Hace unos días nos dejó la tía Clara, a los 104 años. Con su partida se podría decir que se ha cerrado definitivamente la puerta de mi infancia, pese a ese niño que todos llevamos dentro. Ya no queda ninguno de los ancianos que conocí en la aldea de veraneo de mi niñez y juventud y que aún sigo frecuentando en periodos vacacionales. Aunque tampoco eran tantos; la aldea rara vez contó con más de un centenar de habitantes, al menos mientras yo la he conocido. Por el camino se han ido yendo mis abuelos, mis padres, algunos tíos y unos cuantos conocidos o familiares indirectos, así que al recibir la luctuosa noticia no pude reprimir el impulso de echar la vista atrás y recordarlos con cierta nostalgia.

Una notificación en el móvil me rescata de mi ensueño rural y leo que el Everton ha rechazado una oferta de 100 millones de euros del Barça por Richarlison y no salgo de mi asombro. Luego me pongo a pensar en Neymar, Rodrigo, Tadic, Stuani, el Chimy Ávila, Maxi López, Griezmann (capítulo primero)… y tantos y tantos fichajes de delanteros prometidos por el equipo de Bartomeu, y tantas y tantas arduas operaciones infructuosamente radiotelevisadas, manteniendo en vilo al barcelonismo, que no puedo más que volver a mis recuerdos de la aldea. Y mis recuerdos se van a aquellas tardes de verano y de mujeres sentadas en la calle, remendando o bordando, al cobijo de una apacible sombra vespertina en torno a un viejo aparato de radio, escuchando la radionovela contrariadas porque el amor de Lucecita y Gustavo no llegase a buen puerto.

El ambiente rural castellano rezuma comunión y paz. Sus gentes son propensas a la amabilidad y la camaradería y transpiran sosiego. No sé si será esa tranquilidad que lo inunda todo en la meseta, esa sensación de languidez y lento discurrir del tiempo, como resistiéndose a dar por finalizados los días, lo que atempera y dulcifica su carácter. Pero más allá de ese compañerismo o compadreo entre iguales, viéndolo desde la distancia que da la edad, lo que más me ha fascinado desde siempre es la afabilidad profesada hacia los más pequeños. Lejos de discursos graves y profundos impartiendo cátedra, había una cierta costumbre de educar y enseñar desde los juegos o chanzas que hurgaban en lo más profundo de la ingenuidad y la inocencia de los muchachos; como si el saber verdadero solo pudiera concebirse desde los errores de la propia inexperiencia. Aunque antiguamente se decía que la letra con sangre entra, no hay nada como unas risas tras una lección aprendida para consolidar el conocimiento. Aún resuenan en mi cabeza las carcajadas de mis amigos cuando un anciano me preguntó por primera vez si sabía cuál es el animal que escarba la paja; o cuando mi abuelo me mandó limpiar el grano, después de la trilla, con una horca; o cuando, ya con una pala, me hizo hacerlo contra el viento. Aún deben quedar trozos de paja escondidos en algún recóndito lugar de mi garganta, aunque difícilmente hubiera aprendido de todo eso en experiencia ajena.

En la radio siguen hablando de los fichajes frustrados del Barça de estos últimos días y vuelvo a repasar mentalmente la lista con todos y cada uno de los nombres, una vez más. Vistos los resultados, llego a la conclusión de que el Barça o bien no tiene un chavo en sus arcas, cosa que podría ser completamente verosímil a tenor de las últimas noticias económicas entorno al club, pese a los mil millones de presupuesto y no sé qué récord de ingresos, o el equipo de Bartomeu está simplemente jugando a representar que intentan fichar. Pero el sentido común me dice que bien pudiera ser una mezcla de ambas cosas: la realidad es que no hay dinero y la sensación que da es que desde la actual directiva se está jugando a representar una especie de teatrillo de amores imposibles. “Simulando que, pero sin la intención de”, el fin de este vodevil parece orientado a mantener la ilusión del aficionado, e incluso de los popes de la plantilla, a la par que llenar el saco de excusas y culpas a terceros con que poder exonerarse de responsabilidades en el futuro, por si acaso la cosa se tuerce. Lo que ya no llego a saber es si todo ello obedece a una estrategia perfectamente diseñada o a una incapacidad tristemente manifiesta. Así de amargo es el sinsabor de los fichajes frustrados y de los amores contrariados.

