Siempre fuimos de los héroes inesperados. De esos protagonistas secundarios cuya participación resulta determinante. Hacen su trabajo y dan un paso al lado. Sin importarles los focos. Sin reclamar su nombre en los títulos de créditos. Uno de ellos es Roberto Bautista, tenista combativo y perfeccionista al que la sombra gigantesca y, sobre todo, los triunfos de Rafa Nadal han opacado su progresión. Por eso tuvo cierta justicia poética, que fuera el tenista manacorí quien devolviera al de Castellón de la Plana al centro del escenario: «Yo he ganado mis ocho partidos, pero os lo digo con la mano en el corazón la persona que ha sido vital en esta Copa Davis es Roberto Bautista. Lo que ha hecho es inhumano. Un ejemplo para el resto de mi vida».

Ese ejemplo no está exento del coraje y la valentía que hacen falta para afrontar el día a día. El pasado jueves Roberto Bautista tenía que abandonar la concentración de España porque su padre había empeorado tras un accidente sufrido en 2016. Llegó a tiempo para vivir a su lado las últimas horas de su progenitor y despedirse de él. Pero Roberto quería y necesitaba estar junto a sus compañeros. Por eso el sábado emprendió el viaje de vuelta a la Caja Mágica. Camino de la capital en una gasolinera próxima a  Motilla del Palancar, provincia de Cuenca, recibió la llamada del cuerpo técnico encabezado por Sergi Brugera. No se andaron con rodeos: «¿Cómo estás?, si te necesitamos ¿podrías jugar?»

Roberto sujetaba una cuajada, tal y como contaron en Tiempo de Juego de la Cadena Cope, de la que no probó bocado. El competidor nato se había despertado, había que dejar a un lado el dolor. Su respuesta no pudo ser más contundente: «contad conmigo para lo que necesitéis». Ese mismo sábado ya se entrenaba en la Caja Mágica como uno más de sus compañeros. España estaba en cuadro, después de que Pablo Carreño terminara lesionado tras su derrota ante Guido Pella en los cuartos y de que Marcel Granollers se resintiera de la espalda justo antes del duelo de semifinales frente a Gran Bretaña. El concurso de Bautista se presagiaba vital para poder levantar la sexta Ensaladera.

No era la primera vez que el tenis actuaba como salvavidas para Roberto. Hace poco más de año y medio, justo antes de arrancar Roland Garros, el castellonense perdía a su madre, Esther. De aquel revés intentó levantarse con la raqueta en la mano, por lo que acudió al segundo Grande de la temporada. El tenista solventó el debut en París con una victoria ante Istomin, y entre la pena y el gen competitivo avanzó hasta la tercera ronda donde Novak Djokovic le eliminó: «Creía que era mejor venir y no encerrarme. Me ayuda tener la mente en Roland Garros. Las sensaciones, es verdad, no son las mejores, pero el tenis es mi vida».

Roberto Bautista señala al cielo nada más ganar el primer punto de la final. CordonPress.

Si entonces el actual número 9 del mundo no pudo ofrecer un trofeo a su madre, esta vez la historia sí ha tenido final feliz. La victoria definitiva empezó a fraguarse en el partido de Bautista, que en algo menos de dos horas se deshacía del canadiense Felix Auger-Aliassime. Un partido ganado con el corazón y la cabeza (7-6, 6-3), gestionando las emociones que luego se desbordarían por su garganta pero que nunca encogieron su muñeca. Ésta solo se relajó cuando el drive del canadiense se estrelló en la red y Bautista consiguió el primer punto de la final. La mirada se marchó irremediablemente al cielo donde su dedo señalaba el camino hacía sus padres. Era el homenaje póstumo a las dos personas que más se esforzaron para que su hijo fuera tenista. Hoy la Davis es suya.

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