Vista la alineación incial, con un Barcelona sin Messi, sin De Jong y sin Ter Stegen, a uno le entraba la tentación de parafrasear a Sabina, “absurdo como un belga por soleares, vacío como una isla sin Robinson”. Aún así el aficionado culé esperaba que este partido intrascendente (2,7 millones de intrascendencia) le diera al menos la posibilidad de volver a las esencias, de ver a un equipo con al menos 7 u 8 canteranos, de apostar, en definitiva, por el estilo, de ver por fin un esquema muy ofensivo. Y eso hizo Don Honesto, ofender a los aficionados que aún creen en “el estilo”. Al técnico azulgrana le pudo ese pequeño Javier Clemente que todos tenemos dentro y con su “Vidal y 10 más” se plantó en San Siro con un 5-3-2 que, con el escudo azulgrana en el pecho, no se recordaba desde la época de Helenio Herrera. Quizá fue eso: un homenaje a quien fuera entrenador de ambos clubes.

Sin embargo, los Neto, Wagué, Todibo, Aleñá y Carles Pérez saltaron al Giuseppe Meazza con la misma ilusión que le ponía el (nada añorado) Malcom en cada minuto que tenía el año pasado y comandados por el hasta ayer repudiado y hoy neo-capitán Rakitic demostraron que la unidad B podía plantar cara a este Inter de Conte. Un equipo que sí se jugaba su futuro en la Champions, pero que analizando a sus jugadores en clave de futuribles, tan solo daba la impresión de que Godín con 10 años menos y Lautaro Martínez podrían tener un lugar en el Camp Nou.

Así que mientras los ojos del aficionado culé se enfocaban en el Toro bahiense (10 años menos que Luis Suárez) Carles Pérez pidió los focos sobre él. Era su debut en Champions y el joven canterano aprovechó para reivindicarse con un gol de jugador de área. Porque no todos los canteranos pueden ser Messi y de la cantera a veces surge algún que otro Pedro aprovechable. El Inter acusó el golpe durante 20 minutos: el tiempo que tardaron en llegar buenas noticias desde Alemania. El empate del Slavia insufló aire a los de Conte y se convirtió en el preludio de la igualada interista: Lautaro pivoteó en la frontal del área para que Lukaku rematase con más potencia que calidad. El Inter volvía a los octavos momentáneamente.

Con un Barça sin urgencias, la segunda mitad se convirtió en un quiero y no puedo neroazzuro. A la ansiedad por asegurar la clasificación se le sumó la falta de efectividad del delantero belga: mientras el Drogba de Hacendado fallaba dos claros mano a mano, Lautaro mostraba todo un catálogo de movimientos de 9, una brega y lucha constante, y un gran olfato de gol, pese a los dos que (justamente) le anularon. En verano, su cláusula será de tan solo 110 millones y peor que Chutinho o Dembelé no puede salir. Fichar. También le sobró al Inter el único acierto de la directiva azulgrana en materia de fichajes: desde la salida de Victor Valdés el club ha enlazado acierto tras acierto en la portería. De Ter Stegen a Neto, pasando por Bravo y Cilessen.

La agonía del Inter, aún mayor tras el gol del Borussia, recordaba a la sufrida por el propio Barcelona nueve años atrás: el 28 de abril de 2010, el fútbol cometía una de las mayores, acaso la mayor injusticia deportiva de la historia. El Inter de Mourinho, con la mayor oda al autobús vista jamás en el Camp Nou, eliminaba al, para muchos, mejor equipo de la historia en términos futbolísticos. Desde esa fecha, incluso en partidos como el de hoy, donde el Barça no se juega nada, todo bonbarsalunista que se precie, debe desear la pronta eliminación del Inter. Ansu Fati demostró serlo: tan solo tenía 8 años cuando sucedió aquello pero le bastaron dos minutos para firmar la eliminación al Inter. Con 17 años y 40 días establece un nuevo récord de precocidad: es el vengador más joven de la historia de la Champions. Ni olvido ni perdón. Gracias Ansu.

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