Volvió a ganar el Real Madrid. Una prórroga, digo. Un título, me refiero. Al Atlético de nuevo. Esta vez lo hizo en la tanda de penaltis de la Supercopa de España, siempre donde más duele, esto no cambia nunca. No puedo calcular los efectos para el futuro, o en otros torneos más relevantes, pero no dudo que los complejos, de superioridad y de inferioridad, se alimentan de cosas así, de repeticiones contumaces. No quisiera terminar el primer párrafo sin citar a Courtois, el héroe más evidente, pero tampoco debería cerrarlo sin mencionar a Valverde, el cómplice necesario. Volveremos luego.

Supongo que era de justicia que la final de la Supercopa de España quedara en manos de los porteros. En cierto sentido todo estaba preparado para ellos. La precaución excesiva conducía a ese desenlace, el juego metálico y el choque permanente, el atasco en hora punta. Nadie mereció el gol o no lo suficiente. Digamos que todo se medía en décimas de gol. Los pudo marcar el Madrid en la misma medida que pudo hacerlos el Atlético.

Probablemente la ocasión más clara fue la de Morata (114′), aunque nunca lo sabremos con certeza. Lo evitó Valverde. El delantero corría hacía Courtois sin oposición cuando el chico le derribó por detrás, una entrada escandalosa en cualquier otra circunstancia, una roja de manual y una merecida reprimenda. En este caso, a cinco minutos de la conclusión de la prórroga, era también un todo por la patria. Valverde es uruguayo, les recuerdo. Y mientras corría jadeando supo entender la amenaza: el peligro, la expulsión, el tiempo restante, el favor al equipo. Que luego recibiera el premio al mejor futbolista del partido indica que a nadie se le escapó la importancia de su gesto/patada, aunque hubiera sido más propio que le entregaran el Corazón Púrpura. Hasta el Cholo lo aceptó, diría que con cierta admiración, y le saludó poco antes de entrar en el túnel de vestuarios.

A continuación se sucedieron las ocasiones de gol, las más claras para el Atlético. Pero tiendo a pensar que lo hecho por Valverde fue carcomiendo las mentes de los rojiblancos, como si hubieran necesitado minutos para comprender que el destino les había vuelto a clavar la daga. Es posible que Oblak fuera el más atormentado. O Saúl. Cuando disparó al palo en el primer penalti del Atleti quedó claro que esta historia finalizaría como siempre. Se confirmó cuando Courtois desvió el chutazo de Thomas. El cuento comienza de diversas maneras pero el Real Madrid sale campeón y Ramos en la foto. La distancia se reduce, es verdad. Simeone pintó el partido que interesaba al Atlético y en ese cuadro se movió su enemigo durante dos horas. Pero el final no se altera. Blancos juegan y ganan.

Todas las anotaciones caducan ante esta evidencia. Ya no importa el partido (malo), sólo liberado en el tiempo extra (las prórrogas son los afterhours del fútbol). Para el Atlético la derrota es un telón negro tras el que haría bien en ocultarse Joao Félix, absolutamente decepcionante. También tapa los méritos de Vitolo o Correa, la excelente actuación de Felipe y, por supuesto, las paradas de Oblak. Para el Real Madrid la victoria es igual de caníbal y pasará por alto que Mariano fue mejor que Jovic o el error de recluir a Valverde en una banda, o la genética obcecación de Vinicius. Al final no importa nada, sólo el resultado y la huella que deja. El Madrid gana copas y el Atlético agiganta el relato. Ella siempre se va con otro. A salvar al mundo libre. Donde sea. Pero con otro.

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