Coincidiendo con la semana del cumpleaños de uno de los máximos exponentes de la nouvelle vague, el cineasta Jean-Luc Godard, un provocador ensayo de título escasamente sutil se extiende por las librerías españolas, desafiando a sus seguidores y al resto de abonados a Cahiers du cinema. ¡Me cago en Godard! (editorial Arpa), de Pedro Vallín, constituye un ejercicio de heterodoxia —por decirlo de manera suave— en medio de la crítica cultural mayoritaria. Resulta oportuno señalar que el autor, plenamente consciente, reivindica el carácter cuasi herético del texto como una de sus principales virtudes.

La hipótesis de Vallín podría resumirse grosso modo de la siguiente manera: durante años ha existido consenso en considerar al cine de origen hollywoodiense como algo mayoritariamente insustancial, palomitero, comercial y que servía de poco disimulada propaganda de la ideología neoliberal y de la visión norteamericana de la existencia —es decir, intrínsecamente imperialista y de derechas—, mientras que el cine de autor europeo era visto como un oasis de sofisticación crítica, mucho más complejo, profundo y progresista. Para Vallín esta visión es una simplificación injusta, pero no tanto por la brocha gorda que conlleva, sino por, atención, ¡el equivocado reparto de los roles en la comparativa! Así, el auténtico cine progresista poseería casi siempre denominación californiana, y las pomposas elucubraciones de los directores europeos, pese a su fama, deberían catalogarse más bien como burguesas, cuando no directamente reaccionarias.

Los argumentos del periodista asturiano son diversos: desde el modo de producción de las obras —en el caso de Hollywood, la necesidad de fabricarlas como churros favorecía un cooperativismo impensable para la dictadura del genio que impera en el verticalísimo cine de autor europeo— a los argumentos que las constituyen —frente al ensimismamiento acerca de la muerte, la enfermedad, el sexo, el paso del tiempo y demás novelescos solipsismos del cine de autor, se aprecia un mayor gusto por la narrativa en las películas yankees: la reflexión puede aparecer colateralmente, mas no resulta óbice para que en el curso de la acción “pasen cosas”—, y, sobre todo, las diferencias de acogida por parte del público. El cine de Hollywood es popular en el sentido más preciso del término, lejos del clasismo elitista que desprende una multitud de filmes del viejo continente, y, según Vallín, tal circunstancia se debe a que conecta mejor con la pulsión, humana y humilde, de contar historias junto al fuego sin mayor pretensión que entretener, sin afán de epatar.

La prosa de Pedro es ágil, y su vasto conocimiento le permite trufarla de decenas de ejemplos, lo que corre el riesgo de convertir la lectura en un mero ejercicio de asentimiento en algunos momentos. No obstante, conviene realizar un par de puntualizaciones que, aunque el propio autor ya admite, lo hace en un segundo o tercer plano y como guiñando un ojo, no vaya a estropeársele la teoría. En primer lugar, la diatriba un tanto maniquea de “cine americano épico-popular” versus “cine europeo ensimismado-solipsista” conllevaría pasar por alto numerosas producciones de Hollywood cuyo núcleo argumental también se basa en conflictos introspectivos y existencialistas: ya se trate de genialidades como la filmografía de Billy Wilder o pastiches sobrevalorados y de renombre como Lo que el viento se llevó o esa boutade infumable llamada El manantial. Por otro lado, tampoco resulta cierto que los libretos que pivotan sobre cuestiones íntimas y profundamente individualistas sean ajenos a los gustos mayoritarios: desde el teatro de la antigua Grecia, el pueblo también ama algunas formas de existencialismo y aprecia los dilemas morales del héroe, antes quizá incluso que al propio héroe. Puede que las cavilaciones sobre el paso del tiempo y otras nostalgias no aporten gasolina para la revolución, pero desde luego no se las puede acusar de impopulares. Las colas ante cada estreno de Woody Allen —epítome del cine de autor europeo, a pesar de que su pasaporte no lo corrobore— hablan por sí mismas.

Por último, el libro adolece de una inclinación excesiva a replicar metáforas de divulgadores científicos pop como Harari, siempre prestos a conclusiones más literariamente grandilocuentes —“nuestro afecto a los mitos debe mucho a la herencia genética que dejan cientos de miles de años como especie cazadora-recolectora”— que certeramente demostradas. En cualquier caso, estas consideraciones no deben desmerecen el atractivo del ensayo, cuya segunda parte, que repasa de manera más precisa los principales arquetipos del cine de Hollywood, supone una auténtica delicia.

Una vez finalizado, existe, además, una lectura futbolera que Vallín no solo desconocerá sino que hasta le parecerá inconcebible —aunque, ¿acaso el fútbol no es cultura de masas, incluso desde antes de Valdano?—. Uno, que sostiene que el Real Madrid se erige, por diversos motivos que exceden esta reseña, como la institución más literaria de la historia del balompié y el único club al que el relato se lo escriben otros, no puede evitar apropiarse de la hipótesis principal del libro. ¡Cuántas veces se ha usado el manido paradigma del equipo blanco como ejemplo de valores injustos —el dominio, la competitividad, la ambición desmedida, la falta de empatía, el lujo…— mientras se colocaba a su rival, el Atlético, como la encarnación romántica de “lo popular”, con la derrota y el recreo en la nostalgia como poéticos puntales!

Trasladando la tesis del libro, ¿no existe un exceso de vanidad narcisista en esa sublimación introspectiva? ¿No va el pueblo llano al Bernabéu, del mismo modo que a las producciones hollywoodienses, a pasárselo bien, movido más por el goce hedonista que por la autoafirmación melancólica? Dicho de otra forma, ¿es la identidad colchonera, como cierto cine de autor, un capricho de ricos? Esperaremos al periodista deportivo que se atreva con la segunda parte, si bien tampoco nos hacemos muchas ilusiones. Heroicidades las justas. Al menos, fuera de Hollywood.

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