Es el otoño de 2019 y la gente sigue muriendo por verles. Esa es una de las conclusiones que David y José, ilustres vecinos salidos de Cornellá como Reyes Estévez, Enric Masip o Jordi Évole, deben extraer veinte años después de comenzar su exitosa carrera. Porque las invitaciones ofertadas por Vodafone para su concierto en Madrid volaron –lógico ¿qué persona la rechazaría?-; porque el ambiente en una de las salas más importantes de la capital fue el de las grandes citas. Porque los Estopa son de esos tipos que podrías encontrarte en la tasca de tu pueblo, de los que cualquiera colocaría bien arriba en esa lista que pregunta con qué famoso te irías a tomar una caña, que gusta a reguetoneros o metaleros y que a todos nos ha brindado más de un momento de felicidad máxima. Maldita sea, estos catalanes son la España del consenso.

Estopa, que venía a presentar Fuego, su último trabajo que verá la luz el día 18, sacó lo mejor de su repertorio, su alineación de gala. “Traemos canciones selectas”, dijo David al poco de comenzar. Y por allí fueron pasando Tu calorro, Vino tinto, Tragicomedia, Ya no me acuerdo o la inmortal La raja de tu falda para deleite del personal en vivo, que vibraba y karaokeaba con ellos –y subía stories, por supuesto-, y los que seguían el concierto en streaming vía la cuenta de Twitter de Vodafone Yu. El 5G de la compañía telefónica funcionaba e hizo cantar dos veces a Beret, una a través de las nuevas tecnologías y después en directo, Pastillas de freno. Otra vez las dos Españas, la del sudor de un concierto y la de los datos móviles, la adolescente a finales de los 90 y la generación Z, unidas.

Lo bueno del producto Estopa es que, dos décadas después, sigue funcionando. Ellos parecen tan campechanos como siempre y su cierta renovación, que no cambia la base rumbera y sus letras sencillas y directas, aguantan el paso del tiempo. El show de este miércoles trajo alguna guitarra más que hasta permitió escuchar el también clásico Cacho a cacho con riffs del estribillo del Killing in the name. El viaje fugaz de Peret a Rage against the machine como guiño fue agradable al oído.

Y el cierre fue absolutamente apoteósico, perfecto para clausurar los 80 minutos que duró el concierto. Otra vez se regresó a la patria, al sur, para invocar a Camarón y a esa letra de introspección que nos lleva a una almohada empapada. Sí, todo había sido un sueño muy real y muy profundo, pero que nos quiten lo rumbeao. El pueblo abandonó La Riviera extasiada, ahora ya sí con ganas de coger el móvil para ver qué había sucedido en la Champions. Porque el calor, calorro en terminología de Estopa, siempre nos viene a recordar lo que es verdaderamente importante. Larga vida, banda ancha y cobertura al máximo de gigas para los hermanos Muñoz.

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