Si hay un juego de mesa popular en España, aunque tenga carácter universal, ese es el parchís. Y me refiero a España por ese rasgo distintivo que tenemos los españoles a lo largo y ancho del mundo, esa fama de malos jugadores, por la que nos tachan de ser amantes impertérritos de las discusiones banales cuando de jugar a algo se refiere. Y qué mejor que un parchís de por medio para dar vida a uno de los fundamentos de nuestra idiosincrasia.

Como buenos latinos, amantes del juego y el vino, somos capaces de estar dando la tabarra de forma inmisericorde, cual borracho de barra de bar, hasta que conseguimos salirnos con la nuestra; ya sea apelando a unas sacrosantas reglas del juego apócrifas, como si hubieran sido plasmadas per secula seculorum en una tablillas en el monte Sinaí, o a cualquier otra que en ese momento se nos venga a la cabeza y que se ajuste a una necesidad coyuntural para superar un apuro particular. No hay partida de parchís, por muy allegados que sean los participantes, que no acabe en una trifulca familiar o incluso con una amistad ancestral.

Cuando no es por las barreras (cuándo se pueden saltar, cuándo no o cuándo se deben romper) es por la salida de las fichas de casa o por caer en el error de que con la última tirada de dados podías haber comido una ficha. Eso sin contar qué pasa cuando el dado cae al suelo o queda en una posición extraña: el zipizape está servido. Enfrentamientos dialécticos de menor calado vemos a diario en los distintos parlamentos de nuestra geografía. ¡Ah, el parchís! Ese juego al que todos sabemos jugar, pero ninguno conoce sus reglas exactas porque, como opiniones, todos tenemos unas: las nuestras.

Si hay algo parecido al parchís en lo que los españoles también somos líderes en discusiones, eso es el fútbol. En un paralelismo sin par con el juego de las fichas de colores, no hay aficionado que no sepa dar coces a un balón y, por ende, con solo eso, que no se crea capacitado para arbitrar el juego aun teniendo un conocimiento escaso sobre su normativa. Así que, por lo general, en caso de confusión o duda, y a falta de un conocimiento real, en lugar de ser honestos con nosotros mismos y acudir a la fuente de información fidedigna: el reglamento (que levante la mano aquel aficionado que se lo haya leído al menos una vez…), lo que se suele hacer es tocar de oído, propiciando eternos debates en los que es imposible arribar a un entente cordial en virtud de que unas orejas no tienen por qué ser mejores que otras, si acaso más grandes.

Ya sabemos que, entre españoles, suele ganar una discusión el que grita más alto, no el que tiene más razón. Y ello estaría bien, lo de hablar de oídas, digo, si quien te sopla la información a la oreja lo hiciera con la sana intención del hombre que susurra a los caballos para apaciguar su ímpetu. Pero la costumbre nos demuestra que lo que llega a nuestras orejas no suele ser más que el canto de unas sirenas intentando arrimar el ascua a su sardina y confundir a todo Ulises extraviado en busca de su Ítaca particular. Navegar por el proceloso mar de la información arbitral constituye en sí mismo una odisea.

De todas formas, no crean que el noble acto de acudir a las fuentes del saber acabará resolviendo nuestras dudas. El hecho de que el redactado de la reglamentación, como cualquier código normativo que se precie, esté escrito de tal forma que en un mismo párrafo pueda interpretarse una cosa o su contraria en función de los intereses particulares de quién en ese momento esté buscando respuestas a una duda trascendental, no ayuda a resolver cuitas. Y pastores tiene la iglesia, vaya que sí. No faltan guías espirituales que se sirven de ello para hacernos creer que lo que allí vemos, a lo lejos, son churras o son merinas en función del rebaño al que pastorear.

Por si no teníamos suficiente con un reglamento para debatir, en un ingenuo intento de cubrir el ejercicio del arbitraje con una pátina de honestidad, como ya se estaba haciendo con éxito en otros deportes, se introdujo el Asistente de Vídeo Arbitraje (VAR, de sus siglas en Inglés, Video Assistant Referee) y se añadió un ingrediente más a la ensalada de la confusión.

La regulación con la que se aplica el sistema es tan arbitraria, su uso tan opaco y su normativa tan misteriosa y confusa, que en ocasiones parece haber sido ideado ex profeso por cualquiera de sus mayores detractores; por lo que al final, a pocas vueltas que uno le dé, se acaba concluyendo que lo que se quiere es deslegitimar las bondades del sistema desde el propio estamento arbitral, con el fin de abolir su uso, acudiendo a ese mantra tan nuestro, como rancio, de que con Franco se vivía mejor. Es como si un futbolista prefiriese una antigua operación de rodilla, el cirujano bisturí en mano, en lugar de la moderna artroscopia. Si la mujer del César no solo ha de ser honesta, también el VAR al menos debiera de parecerlo; pero en lugar de venir a solucionar dudas y corregir errores muchas veces de la sensación de haber sido implantado para poder cubrir con una capa de maquillaje y legitimidad los errores de siempre.

De todas formas, no crean que todo ha sido negativo. Con el VAR hay tantas opiniones y opinadores supuestamente capacitados, tantas tomas y perspectivas que te explican una cosa o su contraria, que, como con el parchís, te puedes comer una (jugada mal arbitrada) y luego contarte veinte (razones por las que se podía haber arbitrado diferente), para que el círculo vicioso del perjuicio infinito no decaiga y el agua, en forma de lamentos, pueda seguir haciendo girar la rueda del molino del llanto eterno. A fin de cuentas, quien no se consuela es porque no quiere.

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