Ya no es tiempo de discutir si Rafa Nadal es el mejor deportista español de la historia. Lo es porque ningún otro fue tan constante en la excelencia (quince años de su primer Roland Garros) y porque ninguno se enfrentó a los mejores de su deporte. Lo que toca discutir ahora, recién ganada la Copa Davis by Piqué, es la relevancia de Nadal en facetas no estrictamente deportivas, su influencia social o su capacidad para amalgamar la conciencia de un país centrífugo. La propia Copa Davis en su nuevo formato es un buen ejemplo. De no ser por Nadal, el torneo habría quedado marcado por el papel de Piqué como ideólogo y por el caos organizativo de los primeros días, cuando algunos partidos terminaban de madrugada y la penumbra disimulaba la ausencia de público. Todo eso era cierto y se contaba, pero al final de cada frase estaba Nadal y su poder limpiador.

Poco a poco, la Davis by Piqué (léase Rakuten) se fue transformando en la Davis de Nadal, un torneo apasionante, al menos en las eliminatorias de España, siempre salvadas por la determinación obsesiva de Rafa, tan implicado en la transformación de la Davis que no se podía permitir lo que hubiera sido un doble fracaso, deportivo y organizativo. De ahí procede, creo yo, una gestualización agónica que no se corresponde con el prestigio de una competición nueva que sólo tiene de histórico el nombre. La forma que tiene Nadal de promocionar una idea es dejarse tiras de Nadal en la pista, ya lo vimos antes en la Laver Cup, esa imitación tenística de la Ryder.

Pero no es momento de criticar el formato, aunque el asunto daría para escribir con profusión y cierta amargura. Si evitamos la comparación (si cerramos los ojos y aparcamos la memoria) es de justicia destacar la victoria de España, por lo que tiene de esfuerzo colectivo concentrado en el liderazgo de un solo hombre. Nuestros tenistas envejecen (este mismo año se retiró Ferrer), pero el testarudo Nadal también se resiste a esa concesión. Y parece dispuesto a que los demás luchen junto a él en esa batalla que solo pierde en su cuero cabelludo. Decía el sábado Feliciano que jamás imaginó que a su edad (38) pudiera estar disputando el punto clave de la una semifinal de la Copa Davis. Es obvio que se lo debe a Nadal, y la misma deuda de gratitud es compartida, seguro, por el resto del equipo. Rafa podía estar jugando exhibiciones con Federer, más lucrativas y menos extenuantes. Sus articulaciones tienen los tiros contados. Sin embargo, Rafa Nadal se siente comprometido con el tenis y probablemente ligeramente culpable por el exterminio de un torneo histórico.

A lo que voy es a que Nadal no sólo juega en la pista, ni sólo en favor de sus intereses. Y esa trascendencia, a falta de ser evaluada como merece (Piqué será el primero en hacer números), es altamente beneficiosa para la autoestima de un país lleno de dudas. No falta quien le odia, no lo ignoro, igual que es odiado Fernando Alonso porque la representación del éxito es mal recibida entre ciertos compatriotas, que la asocian a ocultas formas de fascismo, o lo que es mucho peor, de madridismo.

Salvo esa disensión tan española, Rafa Nadal ha sido un miembro de la familia desde hace quince años, un visitante fijo en los fines de semana y siempre un portador de buenas noticias, más allá del triunfo.

El último día de la nueva Davis nos privó de la emoción del doble, la modalidad que ha resucitado este formato, pero a cambio nos respetó el sueño. Bautista venció a Félix Auger, un chico de 19 años (21 del mundo) por 7-6 (3) y 6-3 en una hora y 50 minutos. A continuación, Rafa Nadal se impuso, no sin problemas, a Denis Shapovalov, de 20 años (15 del mundo) por 6-3 y 7-6 (7). El futuro es suyo pero, a día de hoy, Canadá es una guardería.

La consecución del último punto supuso un estallido de alegría y también de alivio. Todo ha salido bien porque así lo ha querido Nadal. España ya tiene su sexta Ensaladera porque, además del nombre, el trofeo también permanece. La alegría es moderada, pero sincera. Ninguna relación con la felicidad desatada que nos invadió en el Palau Sant Jordi cuando hace 19 años España ganó la Davis por primera vez, la vieja Davis, la que obligaba a recorrer el mundo y a ser tenaz durante un año entero. Viejos tiempos en los que todavía no nos protegía Nadal.

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