El bicentenario del Museo del Prado es un buen momento para preguntarse qué referencias deportivas existen entre las 27.000 mil obras (7.825 pinturas) que tienen allí cobijo, expuestas o en el fastuoso fondo de armario de la institución. La respuesta, como es fácil de imaginar, no es sencilla. Y no tanto por la enormidad del catálogo (muy bien documentado para alivio de los exploradores) sino porque el deporte reglamentado, tal y como hoy lo conocemos, irrumpe en la segunda mitad del siglo XIX, la última que abarca el museo. No obstante, en varias obras es posible encontrar el germen de lo que hoy son deportes reconocidos. Y a eso nos hemos dedicado en A la Contra. A rastrear la práctica deportiva entre lienzos, dibujos y artes decorativas.

El primer capítulo de este serial tiene como objeto de estudio una consola datada entre 1782 y 1788, elaborada en el Real Laboratorio de Piedras Duras del Buen Retiro, un taller de artesanía creado por Carlos III y en el que se trabajaban el mármol y piedras semipreciosas como el jade, el jaspe o el lapislázuli. El autor es desconocido, aunque se sabe que el Rey reclutó a artistas italianos procedentes de Nápoles, donde antes había inaugurado otro Real Laboratorio de Piedras Duras. La actividad del taller madrileño se interrumpió por la invasión francesa en 1808.

Después de hacer justicia con la historia y los artistas (y con el Messi de los borbones), toca ir al grano. El título de la obra en cuestión no deja lugar a dudas: El juego del volante. Así se denominó al más claro antecedente del bádminton, un deporte que en el siglo XIX tomó su nombre de la residencia de un fanático de este juego, el Duque de Beaufort (Badminton House), pero que se puso de moda en Europa dos siglos antes. La reina Cristina de Suecia (1626-1689) lo tenía entre sus pasatiempos favoritos, algo que encajaba perfectamente en su personalidad intrépida. La reina Cristina, interpretada en el cine por Greta Garbo, tenía por costumbre escandalizar a la corte vistiendo pantalones, montando a caballo y practicando esgrima. Pero esa es otra historia.

Es obvio que el juego del volante tiene origen en la invención del propio volante, un corcho que lleva adheridas 16 plumas de ganso o pato (ojo, siempre del mismo ala) del que ya se tiene noticia en Inglaterra en 1570. Es en este punto donde se doblan los caminos. El relato oficial indica que el bádminton nace en la India, en Poona, y con ese nombre era conocido cuando los militares ingleses lo importaron al Reino Unido en los alrededores de 1873. La aportación de los oficiales británicos fue trazar las bases de un primer reglamento.

Sin embargo, y como queda dicho, el Juego del Volante (Jeu du Volant en Francia y Battledore and shuttlecok en Gran Bretaña) ya había echado raíces en Europa con un formato muy similar: dos o más personas golpeaban la pelota con raquetas tantas veces como fuera posible sin que cayera al suelo. Según parece, empezó como juego de campesinos en la Edad Media y luego se convirtió en distracción de la clase alta, que lo adoptó con obsesión: en 1830, la familia Somerset batió el récord de golpes: 2.117. En 1883 se publicó un manual titulado Tenis de césped, Croquet y Raquetas que incluía diez páginas sobre bádminton en las que el autor lo describía, sin complicarse mucho, como «un tenis de césped jugado con volantes en lugar de pelotas».

La única forma de hacer coincidir las versiones sobre el origen del bádminton es encontrar un punto de conexión en las más antiguas civilizaciones. En Egipto, Grecia, China y la América precolombina ya jugaban con volantes. Los chinos llamaron a su juego cuju y lo practicaron durante la dinastía Han (hace 2.000 años). Ahora se denomina jianzi y consiste en mantener el volante en el aire con ayuda de cualquier parte del cuerpo a excepción de brazos y manos. En Brasil el juego se conoce como peteca y ya era divertimento de los indígenas nativos antes de la llegada de los portugueses.

Pero volvamos a nuestra consola, correspondiente, por cierto, al último par de mesas que salieron del Real Laboratorio de Piedras Duras de El Retiro. El dibujo sobre mineral de calcedonia muestra a dos jugadores en un entorno neoclásico mientras otras figuras bailan al ritmo de una flauta. Los jugadores visten como estaba indicado en la época: casacas Príncipe Alberto y pantalones abombados de seda.

Con el tiempo, hubo quien pensó que lo refinado del juego lo convertía en una actividad poco masculina. El filósofo Rousseau recomendaba a los jóvenes varones que recuperaran el juego de la palma, una especie de frontón en el que la pelota se golpeaba con la mano.

Los prejuicios machistas no prosperaron y el bádminton se ha convertido en uno de los pocos deportes con igual desarrollo entre hombres y mujeres. El primer torneo masculino se disputó en Inglaterra en 1899 y el primero con participación femenina un año después. La Federación Internacional se fundó en 1936 y el bádminton fue deporte de demostración en los Juegos de 1972, de exhibición en Seúl 1988 y, por fin, repartió medallas en los Juegos de Barcelona. En 2016, la española Carolina Marín se proclamó campeona olímpica para mayor orgullo de Carlos III.

Se calcula que solo en Asia hay 200 millones de practicantes, lo que hace del bádminton uno de los deportes más practicados del mundo, tan popular, respetado y extendido que también tiene representación en el Museo del Prado.

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