Si el fútbol es un deporte fascinante es porque los actos, buenos o malos, no siempre están relacionados con las consecuencias. El Real Madrid corrigió un partido que había comenzado penosamente y cuando lo tenía en su mano, solo pendiente de cerrar el puño, el Villarreal se volvió a poner por delante (2-1). Corría el minuto 76 y corría mucho.

Fue muy lógico el desconcierto madridista después de ese gol inesperado, tan razonable como el entusiasmo que invadió a un Villarreal hasta ese instante moribundo. La confianza se gana con una palmada y se pierde con un bofetón. Si embargo, y cuando la sentencia parecía estar firmada, el fútbol nos deparó otra voltereta. Bale consiguió su segundo gol de la noche con un recorte que convirtió al defensa en un niño de ocho años. Se lo hemos visto más veces. Su superioridad física es tanta y su zurda tan violenta, que le vale un latigazo para hacer diana.

Faltaba poco tiempo (86′) y el Villarreal no se sintió esta vez muy afectado. Los equipos tienen conciencia y el empate se percibía como un buen resultado después de verse desarbolado en la segunda parte. El Madrid aceptaba el análisis, pero quería la victoria. Fue en ese punto cuando Bale vio dos tarjetas amarillas en un minuto (93′ y 94′) que interrumpieron el asedio antes del pitido final. El fútbol suele tener celos de los héroes y por eso los hace fallar el último penalti de la tanda. Bale, además, tiene una preocupante tendencia hacia autocombustión.

El que viene no será un buen parón para el Real Madrid. El equipo no muestra nada nuevo. A ratos solo mejora el juego, pero es la misma e intermitente mejora de los últimos meses. El talento aflora en cuanto conectan dos buenos futbolistas, pero es siempre una chispa espontánea la que provoca el fuego, y dura poco. Al poco volvemos a la película mil veces vista y que últimamente no termina bien.

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