Hace apenas unas horas que se ha confirmado la noticia del fallecimiento de Kobe Bryant en un accidente de helicóptero. La conmoción es gigantesca, incluso para aquellos corazones pétreos a los que la NBA, al no poder proporcionar la implicación emocional propia del hincha de toda la vida, nos sabe a sucedáneo solo ocasionalmente divertido. Los motivos de este desmesurado sobrecogimiento presentan índoles muy diversas.

En primer lugar, y por encima de simbolismos, el hecho desnudo. El fallecimiento de un hombre de 41 años junto a su joven hija supone una tragedia sin paliativos, independientemente de los éxitos o fracasos —los impostores que decía Kipling— que éste pudiera atesorar. Por otro lado, las circunstancias concretas del deceso aportan un mayor dramatismo: las desgracias aéreas constituyen ejemplos tan terribles y aislados que uno no puede evitar establecer una involuntaria conexión con episodios del pasado. De Félix Rodríguez de la Fuente al equipo del Chapecoense, las muertes relacionadas con la aviación parecen subrayar especialmente la condición vulnerable del ser humano, como si las casi nulas posibilidades de supervivencia en comparación con otras clases de accidente castigasen cierta falta de humildad de la especie. Se trata, obviamente, de ridículas búsquedas de sentido, algo de lo que la fatalidad carece siempre, característica que la convierte en insoportable.

Pero, además, se halla el mito. Un mito deportivo, y conviene señalar el adjetivo por encima del sustantivo. El embellecimiento literario ha convertido, de manera absurda, la defunción temprana de cantantes, escritores y otras celebridades en un aderezo casi poético que ensancha los límites de sus obras, otorgándoles una categoría superior. Sin embargo, el deportista permanece afortunadamente ajeno a esa corriente de malditismo cretino. Quizá porque el vínculo deportivo se forja desde el acompañamiento al aficionado antes que desde la consecución de una cima concreta. Uno sigue a un equipo o a un ídolo como el atrezzo que está ahí en diferentes momentos de tu existencia. Un agradable ruido de fondo en las buenas y en las malas. Una suerte de escolta vital lúdica. El deporte, bendita válvula de escape para tantas rutinas alienantes, ofrece una tregua perpetua tan quimérica como balsámica. Por eso solo aceptamos que los jugadores mueran ancianos, que nos permitan un obituario lleno de tópicos, con fotos de sus carreras mientras suena My way. Porque el deporte supone una ficción de terreno vedado a las desdichas cotidianas. Al auténtico dolor, y, por supuesto, a la muerte. Y, cuando se rompe el hechizo, nos afecta de un modo particular. Por recordar la terrible certeza de que la vida no anticipa jamás los minutos que va a durar el partido.

Descanse en paz, Kobe Bryant.

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