Hasta hace poco tiempo, para medir la calidad del Real Madrid en comparación con sus más ilustres adversarios, había una pregunta que no fallaba: ¿Cuántos jugadores del equipo contrario serían titulares en el Madrid? La respuesta era casi siempre la misma: uno o ninguno, si acaso dos. Hoy en día las cuentas son muy distintas. Si tomamos al París Saint-Germain como referencia, es posible que enumeremos hasta seis jugadores que podrían ser titulares de blanco: Keylor (por supuesto), Meunier, Bernat, Silva, Verratti, Di María… por no mencionar a los lesionados Mbappé y Neymar… El hecho de que el Real Madrid ya no se distinga por el talento explica la humanización de un equipo que era inabordable en ciertas condiciones de presión y temperatura. Por ejemplo, en la Champions. Las distracciones en la Liga se compensaban, habitualmente, con demostraciones de autoridad en Europa.

Ahora nos encontramos en otro escenario. El club no ha tenido a bien rellenar el cráter dejado por Cristiano ni con jugadores ni con paciencia. Y no había otro modo de cubrir su ausencia. O fichando estrellas (en plural) o construyendo un equipo nuevo. Al final no se ha hecho ni una cosa ni la otra. El resultado es que el Real Madrid no está cocinado, continúa medio crudo, y da la impresión de que Zidane necesita lo que no le será concedido: tiempo.

Aunque no solo es un problema de entrenamientos y automatismos. El Real Madrid ha comenzado a pagar muy pronto un verano disparatado en el que declaró como transferibles a dos jugadores sobre los que ahora recae algo más que la responsabilidad del juego y el gol, también la esperanza. Entretanto se ficharon repuestos, pero ningún motor. Hazard, por ahora, no es más que un estupendo futbolista de complemento.

Valga todo lo anterior para decir que el París Saint-Germain pasó por encima del Real Madrid sin hacer otra cosa que jugar al fútbol. No hizo falta que se desmelenara, ni que mordiera tobillos. Le bastó con el equilibrio y el sentido común. Sobre esta base, la calidad se manifestó de manera natural.

A partir de la presión alta, el PSG se fue comiendo al Real Madrid de manera progresiva. Esa deriva tenía el partido cuando Di María abrió el marcador con un zurdazo (claro) que fue como el picotazo de una cobra. El pase fue de Bernat que, si hubiera sido peón del ajedrez, se habría convertido varias veces en reina, tantas como llegó a la línea de fondo.

No hubo reacción. El balón era parisino, movido por Verrati y protegido por el inagotable Gueye, una perfecta aleación de Makelele y Kanté. Di María consiguió el segundo en el minuto 34, de nuevo con un disparo que ejecutó como un latigazo, casi sin armar la pierna. No cambió el viento en los minutos restantes. Ni siquiera se puede decir que el Real Madrid avanzara significativamente, en metros o en juego. Pareció ir a menos porque sus cambios no cambian nada.

El PSG completó el marcador en el tiempo añadido con uno de esos goles que se meten en el recreo a los cursos inferiores, ni sin cierta guasa. El partido finalizó sin tiros del Real Madrid entre palos. Así de crudo. Y así de preocupante.


FICHA TÉCNICA


3 – París SG: Navas; Meunier, Thiago Silva, Kimpembe, Bernat; Verratti, Marquinhos (Herrera, m.70), Gueye; Sarabia (Diallo, m.89), Icardi (Choupo-Moting, m.60), Di María

0 – Real Madrid: Courtois; Carvajal, Varane, Militao, Mendy; James (Jovic, m.70), Casemiro, Kroos; Hazard (Lucas Vázquez, m.70), Benzema y Bale (Vinicius, m.79)

Goles: 1-0, m.14: Di María; 2-0, m.33: Di María; 3-0, m.91: Meunier

Árbitro: Anthony Taylor (ING), amonestó a Di María y Bernat, por los locales; y a Carvajal y Vinicius, por los visitantes.

Incidencias: Encuentro de la fase de grupos de la Liga de Campeones disputado en el Parque de los Príncipes de París ante unos 40.000 espectadores.

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