Si hiciésemos caso a ciertas tertulias, definiríamos al entrenador de fútbol como un bulto caprichoso con tendencia a pegarse tiros en los pies. Un advenedizo que sabe siempre menos del tema que el tertuliano que le critica. A veces hasta siento papelitos amenazando de muerte a las escobas. Así que, sinceramente, hace tiempo que dejé de comprar en esta tiendas. No pago tiempo a cambio de kilos de humo.

Un entrenador que se precie siempre va a plantear los partidos como crea que va a ser mejor para los intereses de su equipo. También alineara a los que considere como los idóneos para afrontar un encuentro. Y, normalmente, llevan razón. Se pueden equivocar, pero de ahí a quemarse profesionalmente a lo bonzo, hay un abismo.

Bajo estas premisas podemos decir que cuando un futbolista rompe la puerta, no hay míster que mire carnés de identidad o que ponga el prejuicio por delante de la lógica. Eso sí, tampoco confundamos este acto con quedarse arañando el quicio, forzar un poquito el pomo o golpear de canto las jambas. Romper la puerta es romper la puerta. Todo lo demás es invocar injusticias a media voz. Ver carne en donde suele haber panceta.

Insisto, ningún entrenador se pone de lado cuando un pelotero llega arrollando de verdad. No juzguen amagos como si fueran saltos mortales. Hablamos de los verdaderos artistas.

De esta pasta es Valverde. El Pajarito ha hecho astillas esa puerta y de una tacada se ha pasado cincuenta pantallas en el juego de la titularidad. Se ha atornillado la camiseta del Madrid y a ver quién es el guapo que se la saca. El fútbol tampoco entiende de edades cuando le da por enamorarse. Y con Valverde hasta hace buena pareja.
El chaval es capaz de correr y pensar. Cosa complicada cuando se trata de 70 metros, 70 veces. Recordando que eso del box to box no es el nombre de una video consola. El fútbol total, y Teruel, existen.

No voy a poner aquí nombres de jugadores ensalzados por los medios y que están dando vueltas por el mundo, en cesiones o ventas con recompra. Ustedes los tienen ya en la cabeza. Si una camiseta pesa unos 400 gramos, para algunos, la del Madrid, viene además con mochila llena de piedras. No es lo mismo cabeza de ratón que cola de león. Tengamos eso claro. Aunque en algunos casos duela.

La conclusión final es que el fútbol da mucho que hablar, pero de vez en cuando aparecen situaciones que te dan con la maza y te recuerdan que, descartando lo imposible, la verdad suele encontrarse en lo más probable. No hay entrenadores suicidas porque sí, y cuando te aparece un Fede Valverde, la única tertulia posible es la de si le queda mejor la camiseta de pico o la de cuello redondo. Titulares ambas, claro. Eso por descontado.

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