Hola, Juancar.

Acostumbro a ver el fútbol en soledad, pocos placeres mejores. Huyo de los bares, pero también de las reuniones de amigos, si acaso las redacciones han sido en más de una ocasión un mal menor, un daño colateral por haber convertido el periodismo en mi forma de (sobre)vivir. Quizá fue ahí donde desarrollé esa rutina casi sin querer. La de reprimir las emociones. Soy capaz de levantar la mano para protestar una falta y no decir ni pío, golpearme en el muslo por una pérdida de mi equipo como un ciclista golpea el manillar tras dejar escapar una etapa, e incluso esbozar una ligera sonrisa picarona tras marcar el gol de la victoria. Nada de eso se repite en el salón de mi casa, donde doy rienda suelta al aficionado que todos llevamos dentro. Pero es rodearme de gente y los tics vuelven a aparecer. Incontrolables. Repetitivos. Y claro, ya nada se disfruta igual.

También Quique Setién reprimió sus emociones en su presentación como técnico del Barça. Y eso no quiere decir que no fuera bastante franco en sus respuestas. Intuyo que no quiso dar síntomas de debilidad el primer día, por mucho que esa sea una concepción errónea y socialmente aceptada de las lágrimas. Tuvo la valentía suficiente para reconocer que no tiene un currículum tan excelso como para ser entrenador del Barça, pero que hasta allí le había llevado su trabajo y sobre todo sus ideas cruyffistas. Se atrevió a garantizar que su equipo iba a jugar bien, con todo lo que ello supone en Can Barça e incluso confesó que en apenas 24 horas había pasado de pasear rodeado de vacas a estar rodeado de vacas sagradas. Así de vertiginoso es el mundo del fútbol. Si no que se lo digan a Ernesto Valverde.

Del Txingurri, del que tanto hemos hablado en estas cartas, solo queda decir que se despidió como un señor, reprimiendo seguramente, un buen puñado de reproches. En esta Crónica de una muerte anunciada que empezó a escribirse en Anfield, quizá en Roma, él se sabía hace tiempo señalado, pero el escarnio público de los últimos días ha resultado muy desagradable para un técnico que ha sido siempre la diana de los medios de comunicación, aficionados e incluso buena parte de la directiva. El Barça se había convertido en una canción de Sabina: melancólico y nostálgico, canalla en algún arrebato de calidad. Roto, en cualquier caso, por el desamor de la Champions. Valverde siguió entonces, como siguen las cosas que no tienen mucho sentido, podría haber cantado el jienense.

Y pese a las formas y lo precipitado del momento, no puedo reprimir cierta ilusión, quizá expectación, ante la llegada de Quique Setién al banquillo azulgrana. Sus caminos parecían marcados hace tiempo por más que resulte un matrimonio tardío, incluso con menos glamour que otros. La esperanza es que Quique sepa exprimir las últimas tardes de Messi, creando un hábitat a su alrededor para que el argentino haga lo que mejor sabe: caminar por el campo a la espera del movimiento que provoque el jaque mate. Setién no solo es un enamorado de la filosofía del Barça, también del ajedrez.

No sé si la Juez Única de competición se ha reprimido o no al sancionar a Valverde. Y hablo de Fede, ahora. Pero creo que ha perdido una oportunidad única de enmendar el error. Desde su patada a Morata y el posterior MVP de la final se ha generado un debate en el que parece imponerse la picaresca y la pillería por encima de todo. Cualquiera que haya jugado al fútbol sabe que esa entrada hay que hacerla, lo discutible es darle además un premio. Ahora desde los comités disciplinarios no se corrige la deriva y solo se castiga a Fede con un  partido. Se diluye así el posible efecto disuasorio para futuras situaciones límite. Luego no valdrá darse golpecitos en el pecho por el juego limpio.

Viene movidito 2020 Juan Carlos. No nos vamos a aburrir entre carta y carta.

Un fuerte abrazo.

Emmanuel.

 

 

 

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