Fue casi a finales de verano, aunque el calor era aún poderoso y las noches cálidas y pegajosas. La casa era una construcción antigua, con las tuberías por fuera y el tejado a dos aguas y se situaba en la carretera que, serpenteando por la costa pero desde muy arriba, como mirándola con cautela, une Algeciras con Tarifa, justo un poco antes del puerto del Cabrito; desde su terraza se veía el mar, a veces azul oscuro y a veces claro, pero que siempre terminaba donde empezaba África, que se extendía ante nuestros ojos, tan cerca, tan lejos, mientras decenas de barcos cruzaban el Estrecho en ambas direcciones, dejando estelas en el agua tras de sí, delgadas o gruesas, dependiendo del tamaño del barco.

Barcos de todo el mundo, de todos los puertos, que se acercaban unos a otros para pasar entre los dos continentes mientras los mirábamos desde la terraza de la casa de Menchu aturdidos por el calor y el canto incesante de las chicharras. La casa estaba encalada en un blanco intenso, como las raras nubes que a veces cruzaban lejanas ante nuestra mirada, como el pretil de la terraza que daba a los bancales donde intentábamos plantar cosas sin tener ni idea. Menchu la había reformado, pero la reforma no había intentado esconder su antigüedad, sino mostrarla en toda su belleza, conservando los marcos de madera de los enormes ventanales y las losetas de barro cocido que pisábamos alegres y descalzos.

Las noches siempre transcurrían en Tarifa, agitadas, en bares llenos de pieles morenas que brillaban con el calor de la noche, pero las mañanas y las tardes desfilaban alternándose entre nosotros, en esa terraza que te dejaba asomarte al mundo, donde soplaba el viento dándote en la cara, como si estuvieses de pie en la proa de uno de aquellos barcos que cruzaban del Atlántico al Mediterráneo, tan cerca, tan lejos, mientras sonaba algún CD de Pat Metheny, Andreas Vollenweider o Sting, siempre bebiendo algo, siempre fumando algo, contemplando las colinas que se extendían entre nosotros y el mar, que hasta mediados de la primavera son verdes pero que entonces, resecas bajo el tórrido sol que cae a plomo entre los dos continentes, se mostraban amarillentas; campos dorados que batía el viento de levante llevando el ardiente aire de una colina a otra o dejándolo caer suavemente en el mar.

A veces también esas mañanas y esas tardes nos sorprendían en la playa y eran esas colinas, esos campos de oro los que atravesábamos para llegar a alguna playa infinita de arena también de color de oro antiguo donde poner entre esa arena y nuestra piel la toalla o a veces nada, solo nuestra juventud y nuestras risas, en Los Lances o Punta Paloma, mientras sentías como pasaba la tarde y veías como la orilla se iba alejando, mostrándote que cuando pensabas que estabas tumbado en una playa, en realidad estabas en un desierto de arena desde el que contemplabas un oasis de agua salada a lo lejos y desde el que veías navegar muy a lo lejos a barcos que iban recorriendo el mundo, de un puerto a otro, de un mar a otro, incansables, imaginando sus salas de máquinas, ardientes infiernos habitados por hombres que, a veces, salían a cubierta y contemplaban como pasaban las costas, una detrás de otra, costas de todos los países del mundo, imaginando a gente de piel morena que le brillaba tumbada en la arena.

Y esas tardes terminaban siempre viendo como el sol se ponía sobre la duna de Bolonia, rojizo, y ese atardecer era el cálido presagio de la agitada noche que se preparaba para recibirnos, mientras las estrellas comenzaban a asomar por todos lados hasta terminar de cubrir el cielo cuando no había luna; a esas noches que terminaban casi en amaneceres le sucedían cafés en la terraza donde sonaban Andreas Vollenweider o Pat Metheny y desde donde contemplábamos el mar, pero Menchu se fue, como ese sol sobre la duna de Bolonia, o como las estelas que dejaban los barcos que venían de cualquier puerto, y se acabaron los veranos contemplando campos de oro que antes habían sido verdes. Pero a veces, cuando escucho aquella música, cierro los ojos y pienso en aquella terraza y siento en mi cara el viento de levante y veo las colinas que llegaban al mar y que terminaba donde empezaba África.

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