australia igualará a Roger Federer como el tenista con más Grand Slams de la historia. La manzana es apetecible y la ambición inagotable por seguir ganando ha sido uno de los motores que han llevado a Rafa a la cima. Y visto lo visto, los que le esperan abajo pueden ponerse cómodos.

 


 

Rafa dominó el partido con la mente más que con la raqueta, y Delbonis pareció más paralizado por la sombra de la leyenda que tenía enfrente que por el juego del mallorquín. A Nadal no le hizo falta ser demasiado agresivo para dominar al argentino en el primer set (6-3) y entendió, que si Delbonis no daba un paso adelante, no sería él el que sudase de más. En el segundo set, Delbonis hizo lo que se espera de un jugador con su garra, fue de menos a más, apretó los dientes y subió el ritmo para que Nadal tuviese que estirarse y correr más en el fondo. Al mallorquín, poco acostumbrado a defenderse, le costó ajustar sus golpes a la nueva (y acertada) intensidad que proponía el jugador de Azul y la segunda manga se alargó hasta el 7-6 favorable a un Rafa mucho más eléctrico y experimentado en los momentos cercanos a la muerte súbita que Delbonis. De hecho, fue en el tie-break donde Nadal mostró más repertorio y variedad de golpes que en todos los juegos anteriores.

 


 

Era importante cerrar el partido en el tercer set (6-1), porque las sensaciones cuentan casi lo mismo que el tiempo en pista. Rafa, azuzado por la energía de haberse llevado la segunda manga a pesar del susto, sí se pareció más a ese jugador prácticamente invencible cuando así lo decide. Nadal no tuvo piedad de las dudas del argentino y Delbonis no pudo más que volver a admirar a la leyenda. Desde lejos, desde muy lejos.

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here