Tan importante como el triunfo es el obstáculo que debió vencer el Real Madrid de inicio. La primera media hora de la Real Sociedad fue una imposición táctica que recordó por momentos a la del Milán de Sacchi o el Ajax de Van Gaal, permitan la exageración. El equipo donostiarra desbordaba al Madrid sin que se pudiera señalar un responsable sobre el césped. Era el sistema, la presión alta, la disposición de los jugadores, el toque rápido y vertical. Era el entrenador. En ese tramo, por cierto, Odegaard estuvo a la altura del rumor que nos llega.

La Real lo hizo todo bien, sin olvidar, no deberíamos, que el gol de Willian José fue un regalo de Sergio Ramos, un error impropio, aunque no infrecuente. No se habían cumplido los dos minutos y nunca sabremos cómo influyó esa ventaja en el arrebato poético de los visitantes.

El mérito del Real Madrid fue reponerse sin comprender todavía. Había un acertijo que resolver, pero, entretanto, el equipo se encomendó al coraje y a la vergüenza torera. También a Benzema. Alguien debería decirnos a los que dudamos un día (o dos) cuántos avemarías deberíamos rezar para ser perdonados. Hablar de futbolista completo suena demasiado pobre y sin embargo es la verdad absoluta. Completo en el juego, en el compromiso y en el liderazgo. Son muy pocos los jugadores capaces de cargarse un equipo a la espalda, y menos todavía si nos referimos al Madrid. Pues Benzema lleva meses sujetando la bandera. Esta vez, por cierto, marcó con un hombro.

El empate encogió a la Real, que entendió de pronto que no hay medallas por ganar media hora en el Bernabéu. A partir de ese momento, el equipo dejó detalles, pero ya no dio sensación de poder ganar el partido.

Mientras tanto, el Real Madrid recuperaba algo que, en su caso, es todavía más importante que el juego. Me refiero al carácter. A esa determinación que inclina partidos y devora rivales. Hacía demasiado tiempo que el Madrid no activaba esa baza y juraría que desde esa base comienza todo. Así sucedió contra la Real. Así ha ocurrido históricamente.

Valverde marcó porque la vida le sonríe: su disparo tocó en Oyarzábal y burló a Remiro. El abrazo entre el chico y Modric es un símbolo del presente y del futuro. Porque Modric todavía es presente, tampoco volveremos a dudar sobre este asunto. Contra la Real fue el centrocampista que mece la cuna, el que escribe el guion. Su partido fue culminado con un gol espléndido, una de esas media voleas que quitan años y complejos.

En el minuto 65’ Zidane dio entrada a Bale, recibido con una de esas pitadas que se reservan a los enemigos. Asumido que el pueblo es soberano (antes incluso se bebía Soberano en las gradas), el abucheo me pareció excesivo en la intensidad y totalmente inapropiado en la continuación: en cada intervención de Bale volvían a atronar los pitos. Por fortuna, el galés es un marciano de catálogo. No sólo no se vio afectado, sino que se motivó como casi nunca y sacó brillo a todas las jugadas en las que participó. De una de ella llegó el tercer gol.

Ignoro cómo se puede tratar un caso semejante, pero el madridismo ofendido haría bien en perdonar porque el Real Madrid es mejor con Bale en el equipo. De momento, y hasta encontrar una mejor solución, yo optaría por alternar los palos que duelen con los palos de golf.

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