En ocasiones solo hay que ajustar un poco la mirada para ver más allá. Y apreciar en una imagen, en un cuadro o en una fotografía todos los matices que la enriquecen. Siempre hay pinceladas ocultas dispuestas a ser descubiertas, incluso en artistas como Goya, Rubens, Tiziano o Velázquez. ¿Quién se atrevería a ver el tiki-taka en una obra del del genio de Fuentedetodos? ¿Quién ha comparado a Guardiola o Mourinho con el Vulcano de Tiziano? ¿Cómo puede ser que una representación de La Rendición de Breda no presida la sede de la UEFA, siendo estos los adalides del Fair Play? ¿No sería Sísifo de Manacor? En 200 años del Museo del Prado nadie se había hecho estas preguntas. Nosotros las planteamos. Y las contestamos.


Goya y el espíritu de equipo


Muchachos cogiendo fruta. Francisco de Goya. 1778. Óleo sobre lienzo, 119x122cm. Sala 086 del Museo.

Un niño se eleva sobre la espalda de otro para trepar a un árbol, formando un tándem perfecto. Así alcanza sus ramas para sacudirlas. Debajo otros dos compañeros esperan los frutos para recogerlos en un sombrero. La escena podría haber inspirado a Yoichi Takahishi y la célebre catapulta infernal de los gemelos Derrick. Los que se criaron viendo Óliver y Benji saben bien de lo que hablo. El cuadro de Goya en cualquier caso remite a la pura esencia del deporte colectivo, al juego en equipo que requiere de la ayuda, la implicación y el esfuerzo comprometido de un grupo de personas. Todos esos valores se aprenden en la niñez mientras uno alcanza unas manzanas para darse un festín o tira una pared con un amigo para zafarse de los del barrio de enfrente. Los vínculos que nacen ahí suelen ser indestructibles.

En tardes o mañanas como las que representa Goya nació de alguna manera el passing game del Liverpool o el Arsenal de Wenger, donde Bergkamp zarandeaba el árbol y Henry, Ljungberg, Anelka o nuestro añorado Reyes recogían los frutos. Aunque tuvo que ser aquí en la tierra de Goya donde el juego alcanzara la excelencia. No hubo niños que robaran más manzanas que Xavi, Iniesta, Silva, Torres o Villa. Un sabio como Luis Aragonés había dado con la receta. Luego llegó Guardiola al Barça y Del Bosque a la Selección y esos niños se atrevieron también con naranjos, perales y hasta nogales. Con un estilo artístico que también conquistó el mundo.


Nadal reta a Sísifo


Sísifo. Tiziano. 1548-1549. Óleo sobre lienzo. 237 x 216cm. Sala 027 del Museo.

En Las Metamorfosis, el poeta romano Ovidio narra el trabajo de Sísifo, condenado por engañar a los dioses a cargar con una roca que siempre caía rodando antes de llegar a la cima de la montaña. En la obra de Tiziano se aprecia el influjo de Miguel Ángel, el Messi de la época, y su realización fue un encargo de María de Hungría (1505-1558) al pintor italiano. El cuadro resulta una advertencia para quienes osen desafiar a los dioses en un momento histórico marcado por la confrontación del poder imperial con los príncipes protestantes. Pero también es un ejercicio de perseverancia y resistencia frente al desaliento. De no rendirse cuando la derrota asoma por el horizonte, de no bajar los brazos por mucho que las montañas parezcan inabordables. Sísifo bien podía ser natural de Manacor.

De ese espíritu también se ha alimentado el ciclismo en el último siglo. De Fausto Coppi a Pantani, pasando por Gino Bartali, Eddy Merckx, Anquetil o Indurain. Sísifos montados en bicicletas que han perfilado con sus hazañas la épica de un deporte único e inigualable. En el que más de uno ha jugado a ser Dios y no todos han resultado condenados. Otro tipo de condena fue la que sufrió Steven Gerrard, alma máter del Liverpool pre-Klopp que resbaló en el momento más inoportuno, a escasos metros de la cima. Aquello le impidió levantar la que hubiera sido su única Premier en 17 temporadas, las que pasó vestido de red.

