Decía Camilo José Cela que el que resiste gana. Y esa misma convicción parece tener Zidane, que en cada partido refuerza la confianza del grupo de una manera infalible: con victorias. Que el entrenador no se deje a nadie en el camino es un mérito que también merece ser reconocido. Futbolistas como Rodrygo o Vinicius, que habían perdido protagonismo, lo han recuperado últimamente, y diría que hasta Odriozola, casi siempre desvalido, se ha visto de nuevo importante, al menos en el gol que abrió el marcador. También Jovic habrá entendido su utilidad como ariete en sentido medieval. No todas las puertas se abren con ganzúas. Y me permito recordar que será necesario todo el mundo a partir de febrero.

Es verdad que el partido no repartía más premio que los 2’7 millones (calderilla en según qué barrios) que se ofrecen por los triunfos en la fase de grupos, sin embargo al rival no le faltaban motivaciones. Su puesto en la Europa League era prácticamente seguro (bastaba la victoria del PSG, que venció al Galatasaray por 5-0), pero derrotar al Madrid siempre será una buena historia que contar a los nietos. Seguramente por eso la primera mitad fue trabada, tanto por el ardor local como por los cambios que presentó Zidane, un ataque experimental (Isco, Vinicius, Rodrygo, Jovic) que necesitó tiempo para ubicarse.

Por fortuna, los partidos duran 90 minutos. Y el esfuerzo de los primeros 45 pasa factura en la segunda mitad, lo que distingue a los esforzados de los talentosos. Eso le ocurrió al Brujas. En cuanto se abrió un espacio por allí se coló Rodrygo (53’), muchacho escurridizo y de recursos extraños, casi mágicos. Esta vez nos sorprendió con un remate en peculiar volea que envío junto a un palo con la sutileza que le caracteriza. Es curioso: no aplica más fuerza a sus remates que la imprescindible, como si le importara mucho más la colocación que la potencia.

Los belgas respondieron de inmediato y empataron en un ataque de furia. Y cuando regresó el fútbol emergió de nuevo el Madrid, superior a esas alturas. Vinicius aprovechó un balón suelto en el área para proseguir su tratamiento contra la impotencia goleadora. Modric colocó la guinda con un chutazo que demuestra la importancia de resistir. Con un poco de paciencia y tranquilidad, el equipo ha vuelto a ser competitivo, a ganar por inercia y a creerse poderoso. Ahora, que le echen un galgo.

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