La verdad es que se hace difícil seguir la NBA estos días. Qué quieren, será cosa de la edad, no vamos a andar negándolo. Pero vamos, que cada noche cae un récord mantenido por varias décadas. Algunos son de auténtico chiste (jugador con más puntos sin fallo en un estado cuyo nombre empiece por la letra “R” y que haya comido una enchilada en los últimos dos meses) pero hay otros bastante serios. Con lo que, por oposición, me queda la idea de que resulta poco sería la competencia. Al menos en estos meses tan largos antes de las eliminatorias finales. Sí, los mismos en los que ver un partido supone una sucesión errática de mandarinas más allá de la línea de triple. Muchas de ellas, además, buscando el contacto, por si acaso. Pasar es de pobres, parece. O de lusers. Ya me entienden.

Con esto quiero decir que tampoco se viene un análisis sesudo, lleno de datos incontrovertibles y verdades de las que sientan cátedra. No, lamento decepcionarle. Pero vamos, que en estas fechas que se van acercando el tono general es más de cuñadeo apoyado sobre la barra de un bar, así que creo que nos va servir. Porque, amigos, les voy a hablar de Luka Doncic.
De primeras una confesión. Dolorosa. Vergonzante. Necesaria. Yo pensaba que Doncic se iba a dar una buena hostia en la NBA. Ya ven, reflejos del pasado, quizá, de cuando Toni Kukoc domeñaba con mano de hierro Europa y pasaba a ser un arribista más en América. Tiempos que se perdieron, sin duda. Pero vamos, que Doncic me ha dejado mal. Muy mal. Principalmente porque ha entendido a la perfección cómo funciona allí el juego ahora. Lo de las estadísticas, salir en las teles, chuparse un poquito más de la cuenta. Youtuberizar el deporte. No se echen las manos a la cabeza, es el futuro. Y el futuro siempre acaba por llegar.

Pero bueno, que todo eso a ustedes se lo contarán mejor en otros sitios. Porque yo carezco de medios técnicos para hacerlo, la verdad. Yo, aquí me ven, soy un tipo más frívolo. Casi naif, si me permiten. Y así, con esa forma un poco idiota de tomarme la vida, que más me llama la atención de Doncic son sus pintillas. Las mallas, las camisetas interiores, ese culo enorme que tiene y que le hace ganarse situaciones de ventaja en muchos rebotes. Uno esperaba que a Donic le sometiesen a un tratamiento físico cinco estrellas tras llegar a los Estados Unidos, con el fin de convertirle, si no en una montaña de músculos, sí al menos en alguien con un nivel atlético muy llamativo. Y nada, oigan. Al menos aparentemente. Se ha quedado en una mezcla de fofisano y Larry Bird, que no es poca cosa, pero impresiona lo justo. Algo parecido pasa con Jokic, que tiene más barriguita que muchos de sus compañeros raners. Ustedes me entienden.

En fin, que soy consciente sobre la temporalidad de esta situación, y tengo por seguro que, a no mucho tardar, Luka tendrá un aspecto de gladiador (de gladiador americano, claro) poco similar al que luce (y desluce) ahora. Pero vamos, que hasta entonces me pondré cómodo para disfrutar de esos aires despistados, esa aparente imagen de chaval que se ha saltado unas clases para ir a la cancha cercana a su casa y esa sensación de cuerpoescombro blandengue. Quizá en recuerdo de algo, vaya usted a saber…

(Aunque Doncic esté chupando más de la cuenta)

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