La pincelada intensa de Tiziano se aprecia aún hoy en cada partido de Rafael Nadal, imbuido de ese espíritu de Sísifo a base de lesiones, recaídas y remontadas homéricas. Capaz de modificar su estilo y moldear su juego a lo largo de los años para, él sí, alcanzar la cima de la montaña en innumerables ocasiones. De su rocosidad pueden dar buena cuenta Roger Federer o Novak Djokovic, herederos raqueta en mano de los Da Vinci, Boticelli o Tintoretto.


Vulcano y los equipos de autor 


Vulcano forjando los rayos de Júpiter. Rubens. 1636-1638. Óleo sobre lienzo. 182,5 x 99,5 cm. Sala 079 del Museo.

Exiliado en el Hades, Vulcano, hijo de Júpiter y Juno, forja los rayos del dios supremo ayudado por Cíclope, el gigante de un solo ojo. Pedro Pablo Rubens pintó así al primer entrenador de la historia, esforzados herreros que cincelan con mimo, tesón e ideas revolucionarias a sus equipos, en busca de encontrar el arma, la estrategia o el dibujo táctico que les haga invencibles. El pintor barroco de la escuela flamenca perfiló en esta escena a Bill Shankly o Matt Busby; a Nereo Rocco o Arrigo Sacchi; a Rinus Michels o Johan Cruyff; también a Menotti y a Bilardo. Incluso a Guardiola y Mourinho. Sin olvidarse de Simeone o Zidane.

A Vulcano, Dios del Fuego, lo imaginamos con el carisma necesario para liderar a un grupo y la mano izquierda suficiente para moldear los encendidos egos de sus pupilos, algunos tan duros como el hierro. Algo así como un híbrido entre Zidane y Guardiola. De hecho Rubens lo captó en su lugar de trabajo, con varias herramientas, escudos y armas a su alrededor, apuntes de batallas pasadas, recuerdos de anteriores clubes y experiencias pretéritas que fueron cincelando el carácter del entrenador.

Precisamente esos rayos, los mismos que moldea Vulcano en el cuadro, aparecen en la segunda equipación de la Roma esta temporada. Los giallorossi han recuperado así esa figura de la mitología romana en un intento por volver a su glorioso pasado y recuperar de paso el vigor y la competitividad que llevan tanto tiempo echando en falta. Casi desde la época del Imperio Romano.


Breda, el primer ejemplo de Fair Play


Las Lanzas o La rendición de Breda. Velázquez. Hacia 1635. Óleo sobre lienzo. 307,3 x 371,5 cm. Sala 009 del Museo.

Ocurrió un 5 de junio de 1625 por lo que bien podría considerarse nuestra primera Eurocopa. Ambrosio Spínola, general genovés al mando de los tercios españoles de Flandes recibe del gobernador holandés, Justino de Nassau, las llaves de la ciudad de Breda. El cuadro de Velázquez capta lo que ocurrió tras el pitido final del colegiado, en el minuto cero después de la contienda. Y justo ahí reside la grandeza del mismo porque aparta el foco de la victoria y de la derrota, para enfatizar la clemencia, el respeto y la generosidad de unos y otros, sin detenerse en la muerte, la destrucción ni la humillación de los perdedores. Es el espíritu deportivo sobre lienzo. Es el cuando pierden dan la mano. Es el pasillo a los campeones. Es el preludio de aquella máxima: «El fútbol es la guerra por otros medios».

Las Lanzas o La rendición de Breda la hemos visto en infinidad de ocasiones y deportes. En Rugby o en Baloncesto, en Tenis o en Fútbol, también en Balonmano, en waterpolo, en la Fórmula 1, incluso en deportes donde impera el contacto como el Boxeo. Así hemos desmitificado a esos dos impostores que diría tiempo después Rudyard Kipling. Así hemos entendido el deporte, si acaso, como lo más importante de las cosas menos importantes. Para dar carpetazo a la contienda y apaciguar los rescoldos bélicos de la batalla. Para llevar, en definitiva, a la práctica aquello tan mundano de que lo importante es competir, por más que ya estemos pensando en el próximo partido. Y es que tampoco hay que engañarse, casi cuatro siglos después el cuadro nos parece aún más sublime porque somos nosotros los que recibimos las llaves. La victoria ha sido artística en todas las épocas. Y el deporte se ha tornado en la guerra sin fin. Quizá por ello nadie se haya atrevido a pintar todavía ese cuadro.

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here