Hoy tiene 31 años. Sigue midiendo 1,90. La diferencia es que ya no es un personaje público. La diferencia es que ya no volverá a ser campeón de Europa de natación. Ni a ser plusmarquista mundial como lo fue hace doce años de los 50 mariposa (22,43). Ni nadie volverá a pagarle 6.000 € como le pagaron cuando consiguió ese récord. Ni volverá a clasificarse a unos JJOO como los de Pekín ni volveremos a vibrar con él como lo hicimos en el Mundial de Roma o en el Europeo de Budapest. Pero él nunca dejará de ser Rafa Muñoz, aquel nadador de Córdoba que se codeaba con Michael Phelps. Aquel joven de un talento descomunal al que me acerqué hace días a través de un programa de televisión, La medalla de su vida (Informe Robinson) en el que él fue el protagonista íntegro de una de esas historias que te hacen pensar. Una fotografía en el podio no evita días difíciles.

Todo giró entorno a él: su madre, su compañero de entreno Melquiades Álvarez, su psicólogo José Carlos Jaenes. El hombre que, después de todo eso, se encontró en consulta a «un ser destruido, sin ganas de vivir». Y, por increíble que parezca, ese hombre era a los ojos de los demás un triunfador: Rafa Muñoz. Un tipo que había hecho lo que casi nadie puede hacer en el mundo  y que, sin embargo, ya no podía más. Y no se sabía cómo explicarlo. Ni cómo entender que estas cosas pueden pasar. Pero a su lado descubrimos que en el éxito no siempre está la solución. Quizás por eso el programa me impactó de veras. Y me quedé con su cara. Y hoy me veo escribiendo de él. Y de su madre que le ayudó a poner palabras a lo que le pasó. Y, en realidad, no le pasó nada y le pasó todo.

Pero fue difícil. Muy difícil. El día en el que José Carlos Jaenes, el psicólogo, le preguntó dónde tenía guardadas sus medallas, Rafa Muñoz no tenía ni idea de dónde estaban. Le asustaba vivir. Le asustaba que le llamase un periodista y le asustaba que a su edad, con toda la vida por delante, la ilusión hubiese marchado tan rápido. Y, en definitiva, con veintitantos años ya no era dueño de sí mismo. Y cuando uno escucha a su antiguo compañero de entrenamiento, Melquiades Álvarez, lo entiende todo. «Nos preparan solo para el éxito. Nadie te llama para preguntarte si necesitas algo». El psicólogo añadió un mensaje brutal: «No se crea un ambiente idóneo para proteger a estos deportistas».

El psicólogo José Carlos Jaenes, precisamente, fue el gran responsable de que Rafa Muñoz volviese, de que recuperase las ganas de vivir y de competir. Porque Rafa Muñoz volvió. Y quizás no tuvo la suerte que mereció su regreso porque en 2012 se quedó a 12 centésimas de clasificarse para los JJOO de Londres. Y cualquiera sabe lo que hubiese pasado allí. Pero en este texto ya no se trata de hablar de números. Ni de explicar lo que pudo haber sido y no fue. El tiempo ya pasó. Su vida deportiva ya se acabó en 2015 en los Mundiales de Kazan. Tenía 27 años y entonces entendió que las cosas se terminan: que todo tiene un principio y un fin. Es lo mejor y lo peor de la vida.

La diferencia es que el final ya no fue un drama. Sólo el inicio de una nueva etapa como se refleja magistralmente en el programa, en su mirada, en su manera de expresarse. Si tienen oportunidad de ver el programa, no lo desaprovechen: Informe Robinson, La medalla de su vida. Me parece que es una frase de la madre la que pone título, la que cuenta que esa, la de recuperarse, ha sido la mejor medalla que ha ganado su hijo. Y su hijo, Rafa Muñoz, el mismo que desafió a Michael Phelps, es ahora un ciudadano más que no pretende engañarse. Tiene una familia feliz. Trabaja en el departamento de logística de una multinacional en Barcelona. Y nos deja marcados cuando se despide. Entonces explica que si ha contado todo esto es por respeto a la gente que se ha quedado en el camino. Porque, efectivamente, hay gente que se ha quedado en el camino. Es la misma gente que nos recuerda que hay cosas más importantes en la vida que el éxito a toda costa.

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