Aunque ahora disimulan los damnificados, ninguno esperaba una pérdida tan grande en 36 kilómetros contra el reloj. Se daba por hecho que sería la tarde de Roglic, pero no parecía posible que le metiera tres minutos a Nairo. Ante un descalabro semejante, los dos minutos perdidos por Supermán López (doblado poco antes de la meta), resultan una desventaja asumible, casi simpática. Entre los favoritos, solo Valverde salvó el tipo al entregar 1:38. Miento. También Pogacar estuvo a la altura: el niño cedió únicamente 1:29, lo que demuestra que tiene de todo y bien colocado. El podio es una proyección razonable para su progresión (en la carrera y en la vida), solo queda por saber quiénes serán sus víctimas.

Cada vez que asistimos a un contrarreloj de grandes diferencias la cabeza se nos va a Bergerac, la mayor proeza que se recuerda en los últimos 30 años. En aquella tarde del 11 de julio de 1994, Miguel Indurain destrozó el crono en 64 km y sentenció el Tour. Aventajó a Rominger en dos minutos, a De las Cuevas en 4:22, a Boardman en 5:27, a Bugno en 10:37 y a Pantani en 10:59, por citar algunas víctimas ilustres. Lance Armstrong, del que habrán oído hablar, fue doblado a los 17 kilómetros. Aquellos eran otros tiempos, naturalmente.

Esta Vuelta, además, es una carrera que no admite comparaciones. En diez etapas ya han pasado por el podio siete líderes, récord sin precedentes en carreras de tres semanas. Más que una anécdota diría que es una tendencia. La competición está deliciosamente descontrolada, ya sea por las fechas, por el recorrido o por la ambición de los participantes.

La ventaja en la general de Roglic (1:52 sobre Valverde, 2:00 sobre López y 3:06 a Quintana) le convierte desde hoy en el enemigo público número uno. Así ocurrió en el Giro y tuvo graves consecuencias sobre su rendimiento. Disparado por todos, el esloveno tuvo problemas para mantener en el tercer puesto final.

Al resto de candidatos les ayudará mucho fijar un adversario, vistos lo problemas del Movistar para distinguir colores. La ira de López también es un presagio de tardes encantadoras, por no mencionar al chico que lo observa todo desde lo alto de una higuera.

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