Todos hemos sido Jonathan Busby alguna vez. Porque antes o después las cosas no salen como habíamos previsto. Ya fuera aquel examen de Física, el inoportuno tropezón ante la chica que te gustaba o todos esos esfuerzos que parecían escaparse por el sumidero. Aunque no a todos el destino nos coloca al lado a Braima Dabó, un tipo capaz de socorrerte en plena caída, alguien capaz de pensar en los demás antes que en sí mismo, una especie en extinción. Dabó es el compañero que te chiva la respuesta o el que te avisa del escalón. Tampoco le importa arruinar su tiempo en los 5.000m de todo un Campeonato del Mundo para que tú, a punto de desfallecer y caer rendido, termines cruzando la línea de meta. Dabó lo hizo por Busby y ambos terminaron descalificados. Hay valores del deporte que la competición no entiende.

Espectáculo. Hacía cinco minutos que las mejores gacelas del planeta habían cruzado la meta. Los etíopes Selemon Barega y Muktar Edris, que se había jugado la victoria a codazos, ya atendían a los medios de comunicación, alguno incluso marchaba camino de los vestuarios cuando el drama se apoderó de la escena. Fue entonces cuando descubrimos el rostro desencajado de Jonathan Busby, natural de Aruba, una pequeña isla de las Antillas Menores en el Caribe sur, cerca de Curaçao. Junto a él la imponente figura de Braima Suncar Dabó. El guineano lo sostenía en pie y a su vez lo arrastraba por el tartán para llegar a meta. El público, el escaso público del estadio Khalifa, se debatía entre la risa jocosa y el aplauso compasivo.

Eternidad. Así fueron los últimos 1.000 metros, una eternidad condensada en cinco minutos. Tiempo suficiente para hacer un perfil básico de Busby, en la era de la instantaneidad. El de Aruba es el único atleta invitado en Doha, donde se está celebrando estos días el Campeonato del Mundo de Atletismo. Entre sus logros sobresale su victoria en la media maratón de Curaçao, con un tiempo (1h. 23 min.) que nos da pistas sobre su amateurismo. Busby, a sus 33 años, también ha conocido la cara B del deporte. Lo hizo el pasado mes de marzo cuando un coche lo arrolló mientras entrenaba en bicicleta. El atleta salió indemne del accidente y pudo llegar a tiempo al Mundial.

Llegar. Eso era lo único que le importaba a Busby. También a Moussambani, aquel nadador guineano que tardó casi dos minutos en recorrer los 100 metros en Sidney 2000. También a Dabó: «Sabía que no iba a batir mi récord personal, así que cuando me di cuenta de eso, era mejor ir a por el objetivo principal, que era terminar la carrera. Me concentré en ayudarlo a terminar, ese es el objetivo de una carrera», dijo el atleta guineano. En esa lucha contra sí mismo y contra sus propios límites Busby paró el crono en 18 minutos y 10 segundos, lo que supuso su mejor marca personal. La imagen adquirió un sabor agridulce cuando supimos que el atleta arubense había sido descalificado por recibir ayuda. Algo tajantemente prohibido por la Federación Internacional de Atletismo (IAAF), en su reglamento. Lástima que el atletismo haya olvidado que la superación personal fue el principal motor para que el ser humano echara a correr.

Pd: No está siendo este un Mundial precisamente muy edificante en cuanto a valores y cuidado de los deportistas, solo hay que ver la prueba de Maratón femenina. Fue la más lenta de la historia (2h:32.33), disputada en unas condiciones inhumanas de temperatura y humedad (33ºC y 80% de humedad). La ganadora, Ruth Chepngetich llegó a meta más allá de las 2:30h de la madrugada, con los auxiliares y voluntarios como únicos espectadores y donde solo la mitad de las participantes pudieron acabar la prueba (28 abandonos). Da la impresión de que en Doha, el dinero volvió a ganar al deporte.

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