Hola, Juancar.

Hay algo que nunca cambia en Navidad: los propósitos para el nuevo año. Ya habrá tiempo durante los próximos 12 meses para desecharlos, para incumplirlos, para relajarse y no llevarlos a cabo, en definitiva, por una u otra razón. Pero me gusta esa ilusión renovada, esa mentira colectiva, ese «Yes we can» que nos inventamos para intentar ser mejores personas. Quizá ahí resida el espíritu navideño, en esa ilusión que se difumina más allá del 6 de enero. Esas buenas intenciones duran como mucho hasta esa fecha indeterminada en que dejas de felicitar el año a tus allegados, allá por el 40 de enero.

No le vendrían nada mal una ración de buenos propósitos a nuestro fútbol. El primero debería ser la erradicación del odio. Y en ese abanico se incluyen desde Puto Nazi hasta Maricón, pasando por los ruidos simiescos o los recuerdos a nuestras queridas madres. No entiendo que haya bandos o camisetas en el insulto, mucho menos ideologías. Porque el insulto siempre califica más al que lo profiere que al que lo recibe. Ojalá no hubiera sido el de Vallecas el primer partido suspendido por insultos en España, ojalá Eto’o se hubiera ido del campo aquel día, ojalá hubiéramos puesto en jaque a los ultras hace mucho más tiempo. Ojalá el precedente de Zozulya sirva para sanear nuestras gradas y no para demostrar qué ideología insulta mejor. Ojalá.

También ha habido turbulencias en el Puente Aéreo. Antes y después del Clásico. Si uno atendía a la prensa radicada en Madrid el Apocalipsis se cernía sobre la Ciudad Condal. Si uno leía, escuchaba o veía la prensa catalana aquello era Disneyland. Ni una cosa ni otra. Este Clásico ha dejado en evidencia a ambos. Aunque los alarmistas aquí siempre llevan las de perder. Porque su victoria moral (en caso de producirse) es una derrota colectiva de la sociedad, del sentido común, incluso de la democracia. Porque pueden existir las pancartas, incluso las protestas pacíficas y las concentraciones que buscan el altavoz del fútbol como reclamo. Otra cosa es que todos los aficionados estén de acuerdo con esa reivindicación e incluso con las formas. ¿Te acuerdas cuando un aficionado se exposó a una portería o cuando tiraron a Figo una cabeza de cochinillo? Pasó antes de ayer y para mi eso es mucho más grave que lo ocurrido en este apocalíptico Barça-Madrid.

Quizá sea tarde ya viendo la deriva de los medios de comunicación, pero una ración de contención, de rigor, así como una rebaja del alarmismo nos vendría bien a todos. El cuento del lobo es casi tan viejo como el miedo.

Parece que algunos buscan la exclusiva del drama. Del ya lo avisé yo antes. Nadie, sin embargo, se cuelga la medalla del hastío azulgrana a su cantera o de la falta de gol que condena al Madrid en esta Liga. Nadie pone el grito en el cielo porque el Barcelona de Valverde se haya olvidado de La Masía, hasta el punto de que Aleñá (impecable en cada ratito que ha tenido) pueda salir del equipo en breve y tipos como Rakitic y sobre todo Arturo Vidal se mantengan en la plantilla. Hace tiempo que el juego pasó a ser algo accesorio en Can Barça. Como si el guión hubiera sido devorado por las actuaciones de los actores principales. El propósito azulgrana sería reconocerse en el espejo, en lugar de querer ser otra persona.

¿Y cuál sería el propósito del Real Madrid? ¿Mejorar la planificación? ¿Volver a mirar solo los resultados? ¿Tener paciencia para que el juego les de la razón en el marcador? En cuatro días pasó de exhibición en el Camp Nou a impotencia en el Santiago Bernabéu. El Satisfayer no será suficiente en estas Navidades para los madridistas. Porque el placer de tutear al Barça en la Ciudad Condal resulta efímero al mirar la clasificación en este parón invernal. Para el gol todavía no han inventado sustitutivo alguno.

Por eso en 2020 deberíamos escuchar más 1932, la canción de La M.O.D.A:

«Recuerdo lo que me dijo

mi abuelo aquella mañana,

se puede perder la vista

pero no la mirada»

Ojalá en estas cartas sigamos mirando lejos el próximo año.

Un fuerte abrazo.

Emmanuel.

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