Ha sido el más querido de los ciclistas franceses aunque no ganó el Tour, o precisamente por eso. Raymond Poulidor, Poupou, era el contrapeso a la elegante arrogancia del infalible Jacques Anquetil. La historia, que es caprichosa, quiso que Poulidor alcanzara la eternidad por la vía del cariño. Su apellido sirvió para designar a los eternos segundones; «es un Poulidor», eso se decía y aún lo dicen los comentaristas clásicos para definir a los ciclistas reñidos con las grandes victorias. Es verdad que Poulidor se estrelló contra el Tour: fue tres veces segundo y cinco tercero, nunca maillot amarillo. Pero la gente lo acogió como un representante del pueblo, buen ejemplo de que el valor es intentarlo, aunque la derrota sea el destino más común.

Se dice que Anquetil jamás logró lo que consiguió Poulidor: que le tutearan. Y por extensión que le quisieran, más allá de la rendida admiración deportiva que despertaba Monsieur Crono. Poupou fue mejor persona que ciclista, sin que eso reste méritos a su palmarés: ganó la Vuelta a España de 1964 y siete etapas en el Tour de Francia, además de la Milán-San Remo (1961), la Flecha Valona (1963), la Dauphiné (1966 y 69), la París-Niza (1972 y 73) y cuatro medallas  en los Mundiales de ruta (bronce en 1961, 64 y 66, y plata en 1974). Siempre más postes que goles.

Pero la vida está llena de paradojas. En el fondo, Poulidor tenía lo que le faltaba a Anquetil. «A veces me despierto de madrugada y no puedo conciliar el sueño angustiado en planificar hasta el mínimo detalle de una etapa. Sin embargo, sé que Raymond duerme de un tirón durante toda la noche”. Poulidor, al otro lado de la orilla, aceptaba su destino: “Ser segundo no está tan mal. Si yo hubiera ganado un solo Tour, habría sido mucho menos importante, nadie se acordaría de mí”.

Se dice que su desgracia fue coincidir con dos de los más grandes campeones de todos los tiempos, Anquetil y Eddy Merckx, pero su infortunio iba más allá. En el Tour de 1962, el de su estreno, corrió la mayor parte de las etapas con un dedo escayolado, lo que despertó por vez primera el afecto del público hacia ese chico de 26 años. Nunca lo perdió.

En el Tour de 1964 su pelea codo con codo con Anquetil fue literal y es ya una imagen mítica del ciclismo. En la subida al Puy de Dome los dos ciclistas escalaron, por momentos, inclinado el uno sobre el otro. Por delante marchaban Bahamontes y Julio Jiménez, que terminó ganando la etapa. Pero por detrás se jugaba el Tour, el que podía ser (y fue) el quinto para Anquetil. Poulidor tardó en atacar y sólo aventajó en 42 segundos a su rival, que mantuvo el maillot amarillo por 14. A falta de una contrarreloj, el sueño se evaporaba de nuevo.

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En el Tour de 1966 fue víctima de una alianza que le condenó a él en favor de Lucien Aimar, ayudado por Anquetil. En 1967, sin Jacques en carrera, Poulidor partía como el gran favorito para hacerse con el triunfo. Sin embargo, una escapada bidón colocó líder a su compañero Roger Pingeon con más de seis minutos de ventaja. Poupou lo debió entender como otra oportunidad perdida porque se desfondó en el Balón de Alsacia y corrió el resto del Tour como abnegado gregario de Pingeon. Ya en París, el público dedicó una mayor ovación a Poulidor que al ganador.

En el Tour 1968 sufrió una caída que lo dejó fuera de combate y en 1969 coincidió con un niño caníbal de nombre Eddy Merckx. El Tour era de otros, pero la eternidad pertenecía a Poupou.

Antonin Magne, su director deportivo durante muchos años, dijo de él: «Posee todas las virtudes del campeón, y en particular la de no pactar nunca con un corredor que no pertenezca a nuestro equipo Mercier. En sus logros no contó jamás con la colaboración de contrincantes complacientes, pues Raymond Poulidor siempre se enorgulleció que querer alzarse con la victoria por sí mismo. Gozó del cariño del público y de la juventud gracias a su semblante risueño, su modestia y su gran combatividad».

Profesional durante 17 años, Poulidor nunca corrió con otro patrocinador que no fuera Mercier en sus distintas denominaciones: Mercier-BP, Fagor-Mercier, Gan-Mercier o Miko-Mercier. Su fidelidad era marca de la casa.

Su fallecimiento a los 83 años no sólo deja como herencia el cariño de un país. También entrega el relevo definitivo a su nieto Mathieu Van der Poel (24 años), nacido del matrimonio de una hija de Poupou con el ciclista Adrie Van der Poel, y uno de los corredores más prometedores de los últimos tiempos. «Tiene los genes de su padre y míos, pero es mejor que nosotros dos», declaró no hace mucho su orgulloso abuelo, quizá el único campeón que ha entrado en la posteridad sin pasar por la gloria. 

Podio del Tour de 1964. Raymond Poulidor, que fue segundo, junto al ganador Jacques Anquetil  y al tercer clasificado, Federico Martín Bahamontes. CORDON PRESS

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