Fabio Coentrao se había retirado. De ello no había ni la menor sombra de duda. ¿O no? El caso es que nadie le había visto jugar en mucho tiempo. Ni siquiera el propio Cristiano, y habían sido socios durante muchos años. Precisamente por eso le sorprendió la visita en aquella fría noche turinesa, pues Coentrao se presentó en la sala de Cristiano sin invitación ni aviso previo.

“¡Cris!” gritó Coentrao, ante la sorprendida cara de su antiguo compañero de equipo “vengo a darte un mensaje: Tres espíritus vendrán a visitarte durante la noche y te enseñarán tu vida pasada, presente y futura. Debes cambiar, Cris, es lo mejor para tu futuro”. Cristiano hizo un gesto de protesta con el brazo derecho y exclamó “paparruchas”. Antes de que terminase la frase, el mensajero se había desvanecido. “Paparruchas” volvió a decir. Se puso su pijama de seda y su crema facial y se fue a dormir.

Una sola campanada, sonora como si estuviese dentro del campanario, fue suficiente para despertar a Cristiano. Ya sobresaltado por el ruido, su sorpresa fue aun mayor cuando junto a su cama percibió la presencia de una figura. “¿Sir Alex?” ¿Qué hace usted en mi cuarto? ¿Qué hora es? “Límpiate esa cosa da la cara y ven conmigo”, le respondió Alex Ferguson. “¡Ahora mismo!” Ferguson agarró a Cristiano del brazo como si fuera a abroncarlo y le llevó a través de una puerta “es el vestidor…” protestaba. Cruzado el umbral, Cristiano y Sir Alex se encontraron en una habitación en una residencia de Lisboa, donde se descansaba un niño con aspecto triste. “Es la residencia en la que vivía cuando me fui al Sporting. Al principio lo pase mal”. Ferguson y Cristiano cruzaron la habitación y la siguiente puerta les llevó a las instalaciones del Manchester United, en uno de los campos de entrenamiento

Aquí aprendí mucho”, dijo Cristiano. “¡Aquí te enseñamos a jugar al futbol!” protestó Sir Alex “Tu viniste aquí haciendo bicicletas que no iba a ninguna parte! ¡Te creías mejor de lo que eras demasiado pronto, y si no hubiera sido por mi no hubieras sido nunca un jugador de elite!” Cristiano agachó la cabeza y desafiante respondió: “Yo era el mejor del equipo. Ni Giggs, ni Rooney. Sin mí ya no pudiste competir en Europa”. Ferguson reaccionó ofendido y volvió a agarrar a Cristiano del brazo, aun con más fuerza, y atravesaron una pared de arbustos, tras la cual se encontraron en Madrid: “¿Y tuviste que venir aquí? ¡De todos los equipos del mundo solo odio más al Liverpool!”, dijo Ferguson. “Aquí fui el mejor del mundo, gané balones de oro, Copas de Europa y alguna Liga. Era mi sueño”. “Si!” volvió a gritar Sir Alex, cada vez mas enfadado “¡el maldito mejor del mundo!”. Empujó a Cristiano con tal furia y fuerza que cayó, pero en lugar de golpear el césped del campo de entrenamiento, descansaba sobre su cama en Turín.

Que sueño más raro”, murmuró. “No es un sueño” le dijo otra voz. “Ven conmigo”. “¿Luis Figo? Cómo puede entrar tanta gente en mi dormitorio? Voy a despedir al guardia de seguridad”. “Está en una fiesta”, respondió Figo “como tus compañeros”. Figo condujo a Ronaldo al final de la escalera y se encontraron en el centro de la celebración. Ronaldo miraba hacia todos lados “Están todos… Gianluggi, Gonzalo, Paulo, Mario, Alex Sandro… ¿Qué es esto? ¿Cuál es el motivo?” “Es la fiesta de esta noche, en casa de Higuaín”, -explicó Figo- “después del partido contra el Milán. Es casi Navidad, y están celebrando y pasando un buen rato juntos. Acércate”. Cristiano y Figo paseaban por la fiesta, Cristiano haciendo gestos a sus compañeros, llamando su atención. “No te ven, no te esfuerces. No te han invitado a la fiesta”. “Pero si soy el mejor… Meto más goles que esos 2 juntos”, protestaba Cristiano. “No se trata de eso… ¿crees que tienes el afecto de tus compañeros y la afición? Te pitaron en tu segundo gol” dijo Figo. “¡Paparruchas!» Soy su ídolo indiscutible”. “Calla y escucha a tus compañeros”, dijo el extremo luso. 

