Alemania ha declarado la guerra a Rusia. Por la tarde fui a nadar”. 2 de agosto de 1914. Habitualmente esta locución se lee como una distancia de Kafka, mucho más profunda de lo que pueda parecer, casi una condena moral a la indolencia de algunos colegas contemporáneos y una confidencia irónica al horror de la I Guerra Mundial. “Alemania ha declarado la guerra a Rusia. Por la tarde fui a nadar”: 17 millones de muertos. Me tomo un café, y me pongo a invadir Polonia, hasta que no invado Polonia, no soy persona, diríamos aquí.

Pasaron 25 años, y por la tarde iban a nadar sabiendo que por la noche podrían estar muertos, con mucha más certeza y realidad. Cada brazada en el agua suponía un pequeño avance hacia el nuevo conflicto mundial, la natación del Crack del 29, del populismo y el totalitarismo salpicaba de horror y hostilidad, aventuraba la nueva contienda. Quedaban pocos días para ir a luchar y morir, y el 21 de agosto del 39 Stalin y Hitler acuerdan en secreto repartirse Polonia. Aquella estrategia bélica tomó tintes de usanza y costumbrismo entre los habitantes de nuestro país y no deja de ser una maravillosa chanza que utilizamos casi todos los días: invadir Polonia.

El 27 de agosto de 1939 en Varsovia, Polonia golea a la selección subcampeona del Mundial de Francia del 38, Hungría. 4-2. Una euforia demasiado pasajera. Una angustia demasiado permanente. “El último partido”. Un choque de amigos, una lealtad incondicional. Por mucho que tratara de convencerles el Führer, los húngaros lo tenían claro: váyase al carajo, Adolf Hitler.

Mientras, Varsovia ya cava trincheras, establece advertencias de cómo actuar frente a un ataque con armas químicas y de esta manera el entorno mediático sobrepasa lo futbolístico. Es decir, hablar de fútbol sin hablar de fútbol: “No tenemos opciones de vencer, pero sí ganas de luchar”. Y así, los primeros treinta minutos testificaron en favor de esa especie de desánimo épico de la prensa. Luego llegó una remontada que fue un hat-trick y un penalti. Quizá también llegó un último partido y en Varsovia una epidemia bélica flameaba como fuego en el ambiente, tal vez aguardando el incendio con el pueblo dentro. La noche del partido, en la cena entre ambas selecciones, el presidente de la federación polaca, Kazimierz Glabisz, acabó su charla con una frase no solo turbadora, sino escalofriante: “Quién sabe si el de hoy no es el último partido antes de una nueva guerra”. No habían pasado ni cinco días, Hitler se tomó un café y se puso a invadir Polonia. Alemania invade Polonia.

Dijo George Orwell que la manera más rápida de finalizar una guerra es perderla, o de otra manera, “no tenemos opciones de vencer, pero sí ganas de ganas de luchar”, aunque fuera un simple partido de fútbol que desembocó en toda una espiral de violencia que asoló al mundo. Tampoco sabían que el supremo arte de la guerra era doblegar al enemigo sin luchar.

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