Hay victorias después de las cuales habría que rezar dos padrenuestros y tres avemarías, o hacer una donación al asilo más cercano, o disculparse educadamente ante el adversario derrotado. Hay victorias que tienen mucho de casualidad, aunque hagamos esfuerzos por negarlo para darle algo de sentido al caos reinante. Tengo un amigo tan ordenado que sostiene que todas las personas de éxito lo merecen en mayor o menor medida, y duerme como un bebé.

A lo que voy. El Real Madrid ganó en Getafe de la misma manera que podría haber perdido o empatado. Igual. Y no estoy hablando del azar como factor determinante. Me refiero más concretamente al destino, a esa corriente que te conduce a una playa con palmeras o mar adentro. Si el azar es un pellizco de suerte (buena o mala), el destino es una deriva oceánica.

Fue el destino, y no el azar, el que giró el volante del partido cuando el choque pertenecía al Getafe. No es responsabilidad del destino la torpeza de David Soria (34′), que salió mal y acobardado. Cuando un guardameta sale de puños debe asumir la posibilidad de bajas civiles en forma de cabezas humanas, amigas o enemigas. Si teme por la integridad de los demás, y peor aún, por la integridad propia, está perdido. En este caso en el pecado se incluyó la penitencia: el balón, penosamente despejado, terminó dentro de la portería (camino Soria).

La jugada no hubiera pasado de ser un accidente si no fuera porque el Madrid marcó luego otro gol (52’) que confirmaba la obstinación del destino. No importaba lo que hiciera el Getafe, ni la ferocidad de su presión adelantada ni su trabajo estajanovista, tampoco sus muchas ocasiones; estaba escrito que el triunfo sería blanco.

Lo anterior no niega el mérito de Courtois, excelente en todas sus intervenciones; si sigue así hará olvidar el Keylorcidio. Y tampoco desmerece el cabezazo de Varane en el segundo gol. Sólo pone de manifiesto la fina línea que separa el éxito del fracaso. El Getafe no hizo nada mal hasta que, ya en los minutos finales, perdió por completo la fe. Coincidió con la entrada al campo de Valverde, que es un futbolista con luz, algunos chavales la tienen. Suyo fue el pase a Modric en el tercer tanto y recomiendo observar cómo celebró el chico el gol que había regalado a su compañero. Ni se atusó el pelo, ni se dio importancia, ni puso cara de besugo; agitó los puños tan feliz como si hubiera marcado él, tan entusiasta como los debía haber agitado Soria, tan espontáneo como solo lo puede hacer un chaval sin contaminar. Y en ocasiones sólo hace falta eso: recordar por qué empezamos a jugar.

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