Los precedentes de eliminatorias a partido único ante equipos de Segunda B no eran nada halagüeños para los culés: desde la época más oscura del gaspartismo con aquel Figueras eliminando con un solitario tanto de Kali Garrido a un equipo “liderado” por Geovanni y Saviola, hasta la Gramanet y el golazo de Ollés, pasando por el inolvidable hat-trick de Madrigal con el que el Novelda despedía de la Copa a la dupla Saviola-Riquelme. Nadie parecía haber hablado de estos antecedentes a Semedo, a De Jong o al Hombre Gris. En aquellos casos, como hoy, no fue valida la excusa de haber llevado un once de suplentes y canteranos. Menos aún culpar al “empedrado” por un césped que Xavi tal vez no habría validado, un estadio pequeño o una iluminación extraña con sitios con poca y luz y otros con demasiada iluminación. El estereotipo, en forma de discoteca de bacalao, siempre encuentra una rendija por donde colarse.

Decir que fue la primera parte de la historia del club azulgrana sería casi un piropo. Ni un tiro a puerta. Ni uno fuera. Y una actitud que rayaba el despido procedente. El fútbol, la voluntad y la velocidad corrían a cargo de un Ibiza que, además, mostraba la mano (dura) de su entrenador, Pablo Alfaro. Cinco faltas en los primeros cinco minutos y un gol en la primera llegada ante un portero que hizo más fácil (aún) el chiste ibicenco: el remate de Javi Pérez se lo comía el brasileño. Un portero que, últimamente, sale a gol por cada tiro a puerta. La Junta Directiva del club lo valoró en 30 millones: no se sabe aún si brutos o netos.

Frente al 1-0, los hombres de Setién tan solo oponían pases, pases y más pases horizontales: se diría que el cántabro ha convencido a sus jugadores de que pueden convalidar 1.000 pases por un gol. Pero ni se llegó a los 1.000 pases ni se llegó al gol. Más bien al contrario: a punto estuvo de llegar el segundo tanto del Ibiza: lo impidieron un árbitro más permisivo que no hubiese anulado el gol de Rodado por falta a Lenglet y un poste que evitó que Raí se reencarnase en su homónimo paulista de aquella infausta final de la Copa Intercontinental de 1992.

Parecía imposible empeorar en la segunda parte pero tras 15 minutos de juego daba la sensación de que los jugadores azulgrana daban por válido el 1 a 0, confiados en remontar en el Camp Nou. Solo Ansu Fati entendió que lo de “noventa minuti en el campi nouvi sono molto longos” era un chiste malo y parecía decidido a tirar del carro: a los 20 minutos de la segunda parte realizó el primer disparo a puerta.

El Hombre Gris, en el otro lado del ataque azulgrana, debió sentirse avergonzado al ver como un imberbe cobraba el protagonismo que a él se le reclamaba. Desaparecido durante 70 minutos y ante el riesgo de convertirse en un Saviola 2.0 y ser recordado por el alto coste de su fichaje y sus fiascos frente a equipos de 2ªB, el francés aprovechó el gran pase de De Jong para batir en el mano a mano a Parreño y devolver el alma al cuerpo al bueno de Quique, que a esas alturas del partido hubiera firmado incluso los penalties. La cuasi hazaña local tocaba a su fin. El esfuerzo celeste hubiera merecido al menos la prórroga pero Antoine decidió aplicar lo poco que ha aprendido de Messi en lo que va de temporada: a hacer sociedad con Jordi Alba para sentenciar el partido y la eliminatoria, con la que privó al público insular de 30 minutos más de este Barça. Muchos lo agradecieron: si hubieran sido como la primera parte, les habrían parecido dos horas.

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