Comencemos por el final y el justo triunfo de Sudáfrica sobre Inglaterra. Con mirada de futbolero, se podría decir que el partido era táctico, defensivo y con miedo a perder. Era el peso de la ocasión, la oportunidad de ganar un Mundial que se resistía 12 años para los sudafricanos y ya 16 para los ingleses. El partido, con esas precauciones, se decidiría por pequeños detalles y quizá alguna genialidad. El transcurrir del partido sugería que un ensayo marcaría la diferencia final. No fue así.

Sudáfrica empezó mucho mas fuerte, desde el saque inicial. Inglaterra concedió un penalti que Pollard no convertiría. Ya no volvería a ocurrir. A base de controlar la melé, Sudáfrica se situaba en posiciones ventajosas para convertir golpes de castigo. Inglaterra, sin ser capaz de imponer su ritmo, había logrado anotar también por medio de Farrell, pero al descanso Sudáfrica dominaba 12-6, 4 penaltis convertidos por 2 de Inglaterra, que tenía la misión de ser el primer equipo en darle la vuelta al marcador del descanso en una final mundialista.

No lo pudo hacer porque el partido transcurría al ritmo de los sudafricanos, que por momentos me recordaba a los mejores atletas etíopes de 5.000 metros torturando a los mejores europeos: cada vuelta que pasaba, la distancia era un paso más, luego era medio segundo, luego un segundo entero. De pronto, el hueco entre unos y otros es insalvable. Así, cuando Inglaterra pudo ponerse a 3, Farrell falló su único penalti y Pollard castigó el error colocando a Sudáfrica 9 puntos arriba. Inglaterra volvió a recortar, 18-12, y parecía que Sudáfrica ganaría su tercera final sin convertir un solo ensayo en ninguna de las 3. Entonces llegaron las genialidades: el primer ensayo fue más un globo que una patada a seguir, pasando por encima del defensor inglés y con un par de pases tan veloces que no ofrecieron la oportunidad de responder. La segunda genialidad fue un ensayo a la carrera por velocidad y dribbling – el marcador final fue 32-12 y la sensación de que Inglaterra no estuvo en el partido.


Conclusiones del torneo  


1 – En otras ocasiones, los equipos del hemisferio norte habían sido comparsas y no podían soñar con ganar a las poderosas selecciones del hemisferio sur. En este Mundial hemos visto que las distancias se han acortado notablemente. Gales ganó a Australia y estuvo a punto de derrotar a la campeona del mundo, Inglaterra se impuso con claridad tanto a Australia como a Nueva Zelanda.

2 – Pese a eso, 8 de las 9 ediciones del Mundial han sido ganadas por las 3 grandes selecciones del Sur: 3 Nueva Zelanda, 3 Sudáfrica y 2 Australia. La excepción fue Inglaterra, en el Mundial de Australia. La próxima edición se disputará en Francia, en 2023, y tanto la selección local como Gales, Inglaterra e Irlanda tienen razones para considerar que esa edición será la suya.

3 – La geografía del rugby tradicionalmente se dividía entre hemisferio norte (las selecciones europeas del VI Naciones) y el hemisferio sur, con las 3 grandes más Argentina. El buen nivel de Argentina en los últimos torneos llevó a plantear su incursión en el VI Naciones, jugando en Madrid, o en el antiguo Tri-Nations, con Nueva Zelanda, Australia y Sudáfrica, como así fue, pasando el torneo a llamarse “The Rugby Championship”. El nivel demostrado por Japón en esta última edición va más allá del papel estelar del anfitrión; Japón ha demostrado en los últimos años una progresión considerable. Quizá tengamos que empezar a buscarle un torneo a los japoneses.

4 – Japón ha sido un excelente organizador, por cierto. Se ha escogido una sede donde no hay problemas para los visitantes y se aprecia el deporte que se ofrece a los aficionados. Parece una obviedad, pero no es siempre así. No hay más que ver donde se han disputado algunos Mundiales de otras disciplinas deportivas.

5- El TMO (el VAR del rugby) podría servir de ejemplo al fútbol. Las imágenes se ven en la pantalla y las conversaciones entre árbitros en el campo y en la sala de televisión se pueden escuchar.

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