Me pongo a escribir con el entusiasmo fresco antes de leer una crítica que explique mejor lo que yo pretendía contar o que lo rebata con argumentos irrefutables. Jojo Rabbit es una película espléndida. Y si quieren podemos discutir sobre el concepto de esplendidez cinematográfica, pero intelectualizar el placer no suele ser una buena costumbre. E igual de fatídico es intelectualizar el humor. Y no hablo aquí del humor que provoca la risa, sino del que invita a pensar porque obliga a mirar distinto. Jojo Rabbit tiene como antecedente directo La vida es bella, aquella película de Roberto Benigni que reventó las convenciones establecidas al abordar el nazismo desde una perspectiva inédita, humorística para algunos, aunque no lo fuera exactamente. La foto del horror está representada oficialmente por el apilamiento de cadáveres en los campos de concentración, pero hay más formas de aproximarse al genocidio. Benigni lo hizo a través un cuento fantástico sobre la supervivencia. El horror seguía tan presente como en La lista de Schindler, sólo la mirada había cambiado.

Algo similar sucede con Jojo Rabbit. El horror no se niega, pero la vida se vuelve a poner por delante. El optimismo aparece como la suprema manifestación de la resistencia. Y de la inteligencia. La película incide al mismo tiempo en la absoluta infantilización del pensamiento nazi, asentado como cualquier fascismo en la burda demonización del otro. En este sentido, Jojo Rabbit conecta también con El gran dictador de Chaplin o con Ser o no ser de Lubitsch. La burla no sólo es un arma mucho más poderosa que la denuncia crítica; es más didáctica. En esencia, Jojo Rabbit es un cuento sobre un niño que aprende a tener un pensamiento propio.

Definidos los ingredientes, la realización de Taika Waititi nos recuerda al estilo de Danny Boyle cuando está inspirado. La película bien podría haber sido un musical porque la música tampoco niega el drama, pensemos en Cabaret. Si Jojo Rabbit fuera un vino también encontraríamos aromas de Billy Elliott, al menos en cuanto al poderoso magnetismo del niño protagonista, en este caso Roman Griffin Davis. Hubiera tenido más sentido su nominación al Oscar que la de Scarlett Johansson como mejor actriz secundaria por un papel delicioso, pero menor.

Dije espléndida y no me arrepiento. Soy partidario de medir el cine por lo que te hace sentir durante y, sobre todo, después. Sólo perduran las películas especiales y yo pienso en Jojo Rabbit cada vez que me ato los zapatos o cuando agarro el pomo de una puerta consciente y feliz por lo que me espera: «Todos los peligros del mundo».

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