“¿Nadie ha llamado a Cris entonces?” preguntaba Chiellini. “No, nadie”, respondió Higuaín “lleva un tiempo demasiado centrado en sí mismo”. “¿Un tiempo? ¡Será toda la vida!”, rió Dybala. “Quitarle un gol a un jugador de 18 años que debutaba ha sido un acto muy feo. Otra vez” dijo Buffon. “Es normal que le piten”. “Paparruchas!” volvió a protestar Ronaldo. “¿Y si el defensa llega a sacar el gol en la línea? Entonces no hubiéramos ganado”. Figo volvió a explicarle “ya te he dicho que no te ven y por supuesto no te oyen. Y tú sabes que no hacía falta que tocases el balón. Era gol seguro”. “Ingratos… con todo lo que he hecho por ellos”. “¿Todo lo que has hecho? No les has hecho ganar la Copa de Europa y sin ti ya ganaban la Serie A. Tu forma de jugar obliga a todo el equipo a adaptarse a ti” explicó Figo. “Pero soy el mejor. Y soy mejor que tú”, le contestó Cristiano. “Es suficiente”, dijo Figo “sal de la fiesta por esa puerta”.

Al otro lado le recibió un espléndido jardín y allí se acercó una figura sonriente y dispuesta a darle un abrazo “¡Cristiano! ¡Bienvenido a tu casa!”. Cristiano se abrazó al visitante: “¡Eusebio! ¡Qué alegría! ¡No sabes qué mala noche he pasado. ¿Dónde estamos?”. “Es tu casa”, dijo Eusebio mientras paseaban por el jardín, “o lo será en el futuro” puntualizó la Pantera Negra. “¡Es una casa enorme! ¿Es Dubái? ¿Catar quizá? ¿Abu Dabi? No me digas más… ¡estoy jugando en el equipo de Beckham en Miami!”. “No, no. No es ninguna de estas. Es un equipo de China, que te pagaba mucho más. Beckham quería que jugases allí con Messi, y aunque Leo te pidió que te unieses al equipo preferiste ir a China”. “¡Esta casa es enorme!” repetía admirado Cristiano “¿Dónde está mi familia?”.

Eusebio se detuvo. Habían alcanzado la casa, junto a una sala con aspecto de museo. Cristiano miraba a través del cristal que ocupaba todo el lateral, sin prestar atención. “Tu familia se volvió a Portugal. No querían vivir aquí, ni tu madre, ni tus hijos, ni tu pareja. Todos querían otro tipo de vida, ya estaban cansados de viajar, así que estas aquí solo. Siempre dijiste que la familia te importaba más que nada y aquí estas, en una villa china sin verlos más de dos veces al año” le explico Eusebio. Ronaldo abrió la puerta y pregunto “¿Qué hay aquí?”. “Es tu museo personal, con algunos de tus trofeos, y tus 9 balones de oro”.

“¿Nueve? ¡Siuuuu!” Ronaldo rió de alegría y corrió hacia ellos. “Cris, Cris, escúchame. No se trata de esto, tienes que pensar en tu futuro y en tu familia. Cris… hazme caso y deja de besar esos balones de oro”. “Os quiero tanto” susurraba Cristiano, abrazando todos sus trofeos. “Cristiano… Escúchame” insistía Eusebio “va a ser tarde. Nos tenemos que ir”. Buscando en su bolsillo, Eusebio extrajo un pequeño pin de oro con la bandera de Portugal que le otorgó la federación de futbol y dijo “te voy a poner el pin en tu pijama, para que no creas que todo fue un sueño y puedas hacer lo correcto. Tenemos que partir”. Cristiano no escuchaba, abrazado a sus balones de oro. Eusebio chasqueó sus dedos y Cristiano despertó en su cama de Turín, abrazado a sus almohadas.

Mirando a su alrededor, confuso, se acercó a la ventana para comprobar que ya había amanecido. De reojo, en un espejo, vio algo pegado a su pijama. “Es un pin… es el pin de Eusebio!… no fue un sueño. ¡Voy a ganar 9 balones de oro!”

1 Comentario

  1. Genial,buenísimo.Llevo un rato riéndome y no dejo de ver la cara de Cristiano mientras celebra sus 9! balones de oro.

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