Etimológicamente, defenestrar significa arrojar a alguien por una ventana. Llegó a ser una práctica común cuando se pretendía destituir a un político o alto cargo. Al no parecer bastante el cese o la expulsión, el destituido era arrojado por una ventana o balcón, lo que completaba, nunca mejor dicho, su caída en desgracia. El asunto viene al caso porque Zidane fue defenestrado el pasado miércoles después de la derrota contra el PSG. En este caso, el técnico fue empujado al vacío por una multitud sin que nadie saliera en su defensa, o no creo recordarlo. Pues bien. Cuatro días más tarde, el Real Madrid es colíder de Primera División (junto al Athletic).

Antes que criticar a los defenestradores (todos tenemos tendencia) quisiera subrayar la capacidad de Zidane para sobrevivir en las circunstancias más adversas. En otras ocasiones respondió a la defenestración con Copas de Europa, lo que es una contestación sin derecho a réplica. Aunque hubo quien replicó y todavía replica.

En busca de explicaciones que justifiquen cómo se puede pasar tan rápido del fracaso al éxito, no faltará quien hable de la suerte, esa flor que protege como un escudo invisible. Yo la descartaría en este caso. La victoria del Real Madrid en el Pizjuán no fue consecuencia de la fortuna, sino digna de un líder o de un equipo que pretende serlo. No era fácil contener la inercia y la confianza del Sevilla, menos aún en su estadio. Y, sin embargo, el Madrid lo consiguió igualando milimétricamente las apuestas de su rival. El Sevilla puso presión, pero se encontró con la misma de vuelta. Cuando quiso salir jugando, y lo sabe hacer muy bien, descubrió que su adversario contestaba de la misma manera, con excelentes y profundas triangulaciones. Llegó un momento en que el Sevilla empezó a dudar si era cierto todo lo malo que se dice del Madrid y hasta si era verdad todo lo bueno que escucha de sí mismo.

Si la primera parte se cerró sin goles es porque Vaclik rechazó dos buenos disparos de Hazard y Carvajal. En la segunda mitad se confirmó la impresión: el Real Madrid tenía más filo que el Sevilla. De los dos equipos que bailaban a cada lado del espejo uno tenía las uñas más largas. Así que no fue raro que Benzema rayara el cristal. Su cabezazo correspondió galantemente al gran pase de Carvajal. No está mal para un jugador tantas veces defenestrado.

En el fondo, es posible que Mourinho tuviera razón. Benzema es un gato, pero no por su incapacidad para la caza mayor, sino por su facilidad para caer de pie. Y Zidane debe ser un felino de la misma especie. Se dice, y ruego que no lo pongan en duda y menos aun que quieran comprobarlo, que los gatos que caen desde alturas comprendidas entre dos y treinta plantas de un edificio sobreviven un 90% de las veces.

La defenestración no se hizo para ellos. Y eso sí que es una suerte para los defenestradores, porque el Real Madrid es colíder de Primera con cuatro puntos de ventaja sobre un Barcelona hecho trapos. Quien quiera entenderlo debería cesar en su esfuerzo. Esto es fútbol y no se entiende.

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