Fue hace 20 años, pero podría haber sido en otra vida. En un pequeño departamento en Asunción, Paraguay, un pequeño ser humano, sentado al borde de su cama, se enamoraba. No era un amor normal, pero todavía no lo sabía. No tenía idea, en realidad, de todo lo que vendría: largas noches en silencio, mientras sus viejos dormían, apretando el puño bajo las sábanas con cada tiro anotado; una camiseta con el número ocho que colgaría, por años, como el tesoro más preciado.

Del otro lado de la tele, frente al niño que se secaba, nervioso, el sudor de la frente, empezaba a escribir su leyenda un tipo especial, diferente, mágico. Kobe Bryant logró lo que antes un tal Michael Jordan había hecho por primera vez en la historia: trascender las fronteras espaciales, meterse en los corazones de millones de desconocidos; de Chicago a Lima, de Los Ángeles a Asunción.

Kobe Bryant ha muerto y nadie puede explicar por qué. Hubo un helicóptero, neblina, unos cerros, un incendio. Eso es lo de menos. Porque, en el fondo, nada tiene sentido. Diría que Kobe está y perdurará, y de alguna manera es cierto, pero más cierto es que ya no está, y que esas camisetas —la 8 y la 24— colgarán más pesadas que nunca del techo del Staples Center.

Es posible que más de la mitad de los jugadores de la actual NBA se hayan hecho profesionales por él. Lo han confesado Lebron James y Joel Embiid, entre otros gigantes, a quienes hoy no alcanzan las palabras ni la vida para expresar su dolor. Kobe deja cuatro hijas, una esposa, y, sobre todo, un legado. El hombre es su recuerdo, y su recuerdo es el de un artista, un superdotado, un poeta. Sus poemas, volando, sonriendo, siendo el rey, quedarán entre nosotros. Nada volverá a ser igual.

Lo sabe el niño de Asunción, que hoy se estremece dándole a las teclas porque, supone, es lo único que puede hacer para recordarlo. Lo sabe toda la ciudad de Los Angeles; su casa, sus dominios. Lo sabe, por supuesto, su familia, que deberá surgir después de la tormenta. La vida sigue, pero sin Kobe pesa un poco más. Lo vamos a echar mucho de menos.

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