El mayor escándalo arbitral (versión para culés)

Hace frío.
Es el 9 de noviembre, año 1968, y hace frío. Barrow-in-Furness, en Cumbria, al noreste de Inglaterra. Una de las orillas de la Bahía de Morecambe, al otro lado queda Lancaster. Ciudad pequeña, astilleros, fábricas metalúrgicas. Y un equipo de fútbol, claro. Antiguo, fundado en 1901. Barrow Association Football Club. Escasamente exitoso, Third Division en esos momentos.

Sopla el viento. Trece minutos de juego. El Barrow juega sus partidos como local en Holker Street, campo con capacidad para 5.000 espectadores que suele llenarse con más de 10.000 personas. Ya ven, otros tiempos. Hoy lo visita el Plymouth Argyle, a quienes todos llaman “The Pilgrims”, porque de aquel puerto en Devon partió el Mayflower. Camiseta verde, pantalón blanco. Zamarra alba y pantalón azul para los de Barrow.

Los locales sacan un córner. Balón a la olla, el clásico barullo en el área pequeña inglesa (estamos en 1968, amigos), pelota despejada fuera del área. George McClean. Le llaman Big George, le acabarán llamando Old George. Delantero grandote, calvo como una bombilla, con un cañón en su pierna izquierda. Dicen que a veces le gusta echar un trago con los amigos, que juega muy bien a los dardos. Y que no se lo piensa dos veces antes de disparar. Como aquella tarde. Empeine. Seco.

El balón va a media altura, subiendo levemente. Un chut fortísimo. Ivan Robinson calcula la trayectoria y se teme lo peor. Salta, pero es demasiado tarde. La pelota golpea en su pierna izquierda, desviando la trayectoria. Pat Dunne, portero del Plymouth Argyle, está completamente vendido. Gol.

Todos se miran, nadie sabe muy bien qué hacer. Ni siquiera Robinson, autor del tanto. Y eso que él debería conocer los protocolos de actuación. Al fin y al cabo es el árbitro. Tras unos momentos de confusión decide aplicar estrictamente el reglamento. El Barrow se pone uno a cero sobre el Plymouth Argyle gracias al tanto del árbitro…

Desde ese momento los del río Tamar y el río Plym se lanzan al ataque. Desesperados. Que no nos ganen, joder, que no nos ganen de esta forma tan ridícula. Empieza a llover, cae una auténtica tromba de agua. Inútil, no hay nada que hacer. El partido acaba con ese único gol. El árbitro ha ayudado para que la racha de fechas invictas del Barrow en Holker Street suba a 18. Robinson abandona el campo cabizbajo, esquivando las palmaditas de felicitación y los gritos de agradecimiento pronunciados con cerrado acento de Cumbria. En el acta, y a petición del Barrow Association Football Club, sumó el gol a la cuenta de McClean. Todos temían que aquello se conociera más allá de aquel pequeño campo y fuesen el hazmerreír de Inglaterra.

Así que, ya ven… hubo un partido que acabó con resultado de uno a cero. Gol del árbitro. Y el ganador no fue el Real Madrid.

El mayor escándalo arbitral (versión para merengues)

Hace frío.
Es el 9 de noviembre, año 1968, y hace frío. Barrow-in-Furness, en Cumbria, al noreste de Inglaterra. Una de las orillas de la Bahía de Morecambe, al otro lado queda Lancaster. Ciudad pequeña, astilleros, fábricas metalúrgicas. Y un equipo de fútbol, claro. Antiguo, fundado en 1901. Barrow Association Football Club. Escasamente exitoso, Third Division en esos momentos.

Sopla el viento. Trece minutos de juego. El Barrow juega sus partidos como local en Holker Street, campo con capacidad para 5.000 espectadores que suele llenarse con más de 10.000 personas. Ya ven, otros tiempos. Hoy lo visita el Plymouth Argyle, a quienes todos llaman “The Pilgrims”, porque de aquel puerto en Devon partió el Mayflower. Camiseta verde, pantalón blanco. Zamarra alba y pantalón azul para los de Barrow.

Los locales sacan un córner. Balón a la olla, el clásico barullo en el área pequeña inglesa (estamos en 1968, amigos), pelota despejada fuera del área. George McClean. Le llaman Big George, le acabarán llamando Old George. Delantero grandote, calvo como una bombilla, con un cañón en su pierna izquierda. Dicen que a veces le gusta echar un trago con los amigos, que juega muy bien a los dardos. Y que no se lo piensa dos veces antes de disparar. Como aquella tarde. Empeine. Seco.
El balón va a media altura, subiendo levemente. Un chut fortísimo. Ivan Robinson calcula la trayectoria y se teme lo peor. Salta, pero es demasiado tarde. La pelota golpea en su pierna izquierda, desviando la trayectoria. Pat Dunne, portero del Plymouth Argyle, está completamente vendido. Gol.

Todos se miran, nadie sabe muy bien qué hacer. Ni siquiera Robinson, autor del tanto. Y eso que él debería conocer los protocolos de actuación. Al fin y al cabo es el árbitro. Tras unos momentos de confusión decide aplicar estrictamente el reglamento. El Barrow se pone uno a cero sobre el Plymouth Argyle gracias al tanto del árbitro…

Desde ese momento los del río Tamar y el río Plym se lanzan al ataque. Desesperados. Que no nos ganen, joder, que no nos ganen de esta forma tan ridícula. Empieza a llover, cae una auténtica tromba de agua. Inútil, no hay nada que hacer. El partido acaba con ese único gol. El árbitro ha ayudado para que la racha de fechas invictas del Barrow en Holker Street suba a 18. Robinson abandona el campo cabizbajo, esquivando las palmaditas de felicitación y los gritos de agradecimiento pronunciados con cerrado acento de Cumbria. En el acta, y a petición del Barrow Association Football Club, sumó el gol a la cuenta de McClean. Todos temían que aquello se conociera más allá de aquel pequeño campo y fuesen el hazmerreír de Inglaterra.

Así que, ya ven… hubo un partido que acabó con resultado de uno a cero. Gol del árbitro. Y el ganador no fue el Barcelona.

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