Y al hablar de teatrillos y ficciones, me veo de nuevo, de infante, en la aldea, cuando me invitaron por primera vez a ir a cazar gambusinos; ese animal ficticio y escurridizo, de vida nocturna, que es común en el acervo cultural de muchos lugares a lo largo y ancho de nuestra piel de toro. Yo, en mi ingenuidad, me excitaba imaginándome con mi saco de hilo de esparto y mi palo tras el rastro de un gambusino, recorriendo sigiloso los roquedales de la sierra, sorteando robles y encinas, atravesando lomas de tomillo y romero silvestre, agazapado en los piornales bajo la luna llena y entre aullidos de lobo. Esperaba con ansia que llegase el prometido día de caza, más que por cobrarme una pieza que había de convertirme en héroe, por saber qué apariencia real tendría el dichoso gambusino. Era un ser un tanto indefinido en virtud de las distintas cualidades que se le atribuían dependiendo de quién te describiera el sujeto; todo lo que le rodeaba era un misterio. Pero, tristemente, ese día nunca llegaba. Unas veces, ¡vaya por Dios!, porque había poca luna y sería imposible ver al gambusino y otras, ¡cagüen sos!, porque había demasiada luna y el gambusino no saldría por miedo a ser capturado. Hasta que llegabas a la conclusión de que, ingenuo de ti, te habían estado tomando el pelo. Los gambusinos, de existir, solo existían en tus sueños.

Ahora, en una emisora de radio, oigo que deslizan el nombre de Adolfo Gaich, delantero de San Lorenzo de Almagro. Leo también noticias sobre William y Trincao, al que finalmente han fichado. Curioso nombre para un futbolista en el mundo de los traspasos, donde las comisiones de dudosa reputación están a la orden del día. Bakambu, con su fichaje casi cerrado, ha sido bajado del avión. Supongo que habrá sido por orden del ministerio de medio ambiente y la lucha contra el cambio climático, para aportar su granito de arena de surrealismo a este mercado invernal. Entonces me pongo en la piel de un fiel seguidor del Barça y me pregunto si Bartomeu no estará invitando a los culés a la caza del gambusino, pero en una versión para adultos ingenuos. Lo malo para Josep Maria es que, pese a que en el fondo a todos nos gusta que sigan jugando con nuestra inocencia, por aquello de conservar la capacidad de soñar de cuando éramos niños, nuestro despertar a la realidad y nuestra respuesta suele distar mucho de la conformidad con que se despacha un chaval. Porque eso ya no depende de la apariencia del gambusino, más bien de lo permeables que seamos al embuste y de nuestra predisposición a cobrar facturas.

En la radio, de fondo, confirman a última hora el fichaje de Matheus Fernandes, que será enviado en forma de cesión a Valladolid. De nuevo la meseta, de nuevo Castilla. Sobre sus tierras y sus gentes giran constantemente mis recuerdos como epicentro de un huracán del que mis sueños no pueden escapar. Pienso en la aldea, en su soledad. Sin mayores y apenas sin niños, ¿cuánto tiempo de vida le quedará?, ¿se secará antes la fuente o el gurriato dejará de cantar? Cuando la sierra esté fría y sola y la luna caiga sobre el moral, ¿dónde se esconderá el gambusino sin zagal que le vaya a buscar? Y ya en la quietud de la madrugada, en la hora propicia para soñar, ¿en qué sueño de niño dormitarán las fábulas cuando nadie las sepa contar? Acudieron ayer los últimos seres fantásticos al sepelio de la anciana a llorar. Gambusinos y gazafellos al frente, biosbardos y cocerellos detrás: que la tierra le sea leve, tía Clara, y descanse su alma en paz.

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