Llegó en las navidades de 2010, en la campaña de invierno, prácticamente por la puerta de atrás. Era un extremo más, que hasta cuatro días antes había estado peleando la titularidad en Pamplona. Aterrizaba en un equipo (muy) mal entrenado, frágil y sin alma, que transmitía más pereza que credibilidad. La ilusión que despertó en la grada fue exactamente la misma que si no hubiese venido. No era mediático, no era internacional, no tenía una imagen poderosa y encima, para arreglar el cuadro, tenía pasado madridista. Sí, pertenecía a esa pléyade de jugadores que el equipo blanco ha rechazado en algún momento y que satura la Primera División española.

Diez años después, meses después de abandonar la disciplina del club, el Metropolitano lo ha despedido en pie. Con una ovación cerrada y sin fisuras. Como una representación fiel y sincera de esa forma de entender la filiación que es la que gusta en el heterodoxo universo colchonero. Entre medías hubo mil anécdotas y un puñado de trofeos importantes; un cambio de posición y varios momentos concretos que se convertirán en leyendas. Hechos, todos ellos, que seguramente no son más que fenómenos secundarios. Juanfran no forma parte del Atleti más puro por todo ello sino por entender (muy bien) cómo funciona esto. Lo que es importante y lo que no lo es; lo que es fachada y lo que es real. Demostró que el cariño, en el Atleti, no se compra con números, ni se pierde con errores. Demostró que, en el Atleti, se recoge lo que se siembra. Y fue maravilloso recordar todo eso precisamente ayer, antes de ver disputarse el Atleti-Osasuna y después de tantos ríos de tinta manipulada sobre lo que es y lo que debería ser el Atlético de Madrid. En mitad de una crisis de origen extranjero y con la presencia, física o a través de las ondas, de un buen puñado de personas con gran facilidad para la critica destructiva y grandes carencias para entender de qué va esto.

El Atleti volvió a disputar un buen partido; demasiados ya como para seguir incluyendo el concepto de casualidad dentro de la ecuación. El equipo de Simeone se parece muy poco a ese que inició la temporada entre titubeos y que dicen que se parecía tan poco a un «equipo de Simeone». Lo curioso del caso es que tampoco creo que éste se parece mucho a ese concepto que, sinceramente, no sé si alguna vez ha existido.

El equipo de Jagoba Arrasate tenía bien estudiado a su rival y planteó el partido de forma inteligente. De hecho, salió mejor que él. Adelantó mucho la presión y cerró la principal vía de juego que tiene ahora mismo el cuadro colchonero, y que es esa que tiene la forma de un tipo de hechuras poderosas, y pelo imposible, llamado Thomas. Los de Simeone tardaron un tiempo en ver lo que estaba pasando y otro tanto en encontrar la solución, pero antes de llegar al minuto 20 ya se habían hecho con los mandos. El equipo tiene recursos, tiene talento y, poco a poco, empieza a creérselo. Saúl volvió a ser esencial en el juego y también volvió a recordarnos lo gran futbolista que es. Koke, algo más discreto, pero igualmente incansable, se sumó a la sala de máquinas para dar oxígeno y salida. Y con dinamismo y verticalidad es más fácil que aparezca un jugador como João Félix. Es decir, uno buenísimo que, partido a partido, empieza a marcar la diferencia. Es interesante destacar que Manu Sánchez se sumó también a la fiesta. El canterano comenzó el partido con timidez pero lo terminó a un nivel muy alto. Sobre todo en lo que respecta a las tareas ofensivas, que es donde los laterales de élite marcan la diferencia.

El descanso llegó con un Atleti dueño del partido y que había llegado un buen puñado de veces a la portería contraria. Pases filtrados, triangulaciones entre líneas y varios centros laterales en velocidad, integraron el catálogo en ataque del cuadro rojiblanco. Enfrente, el Atlético Osasuna era incapaz de parar la avalancha más que rompiendo el ritmo del juego como buenamente podían. El único problema, otra vez, había sido el de siempre: la falta de gol.

La segunda parte no varió mucho en sus planteamientos. Todo siguió igual porque no había necesidad de cambiarlo. Pensándolo bien, a pesar de las puñaladas de João Félix, la verticalidad en el juego, las combinaciones en la línea de tres cuartos o de dominar la posesión, el equipo de Simeone seguía siendo un «equipo de Simeone». La defensa era una roca liderada por ese nuevo guardián llamado Felipe que ha venido para quedarse; el centro del campo ataca y defiende y los jugones de la delantera no tienen reparos en hacerse un sprint de cincuenta metros para tapar un hueco. El equipo permite pocas llegadas y es fiable. Entonces, ¿se puede jugar bien y ser además un equipo de Simeone? Por supuesto que se puede. Siempre se ha podido.

El gol que da sentido a esta crónica apasionada llegó de la forma más simple. Centro lateral de Trippier y remate de cabeza de Morata. Pulcro, fino y limpio. Parecía tan fácil. Saúl, que sólo sabe marcar goles de antología, aumentó después la diferencia para dar, por fin, un fin de semana tranquilo a la parroquia rojiblanca.

¿Y ahora qué? Pues partido a partido, que diría aquel. Confiemos de momento en ese equipo de Simeone que no lo es. ¿O sí?, porque yo ya me pierdo.

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